“Hacer justicia a través de la memoria”

Parte Cuatro:
El limbo de las personas desaparecidas

Retrato de Aldo Gracía Caballero, hijo de José Antonio García Apac “El Chino” (Foto: Hans-Maximo Musielik)



Los 31 años de vida de Aldo García Caballero están atravesados por una línea invisible que los divide por la mitad; una especie de fisura que escinde su existencia entre el antes y el después de la desaparición de su papá, el periodista José Antonio García Apac apodado “El Chino”. Aldo vivió 16 años con la presencia de su padre: lo llevaba a reportear con él, le enseñó el arte de la fotografía, pasaron horas juntos recorriendo las carreteras de Michoacán. Pero este año, en noviembre de 2021, Aldo cumplió casi la misma cantidad de tiempo —15 años— sin él.


Aldo García CaballeroDiferentes fotos familiares de José Antonio García Apac “El Chino” en uno de los cuartos de la casa de la familia García. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)




“Luego tienes que entender tu vida a partir de la ausencia”, explicó Aldo, “y luego no lo entiendo”.

García Apac es una de las 95,571 personas desaparecidas y no localizadas en México, según cifras de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB) hasta el 9 de diciembre de 2021; es uno de los 25 periodistas desaparecidos en el país desde 2003 cuando se registró el primer periodista desaparecido en México, según datos de Reporteros Sin Fronteras; y es el primer reportero desaparecido en Michoacán.


Aldo García CaballeroOtro “baúl de los recuerdos”. Pueden ser una caja de madera, un cofre de plástico, cualquier espacio de un armario o, como en este caso en casa de Aldo, el último cajón de un mueble en el cuarto de su madre. A buen resguardo, construyendo memoria y cercano a lo íntimo. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Años antes de todo eso, en 1992, El Chino fundó su propio periódico: Eco de la cuenca del Tepalcatepec, donde hacía periodismo crítico social, incluyendo —en los años previos a su desaparición— la creciente presencia de grupos delictivos y sus vínculos con funcionarios públicos. Cubría la zona de Tierra Caliente a la que Aldo llama “la boca del diablo”. Los retenes militares eran comunes y constantes en la región, incluso antes de que el ex presidente Felipe Calderón Hinojosa desplegara al ejército en Michoacán en diciembre de 2006, dando inicio a la guerra contra el narcotráfico.

Aldo estuvo en el coche con su papá varias veces cuando lo detenían los militares en retenes temporales acomodados sobre las carreteras sinuosas de la sierra de Michoacán. “Él mostraba su tarjeta o sacaba un periódico y ya con eso lo dejaban pasar”, apuntó Aldo sobre esos días, “había militares que lo conocían, era como: sí, es el periodista, es Don Chino”.

Aldo GarcíaAldo muestra una imagen con el pie de foto en tono de denuncia escrito por su padre. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Pero la noche del 20 de noviembre de 2006 fue diferente. El Chino iba manejando de regreso a casa, la mamá de Aldo estaba fuera de Michoacán y los seis hijos de la pareja esperaban a su papá para cenar cuando García Apac le marcó a Aldo al celular. Quería saber si hacía falta algo de comida para la cena. Aldo le dijo que no, pero antes de colgar, escuchó que detenían el auto de su papá.

De inmediato pensó que era otro de esos retenes militares que conocía bien. Pero momentos después escuchó que intentaban abrir las puertas del coche y alguien le ordenaba a García Apac bajarse del auto. Eso era inusual. Asustado, Aldo le llevó el celular a su hermano. Juntos, escucharon forcejeos y voces de hombres durante 15 minutos hasta que la llamada se cortó. Los niños le hablaron a su tía, que es abogada, para pedirle ayuda con sus contactos en el Ministerio Público.

“Y después de eso, pues... no cenamos”, recordó Aldo. “Y han pasado 15 años. Y ya, creo que es lo más valiente que he hecho en mi vida: esa llamada.”

