“Sentí una bayoneta en la espalda”

Jesús Fonseca trabajó casi medio siglo como foto-periodista. Con su inseparable lente fue testigo de sucesos como el movimiento del 68 y los sismos de 57 y 85
Reportero gráfico. Jesús Fonseca Juárez posa con la primera cámara que utilizó para iniciarse en la profesión (ALEJANDRA LEYVA. EL UNIVERSAL)
2016-10-03
Xochiketzalli Rosas
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Jesús Fonseca Juárez tenía 19 años cuando un periódico le pagó su primera fotografía. Lo recuerda con precisión: “Fue EL UNIVERSAL y sin pertenecer al diario. Se publicó en Deportes. Fue en abril de 1948, cuando el padre Lambert regresó a entrenar al futbol americano”. Aquel dinero lo gastó de inmediato, la cantidad exacta se le pierde en la memoria, pero dice que le habría encantado conservarlo para el recuerdo.

Desde esa fecha, las fotos de Jesús Fonseca aparecieron con más periodicidad en las páginas de los diarios. Pero en El Gran Diario de México a partir de 1951, año en el que entró a trabajar como suplente de Rafael Baldwin, fotógrafo de deportes que le dijo que fuera al rotativo a pedir empleo porque él se iría de incapacidad por una operación e iban a necesitar a alguien que lo supliera. Fonseca lo hizo. Aquel momento marcaría el inicio de una carrera de más de 44 años como reportero gráfico.

Pero su interés en guardar la eternidad en una imagen surgió cuando su padre le encargaba que cargara la cámara Kodak de cajón cada fin de semana que en familia salían a pasear. Apenas tenía 14 años. Su padre Severo Fonseca, quien hacía fotografía para producir fotobotones de los héroes de la Revolución que vendía en el Mercado del Volador, le enseñó el arte de la luz y sombra, y del revelado. Esa fue su herencia.

Al ingresar a la prevocacional número 5 del IPN inició su formación; sus compañeros de clases le pedían que les tomara fotos, que él les vendía en 15 centavos [dinero para recuperar lo invertido y comprar nuevo material]. Después, la cámara lo convirtió en el caminante que buscaba el ángulo exacto para retratar. Empezó organizando excursiones para tomar fotos, después fotografió aspectos culturales y deportivos.

“No ganaba, pero iba aprendiendo. Le fui sacando provecho a la cámara y la fui adaptando para sacar mejores imágenes. Empecé a revelar, me compré mis sustancias”, narra el fotógrafo de 89 años de edad.

Esta profesionalización autodidacta y la calidad con la que siempre ha trabajado sus fotos lograron que los diarios de la ciudad y revistas le pidieran sus fotos. Así comenzó a publicar, aunque sin cobrar nada.

De pronto, a los 16 años ya se dedicaba a tomar fotos de los juegos de futbol americano de ligas mayores del poli, Colegio Militar y la UNAM, de ahí pasaban directo a los grandes rotativos; el principal era EL UNIVERSAL, diario que siempre publicaba sus fotos con el crédito de Jesús Fonseca.

Se sumerge en sus recuerdos. Busca las imágenes del pasado. Transpira hondo y con un dejo de molestia: “Hay una laguna”, dice y tras unos segundos de ensimismamiento continúa: “Duré cinco años de suplente, en 1956 me dan la planta. Me ofrecían en CFE la jefatura de fotografía ganando el doble, pero no acepté por el amor al periódico, y porque no es lo mismo el periodismo que estar encerrado”.

Gracias a EL UNIVERSAL conoció todo el país, pues por las diferentes asignaciones a las que lo enviaron también viajó mucho.

