Hizo de un gato un símbolo cultural

Durante más de dos décadas Paco Ignacio Taibo I fue un referente en la prensa. Los juicios del 'Gato culto', certeros y elegantes
Taibo I, en la redacción de EL UNIVERSAL, en 1984 (ARCHIVO EL UNIVERSAL)
2016-10-03
Horacio Acosta Rojas
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No todo el mundo puede ostentar el privilegio de tener una calle con su nombre, Paco Ignacio Taibo I sí y nada menos que en el lugar donde nació: Gijón, Asturias. Su nombre completo se lee “Calle del Periodista Paco Ignacio Taibo Lavilla”, en reconocimiento a su labor periodística. Ese oficio que se comienza en la cuna, con una curiosidad innata no es una actividad común, no es una necesidad básica, sino que requiere dedicación, empeño y una sensibilidad con las letras. No sorprende entonces que la vía que hace esquina con Taibo lleve el nombre del entrañable personaje de Cervantes. Son sólo cuatro los que pueden afirmar que viven en la esquina de Don Quijote y Paco Ignacio Taibo Lavilla, una ubicación fortuita.

En 1934, a los 10 años de vida, le arrancaron su infancia asturiana por razones políticas. Junto a sus padres se desplazó a Bélgica, siendo este su primer exilio. Vivió en la época del franquismo, en la que se cobraron muchas víctimas, y para él, el desplazamiento y la pérdida del terruño, fueron las cuotas. En 1959 decidió exiliarse, como tantos otros, en México, en donde la herencia española del siglo XX construyó instituciones académicas y culturales fundamentales para la consolidación del país, como la casa de España en México. En su memoria seguía guardando los clásicos de la lengua española. De su tierra natal le quedaron la prosa y los versos en la memoria y el acento en su boca. Uno de sus primeros trabajos fue de librero en España, ahí continuó con su pasión de lector.

Tal vez por eso se decidió por la cultura, donde el reportero tiene que indagar, construir y crear un objeto de arte, como aquellos que estudia. En EL UNIVERSAL, Taibo dirigió, desde 1985, por unos largos 20 años la sección cultural, responsabilidad que no es poca cosa, pues el prestigio del oficio de la prensa cultural en El Gran Diario de México se remonta a los inicios de la publicación: en ella escribieron y transitaron desde los grandes escritores mexicanos como Mariano Azuela y Salvador Novo, hasta artistas monumentales como Dr. Atl y David Alfaro Siqueiros. Siendo la tradición cultural de EL UNIVERSAL una que siempre destacó por estar a la vanguardia, Taibo hizo innovaciones deslumbrantes en la reorganización de la sección, en la incorporación de caricaturistas en las páginas culturales y en el desarrollo de un sinfín de temas, todos bajo el paraguas de papel de la cultura.

Sus primeros pasos en el periodismo los hizo al cubrir la Tour de France y, sabiendo que no hay tema pequeño ni protagonista sencillo, sus crónicas se basaron principalmente en la construcción del héroe, pero no de aquellos que llegan en primer lugar con la victoria a cuestas, sino de los que, con el camino delante y la vida detrás, seguían en la ruta por llegar a la meta. Ya en España había sido redactor en jefe y director del diario asturiano El Comercio.

El gato de la cultura

PIT, como se le conocía y firmaba su famoso Gato Culto, inició esta entrañable caricatura junto con Efrén, dibujante que llegó a su despacho en EL UNIVERSAL —utilizando de pretexto a su hija, a quien le gustaban los felinos— con la intención de construir un personaje certero, sintético, elegante en sus juicios y de una mirada brillante en la noche de las noticias; un símil perfecto a un felino, pero este de tinta y papel.

En 1994 el propio PIT editó el libro El Gato Culto, un compendio de los cartones felino-filosóficos seleccionados por su autor. En la introducción desmenuza la concepción de este símbolo del periodismo cultural en México: bajo el lápiz de Efrén, dibujante experimentado, el Gato Culto nació de un trazo elegante y técnicamente soberbio, pero por una excesiva carga de trabajo, el caricaturista fallaba en las entregas, y en su lugar PIT buscó un gato que, en sus propias palabras, pudiera dibujar sin que ello implicara que él aprendiera a dibujar.