AldoDiferentes ediciones del periódico Eco de la Cuenca de Tepalcatepec con una imágen de José Antonio García Apac. En México es común ver en cada portada de diferentes periódicos la foto de alguno de sus periodistas desaparecidos o asesinados y acompañado de un corto texto exigiendo justicia y la resolución del caso. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Desde el año 2000 y hasta octubre de 2021, en México han asesinado a 145 periodistas, según datos de Artículo 19 y desde 2003 han desaparecido a 25, según el registro de Reporteros Sin Fronteras. La gran mayoría eran reporteros locales.

En los 145 casos de reporteros asesinados las autoridades sólo han identificado a un puñado de autores intelectuales y ninguno ha sido sentenciado. Mientras que los 25 casos de periodistas desaparecidos siguen sin resolver; esto representa un 100 por ciento de impunidad, de acuerdo a la organización no gubernamental Propuesta Cívica, que lleva la representación de al menos 4 casos de periodistas desaparecidos.

Las víctimas indirectas, incluyendo a las familias de estos periodistas asesinados y desaparecidos, rara vez ven garantizados sus derechos, como tener acceso a una investigación expedita y conocer la verdad de lo ocurrido. Esta investigación encontró que ninguna de ellas ha recibido reparación integral del daño.

Después de la desaparición de García Apac el 20 de noviembre de 2006, empezó el peregrinar de la familia de institución en institución a niveles municipal, estatal y federal. Tuvieron trato con la entonces Agencia Federal de Investigación, desaparecida en 2009; trataron con el Ministerio Público de Apatzingán, con las entonces Procuraduría General de Justicia de Michoacán y Procuraduría General de la República, ambas fiscalías ahora.

“Hemos pasado por muchas instituciones”, dijo Aldo, “y las instituciones nos han pasado a nosotros”. En 2012, el caso de García Apac fue atraído a nivel federal donde lo investiga la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra de la Libertad de Expresión (Feadle), pero una década después todavía no hay resultados. La Feadle no respondió a la solicitud de comentario.

“Siento que no leen los expedientes”, explicó Aldo, “porque todo está ahí: nombres, circunstancias, diligencias, ausencia de diligencias, todo. Siento que es como un gran monstruo que te niegas a ver.”

En 2014 les tocó tratar con otra institución. La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) estaba recién creada y un delegado de la Ciudad de México viajó a Michoacán para ver a Aldo y su mamá. Se encontraron en el centro de atención de víctimas en Morelia, donde hicieron el trámite para darse de alta como víctimas en el registro nacional de la institución. La mamá de Aldo incluso recibió atención psicológica.

Dos años después, cuando volvieron a buscar a la CEAV, esta vez en la Ciudad de México, su registro no aparecía por ningún lugar. En diciembre de 2016, tuvieron que volverse a dar de alta.

A Aldo le parece raro y confuso que la autoridad haya batallado con encontrar sus datos en el Registro Nacional de Víctimas (RENAVI) más de una vez, ya que solo son él y su mamá registrados como víctimas indirectas en relación a la desaparición de García Apac. La CEAV no pudo confirmar ni negar este dato al tratarse de datos personales.




Aldo“¡Solo somos dos, no hay pierde!” Rosa Isela y su hijo Aldo posan para la foto en el patio de su casa. Ambos llevan adelante el proyecto periodístico que construyeron junto a su padre y esposo. Además de un acto de memoria, dice Rosa Icela que es importante para las comunidades a las que lo leen. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Pero su percepción es acertada; es enteramente posible que la institución tuviera los registros de Aldo y su mamá perdidos. En otoño de 2021, la CEAV publicó el informe “Numeralia RENAVI” donde estableció públicamente que la información de su sistema “no se encuentra centralizada, ni unificada, debido a la falta de estandarización en los modelos de implementación de los procesos”. En el informe también se publicó que la información del RENAVI estaba contenida en 500 tablas de información administradas por 3 instancias internas de la propia CEAV que no se comunicaban entre ellas y “operaban como ‘islas’, sin compartir archivos, datos, ni expedientes”. Además, los registros que se realizan en las instalaciones a nivel estatal pueden no llegar nunca a la base de datos nacional.

“Siempre vi la figura de la CEAV como una trampa, como una manera de decir: bueno, pues no hay justicia, pero hay esto, ¿no? Escoge”, dijo Aldo.