Testigo fiel

El torrente de narraciones sobre el Movimiento Estudiantil de 1968 que Fonseca describe con precisión milimétrica siempre inicia el 23 de septiembre de aquel año. Cuando junto con sus compañeros de fuente, fotógrafos y reporteros, huyeron de las balas y las corretizas del Casco de Santo Tomás, luego de un enfrentamiento entre granaderos y estudiantes. Las gráficas publicadas al día siguiente en dos páginas completas tienen su merecido reconocimiento: “Todo el material gráfico que damos en esta edición es fruto de la valentía y actividad de nuestros reporteros gráficos Jesús Fonseca, Mario Padilla, Eugenio Alvarez, Mario Juárez, Javier Rivera, Manuel Rojas...”.

Jesús Fonseca no se detiene ni un momento para relatar cada hecho, con nombres completos de personas y calles. “En 1968 me pusieron una bayoneta en un costado de la espalda porque había tomado unas fotografías a unos soldados que estaba afuera de la escuela de Jurisprudencia en las calles de San Ildefonso, cuando el bazucazo, me quisieron quitar el rollo. Cuando me lo pidieron tuve la valentía de decirle al uniformado que no lo velara, que por favor lo revelara para que viera lo que había fotografiado. Tras varios insultos me fui y unas calles adelante volví a cargar mi cámara con un rollo nuevo”.

El relato de los sucesos le fluyen sin pausa. Tantas cosas pasó que por eso no es raro que al hojear las páginas de EL UNIVERSAL se encuentre una foto de él.

“En un periódico no hay hora de salida y para ser un buen fotógrafo o redactor debes cubrir la fuente de polícia. Gracias a que cubrí muchos años esa fuente pude manejarme entre esa gente”, lanza contundente aunque también reconoce que su formación se la debe a que cubrió todas: deportes, policía, sociales, información general, publicidad, espectáculos. Incluidos sucesos en los que vio a sus compañeros heridos.

Impulso fotográfico

Por el amor a su trabajo, Jesús Fonseca siempre estuvo en constante formación para estar a la altura de los cambios tecnológicos de su instrumento de trabajo, como de las técnicas de revelado y resguardo de las imágenes. Por eso, en EL UNIVERSAL, con otros de sus compañeros, impulsó la conformación de un Departamento Revelado con las condiciones propicias para trabajar; además de la implementación de horarios escalonados y guardias nocturnas; se comenzaran a archivar las imágenes para crear lo que es hoy el Archivo Fotográfico, y se introdujera el flash electrónico.

“Todo ocurrió porque el laboratorio estaba arriba de la redacción, el piso era de madera. Un día empezó a caer una gotera hacia la redacción, porque un garrafón con revelador se rompió y escurrió; el depósito estaba cerca de una puerta por donde entraba una rafaga de aire frío que hizo que se reventara. Hice que se cambiara de sitio el departamento de fotografía para evitar esos accidentes. También, como aquí no se archivaba nada de lo que se tomaba; entonces empezamos a armar un sobrecito con una hoja de papel para meter los negativos, y afuera escribíamos el nombre, asunto, fecha. Pugne porque se hiciera eso cuando todavía era suplente. Y lo del flash porque era más barato; el foco nos lo vendían a peso, y el flash costaba mil 200, pero alcanzaba para mil disparos”, dice orgulloso.

Así llegó a ser jefe del Departamento de Fotografía de 1978 a 1980 y en ese puesto le tocó cubrir la primera visita a México del Papa Juan Pablo II. Él sólo pudo tomar tres fotos porque se encargó de lleno a coordinar a su equipo por tierra y helicóptero. La primera foto a color que se publicó en primera plana fue de esa visita. “Yo supe que el Vaticano le pidió a EL UNIVERSAL que le vendiera todo el material, y todo se envió”.

Después fue comisionado a La Afición para que lo mejorara. De ahí fue donde se jubiló en 1995; sin embargo, él no ha dejado de colaborar con EL UNIVERSAL. No causa sorpresa que en 1980 recibiera el Premio Nacional de Periodismo por su trayectoria, pues fotografió a Pablo Casals, Charles de Gaulle y al rey de Etiopía, Haile Selassie.

“Quiero mucho al periódico y mi trabajo, por eso no dejo de tomar fotos”.