Por la compleja ironía de sus palabras y lo sencillo de sus gestos, el Gato Culto se convirtió en un símbolo; su popularidad creó una Sociedad de Amigas del Gato Culto y su presidenta le enviaba poemas para que se los transmitiera al cartón; los niños lectores lo disfrazaban a veces de Santa Claus, otras de bombero y hasta de torero.

Fue tal la fama del felino que cualquier lector asiduo a su crítica que se encontraba casualmente con Taibo le solicitaba un autógrafo pero no del editor sino del gato; cosa mas curiosa, pues cómo puede una viñeta que vive en el papel encarnarse para escribir en el mismo material en el que vive. Para estos casos PIT encontró una solución propia de un hombre ilustrado: en cada autógrafo creó otros gatos cultos y escribía una frase sintética. Así pues, en la ciudad transitaba un gaterío conformado por los publicados en EL UNIVERSAL, ilustrados y más o menos bien portados, y los otros, aquellos que viajaban en cuadernos, carteras, mochilas y servilletas, en las que Taibo había escrito una frase picaresca para el seguidor del Gato Culto y no de él.

Se convirtió así en un personaje tan cotidiano que, tanto en los escritorios burocráticos como en las clásicas “tienditas”, el cartón decoraba los rincones laborales de todo México. Hubo una apropiación del Gato Culto, esos recortes o fotocopias fungían como una declaratoria de identidad: todos hemos sido, en algún momento, el Gato Culto. Hasta el mismo Taibo devenía gato, cuando su columna Esquina baja era también comentada por el personaje, pues, según su autor, la tarea burlona le correspondía al gato.

Para 1994, Taibo ya había realizado mil 500 gatos cultos. Imaginar esa cantidad de felinos con la lucidez del Gato Culto es asombro, más aún si se considera que hasta entonces solo había recibido una crítica: en un problema político cultural pareció que el gato evadió el asunto y una lectora le envió un mensaje “El gato se hizo pato”.

Generador de talentos

Además de convertir a un gato en institución, en EL UNIVERSAL también construyó una escuela. En una entrevista con el director del Museo de la Caricatura, Juan Terrazas, mencionó que El UNIVERSAL en la Cultura fue un campo fértil para caricaturistas, escritores y dibujantes a quienes les abrió las puertas para comenzar a plasmar sus ideas y consolidar sus carreras. Muchos de los colaboradores que escribieron bajo la dirección de Taibo I hoy son figuras reconocidas del mundo de la prensa cultural.

Su obra personal fluyó, como su vida, entre la buena comida, el cine, el vino, los toros, la literatura y los amigos. Paco Ignacio Taibo dedicó gran parte de su obra a escribir sobre la gastronomía mexicana y, sin ser un profesional de la cocina, escribía con una profundidad deslumbrante. En su libro Encuentro de dos fogones realiza un estudio profundo sobre la construcción de la comida mexicana, siendo sus dos principales influencias la cultura indígena y la española, pero no las únicas; con una precisión enciclopédica recuerda los aportes de los franceses, libaneses, ingleses y porfiristas, pues es con ellos que los menús de los restaurantes de moda del siglo XIX se comenzaron a escribir en francés.

Este interés por la riqueza cultural de la gastronomía mexicana refleja la propia vida de Taibo. Un migrante está llena de memorias y de recuerdos y al llegar a otro país busca recrear lo conocido. PIT no pudo escapar de su herencia española e incorporó los sabores, olores y modismos de los mexicanos, creando con este enfrentamiento una escuela de letras, una forma de hacer periodismo y de organizar la cultura.

Los servicios de inteligencia del Estado espiaron parejo. Investigaron a expresidentes, reyes y guerrilleros, como a escritores, pintores, cantantes, actores...