El inolvidable Jacobo Dalevuelta

La vigorosa pluma de Fernando Ramírez de Aguilar hizo época en las páginas de El Gran Diario de México
Fernando Ramírez de Aguilar, quien siempre firmó como Jacobo Dalevuelta, fue director de EL UNIVERSAL Gráfico (ARCHIVO EL UNIVERSAL)
2016-10-03
Xochiketzalli Rosas
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No hay hecho registrado en los primeros 40 años de EL UNIVERSAL en el que no aparezca algún texto firmado por Jacobo Dalevuelta, seudónimo que Fernando Ramírez de Aguilar adoptó para sus quehaceres reporteriles: crónicas, reportajes, reseñas de teatro, perfiles, entrevistas. Su agudo ojo periodístico, disciplina, entrega a su profesión y su prosa impecable tapizaron las páginas de este diario sin descanso.

Todos los periodistas de la época le tenían un gran reconocimiento, entre ellos El Güero Téllez; aunque también había quienes lo odiaban y tachaban de inventos sus textos y por eso lo apodaban Machin: “Ese Machin que escribe mentiras”, le decían, cuenta su nieto, el escritor Eugenio Aguirre, en entrevista con EL UNIVERSAL.

Fueron muchas las hazañas periodísticas del hombre que nació en Oaxaca un 3 de agosto de 1887 y que, tras estudiar en el Instituto de Ciencias y Artes del mismo estado, se inició como mecanógrafo en el diario El Imparcial para después, al estallar la Revolución en 1910, fuera nombrado corresponsal de guerra y desde el frente de batalla enviara sus crónicas diarias.

Este intrépido periodista escribió para El País, El Demócrata y El Independiente. Fue en 1919 que comenzó a trabajar como reportero de EL UNIVERSAL, de cual llegó a ser jefe de redacción en 1922.

Dentro de algunos de los frutos de su incansable periodismo se encuentra el reportaje publicado del 17 al 23 de febrero de 1928, en el que Dalevuelta reportó desde la “Ciudad del Dolor”, nombre que se dio al lugar donde José Fidencio de Jesús Síntora Constantino, conocido como “El Niño Fidencio”, hacía sus “milagrosas curaciones” a “leprosos, tuberculosos y paralíticos”, en el pueblo de Espinazo, estado de Nuevo León.

Asimismo, en 1925 cerca del 15 de septiembre y del traslado de los restos de Miguel Hidalgo y amigos de la Catedral Metropolitana a la Columna del Ángel de la Independencia, Dalevuelta dio a conocer su libro La Odisea de los restos de nuestros libertadores, una compilación de documentos sobre las andanzas relacionadas con los huesos de los próceres de la insurgencia, publicados todos en EL UNIVERSAL.

Su peculiar firma

En el mundo donde se desarrollaba periodísticamente, todos lo conocían por su seudónimo, aunque en su casa todos sabían que se llamaba Fernando y así lo nombraban, incluso la mayoría de sus descendientes llevaban ese nombre.

Su nieto Eugenio Aguirre fue quien reveló la historia detrás de aquella peculiar firma: “Es el nombre de un personaje de una novela de Anatole France que se llama El figón de la reina Patoja. Eugenio lo descubrió en el año 1969, cuando se fue a vivir a Ibiza en la época del franquismo; con apenas 25 años de edad. En una librería el encargado le recomendó la novela que Anatole publicó en 1892 y que estaba prohibida porque era muy irreverente. Ahí halló a un personaje llamado Jacobo Dalevuelta. De ahí había sacado el nombre su Paye, como él le decía a su abuelo.

Un abuelo cariñoso

Eugenio Aguirre lo recuerda como un abuelo cariñoso y consentidor, que cada vez que se sentaban a la mesa a degustar un caldo con una patita de pollo siempre le dejaba comer un buen pedazo de la menudencia, mientras lo cuestionaba sobre las travesuras que había hecho en la escuela. “Moría de risa cuando le decía que no hacía nada”, cuenta el también escritor con más de 50 libros publicados.