Además de lidiar con todas esas autoridades, Aldo y su mamá han tratado recientemente con representantes de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas (CNB), creada en 2018. En noviembre de 2020 le tomaron muestras del ADN a Aldo en caso de necesitar cotejarlas con restos humanos. En octubre de 2021, casi un año después, lo contactaron por primera vez desde la toma de muestras mediante una notificación por escrito para avisarle que su información había sido enviada a la Fiscalía General de la República.

“Su participación en las acciones de búsqueda es primordial, por lo cual es muy importante que a la brevedad se ponga en contacto con las instancias señaladas para darle seguimiento al caso”, leía la notificación de la CNB, enviada 15 años después de la desaparición de García Apac.

“A pesar de que la CNB ha hecho esfuerzos, sigue sin contar con acciones eficaces de búsqueda”, dijo Ana Lorena Delgadillo Pérez, Directora de la Fundación para la Justicia, que trabaja con migrantes desaparecidos y ejecutados en tránsito por México. Además, destacó, otro problema es la impunidad: de los más de 95 mil casos de personas desaparecidas solo hay 35 sentencias por desaparición en el país. “El mensaje es que se puede desaparecer y no pasa nada; el mensaje es: la violencia está permitida”.

AldoPor los rodillos de la imprenta de Don Rigoberto en Morelia se sigue deslizando el Periódico ECO de la Cuenca de Tepalcatepec. Por seguridad y autocensura ahora es más delgado que antes. La familia García se vió obligada a eliminar la sección de nota roja. (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Desde febrero de 2020, la organización no gubernamental Propuesta Cívica tomó la representación legal del caso de García Apac. A través de esta organización, lograron que la familia del periodista tenga una copia de la carpeta de investigación fuera de las instalaciones de la Feadle. Pero antes de que Propuesta Cívica tomara su caso, Aldo iba personalmente a la fiscalía en la Ciudad de México para poder leer las únicas y últimas copias de algunos de los reportajes de su papá, que solo están en esa carpeta de investigación.

En noviembre de 2021, el Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de las Naciones Unidas concluyó su primera visita a México. Después de viajar a 13 estados y reunirse con 80 autoridades, dieron una conferencia de prensa donde establecieron como prioridad “tomar en cuenta los impactos agravados en los hijos e hijas de las personas desaparecidas”. Aldo, y sus cinco hermanos, son seis de esos hijos. En su visita, el CED también estableció que era de mayor relevancia para el país implementar “la adopción de medidas de atención y reparación integral de las víctimas” de desaparición.

Llegar a la reparación, como víctima indirecta de un caso de desaparición no es sencillo. Si la desaparición fue perpetrada por particulares existe una modalidad en la ley en la que “el Ministerio Público y la víctima se ponen de acuerdo para determinar que no hay ninguna acción adicional que realizar y que el caso prácticamente se va a cerrar en cuanto a la investigación y la búsqueda de los responsables”, explicó Juan Carlos Gutiérrez Contreras, director de Idheas, una organización no gubernamental que litiga casos en Derechos Humanos. A partir de eso el Ministerio Público puede emitir una constancia que sirve para tramitar la reparación del daño, que tiene un tope de hasta un millón 200 mil pesos.

Si la desaparición fue perpetrada por el Estado y se clasifica como violación a derechos humanos, la reparación puede llegar a través de una recomendación como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), un amparo o una determinación internacional que condene al Estado mexicano.

Eso solo es para la parte monetaria. Además de la indemnización, “hay una parte de la reparación que es memoria”, dijo Ana Gladys Vargas Espíndola, Co-fundadora de Tech Palewi, una organización especializada en intervención en crisis y manejo de duelo que diseña modelos de reparación del daño. Esto incluye recordar a la persona desaparecida, pero también tiene que ver con visibilizar a la familia, “los que están con vida pierden hasta su identidad”, dijo.

Desde hace 15 años, el hijo de García Apac espera. Ahora vive en la Ciudad de México, donde trabaja como freelancer audiovisual. Cuando era niño quería ser periodista como su papá: tener tantos amigos como él, viajar todo el tiempo, comer platillos típicos de diferentes lugares, ayudar a la gente sin esperar nada a cambio. Pero cuando se llevaron al Chino, el significado del periodismo cambió para Aldo. Se volvió algo peligroso, amenazante, “y más en Michoacán”, explicó, “no es como cualquier lugar; Michoacán es otro país, es otra cosa. Siguen sucediendo cosas a la fecha de las que nadie habla”.