Sin embargo, la memoria que más atesora es aquella que se repetía cada tarde, cuando junto con su padre llevaban al abuelo Jacobo, después de la comida, a su trabajo en la redacción de EL UNIVERSAL. “Antes de llegar, en un restaurante en la esquina de Bucareli y Reforma, mientras ellos tomaban café y platicaban, yo comía una nieve. Me sentía muy importante de acompañar a mi abuelo al diario”.

Era el año de 1951, dos antes de la muerte del periodista. “Trabajó hasta su muerte”, dice Eugenio e inicia el relato de las dos habitaciones más sagradas de la casa de su abuelo: la gigantesca biblioteca. “Los libreros eran de metal con puertas de malla, atiborrado de libros, como 15 mil ejemplares. Esa biblioteca se vendió al parecer a Porrúa cuando él murió. Eso generó un conflicto familiar porque mi abuelo había dicho que se le diera a mi primo Rodolfo Alcaraz Ramírez de Aguilar; pero los hijos de Jacobo (que fueron siete) decidieron que tenía que venderse para el sostenimiento de mi abuela, para darle una pensión”.

De esa biblioteca, Eugenio recuerda los libros ilustrados que su abuelo le dejaba ver. “Mi vocación de escritor es mi herencia. Leíamos desde chamacos. Todos admirabamos al abuelo por su quehacer periodístico. Era el patriarca”.

También rememora que su Paye era mujeriego. “En una ocasión mi tío Jorge (el hijo menor de Dalevuelta) y uno de mis primos fueron a un restaurante francés de la Condesa o la Roma, y de pronto se les acercó la dueña del lugar y les dijo: ‘¿Quién de ustedes es el hijo de Jacobito? Porque debo decirle que su padre fue mi mejor amante’”, relata Eugenio en medio de risas.

Ofrenda de flores

El 22 de diciembre de 1953, la plana principal de EL UNIVERSAL se vistió de luto; una de sus notas informaba del fallecimiento de Jacobo Dalevuelta. Después de seis días de agonía, a las 11 horas del día anterior, en el Instituto Nacional de Cardiología, había dejado de existir. Una vieja dolencia que se agravó lo obligó a abandonar sus labores como Jefe de Información en este diario dos meses antes de su muerte.

En el hospital lo atendió el mismísimo padre de la cardiología mexicana, el doctor Ignacio Chávez. Al funeral asistieron familiares, periodistas y amigos, incluidos los arreglos florales del presidente de la República y de otros funcionarios y políticos.

“Mi abuelo era muy obcecado y quiso que lo enterraran junto a la tumba de su mamá debajo de un sabino en el panteón de Oaxaca, y que se le tocara el vals Dios nunca muere, que es como el himno de los oaxaqueños. Entonces se trasladó el cuerpo a su tierra natal. El director de Ferrocarriles Mexicanos ofreció un convoy para que fuera toda la familia”, narra Eugenio, quien tenía nueve años cuando Dalevuelta murió. Sin embargo, recuerda a su abuelo como un viejito muy vital. “Siempre veía a Paye con una boina vasca y con sus lentes de aros gruesos, siempre trabajando”.

La inmortalidad

Al abrir las urnas de los héroes de la independencia con motivo del Bicentenario de la Independencia de México, investigadores del INAH hallaron una tarjeta de presentación firmada por Dalevuelta. La pieza de papel, con el logotipo de esta casa editorial impreso en el extremo superior izquierdo, permaneció allí por al menos 85 años.

La forma en que llegó el trozo de papel ya amarillento a la urna resultó un misterio para los historiadores. Hubo quienes dijeron que el cronista la había dejado en septiembre de 1921, cuando Álvaro Obregón rindió un homenaje por el Centenario de la Consumación de la gesta heroica y que él cubrió. Sin embargo, es probable que Dalevuelta la haya dejado el 16 de septiembre de 1925, cuando asistió a la ceremonia en la que el presidente Calles conmemoró el traslado de los restos de los héroes de la Catedral al Ángel de la Independencia, pues el 17 de septiembre aparece en primera plana de la segunda sección de EL UNIVERSAL una crónica firmada con su seudónimo.

El motivo quizá lo conoce su nieto Eugenio Aguirre: “De malvado echó la tarjeta; esas travesuras siempre las hacíamos en la familia”, y suelta la carcajada. Aunque quizá fue la forma que halló Jacobo Dalevuelta para ser inolvidable.

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