Aldo"Aldo García, revisa una hoja de negativos que son parte del legado periodístico que dejó su padre." (Fotografía: Hans-Maximo Musielik)

Esquema cuatro



Pero su amor por la fotografía sobrevivió y Aldo encontró en el cine otra manera de contar historias, como su papá, pero sin el riesgo. Él y su mamá siguen editando y repartiendo el Eco de la cuenca de Tepalcatepec aunque no les genere ingresos. Eliminaron la nota roja y el periódico ya no tiene la columna política escrita por García Apac, pero lo mantienen por la responsabilidad que sienten con sus comunidades, especialmente las más lejanas, y sobre todo para conservar viva la memoria del periodista.

Lo único que Aldo espera del gobierno 15 años después de la desaparición de su padre, además de que resuelva el caso, es que pague la construcción de un memorial que la gente pueda ver. Para que, quienes pasen por ahí, lean y conozcan el nombre de José Antonio García Apac —y el de las otras 95,570 personas desaparecidas. Que se sepa públicamente, y se reconozca, que hay personas que no están. Y que muchas más las siguen buscando.

“Esa es la manera, por lo menos para mí”, dijo Aldo, “que tiene más sentido hacer un poco de justicia —a través de la memoria”.

Historia 1

“Lo único que quiero que me digan es por qué”

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“Somos —de los olvidados— los más olvidados”

Parte Dos: Una sentencia no basta

Rosalba Ruiz Bautista y Ricardo Monluí Cabrera estuvieron casados más de 30 años, hasta que un hombre siguió a la pareja en su rutina de domingo y mató a Ricardo, periodista veracruzano, sin conocerlo. Rosalba ha aprendido a reconstruir su vida sin su pareja, con la compañía de sus hijos y sus nietos y valiéndose del deporte como terapia. Meses después de que le arrebataran a su marido, Rosalba encaró al asesino, testificando en el juicio que lo condenaría por ese y otro asesinato.

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Rosalba Ruiz Bautista
Jorge Uriel Sánchez Ordoñez

“Tratar de que no vuelva a suceder”

Parte Tres: Subir a instancias federales no es garantía

Jorge Uriel Sánchez Ordoñez ama el ajedrez, los acertijos, y desenmarañar madejas de información. Todo eso se lo enseñó su padre, el periodista Moisés Sánchez Cerezo, antes de ser desaparecido y asesinado en enero de 2015. Desde entonces, Jorge ha mantenido vivo el legado de su papá mientras encuentra maneras de generar un ingreso y superar el miedo constante de saber que el asesino intelectual de su padre sigue suelto.

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“Hacer justicia a través de la memoria”

Parte Cuatro: El limbo de las personas desaparecidas

En un país con miles y miles de personas desaparecidas —más de 90 mil para ser precisos— sus hijos esperan. Esperan una investigación que resuelva los enigmas de la ausencia. Esperan que sus papás regresen. Esperan tener un ápice de verdad en un mar de incertidumbre. Uno de ellos es Aldo García Caballero, uno de los seis hijos de José Antonio García Apac, periodista michoacano desaparecido en noviembre de 2006. Aldo fue la última persona en hablar con su papá por teléfono justo cuando un grupo de hombres detenía a García Apac, minutos antes de que lo desaparecieran. Eso fue hace 15 años. Desde entonces, Aldo espera.

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Aldo García Caballero
Priscilla Pacheco Romero

“Mi papá merece ser recordado”

Parte Cinco: Un sistema fallido

Desde los seis años, Priscilla Pacheco Romero repartía el periódico con su papá, el reportero Francisco Pacheco Beltrán por las comunidades de Taxco, Iguala y sus alrededores. A sus 24 años, después de titularse como licenciada en derecho, Priscilla pasó un año trabajando con su papá. Pero desde que lo asesinaron en la puerta de su casa hace cinco años, Priscilla se dedica a buscar justicia en un país donde exigir sus derechos es tan exigente como un trabajo de tiempo completo y tan frustrante como ir siempre a contracorriente.

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