Jacinta, Alberta y Teresa: fin de la simulación

Emilio Álvarez Icaza Longoria

En la cultura occidental, la justicia se ha representado con una mujer que lleva los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. La venda en los ojos simboliza la imparcialidad y la objetividad. La balanza la equidad, es decir, que juzga por igual a todas las personas sin distinción, por ello se representa vendada, de manera que no engañen la condición y/o situación de las personas.

Esto es de la mayor relevancia para el Estado de derecho de una sociedad democrática, pero ¿qué sucede si en un país como México la señora justicia pierde la cordura, es cegada y es corrompida?, ¿cuándo la justicia es utilizada como un aparato para fabricar culpables?, ¿cuándo el aparato de justicia se utiliza de manera perversa para criminalizar a todo aquel o aquella que se opone a los designios de algunas autoridades y/o sus cómplices? Se destruye su esencia, llevándole a cometer graves aberraciones, como ocurrió en los casos de Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio, tres mujeres indígenas hñähñú a quienes en el 2006 se les fabricó un delito por secuestro a seis elementos de la desaparecida Agencia Federal de Investigación, y fueron injustamente e indebidamente encarceladas.

Se trata de un caso paradigmático en el que la balanza de la justicia perdió su equilibrio y se inclinó del lado de la mentira, la corrupción y la discriminación, revelándonos no sólo las profundas falencias del sistema de justicia penal mexicano, sino también la brutal exclusión de que es capaz. Jacinta, Alberta y Teresa sufrieron una triple discriminación derivada de su identidad como indígenas y mujeres, así como de su condición social de marginalidad.

Este caso, si no fuera dramáticamente cierto, serviría como para un programa cómico. Se acusó a las indígenas de haber sometido a los agentes federales. Cuándo se conoció el físico (altura y complexión) de unos y otras, se evidenció aún más el absurdo, llegando al ridículo.

Sin embargo, hoy se reconoce la inocencia y se presenta una disculpa pública a estas tres mujeres ejemplares que lograron poner fin a las aberraciones de nuestro sistema de justicia, gracias al apoyo de la sociedad civil, pero sobre todo, a su lucha digna, fortaleza y perseverancia.

Este hecho tiene especial relevancia por varias razones. Funcionaron, con sus reservas, las instancias de control. La importancia y trascendencia del litigio estratégico en las instancias nacionales también se evidencia en plenitud, puesto que la construcción de éste tipo de precedentes será clave para evitar repeticiones de casos como similares en el futuro, entre otros aspectos.

El sentido de la disculpa pública es además un poderoso mensaje cuando viene desde las instituciones responsables de haber causado el daño, cuando viene del Estado. Resulta clave para reivindicar a estas tres valiosas y valientes mujeres.

Así, la noción de reparación del daño tiene uno de sus componentes principales en la reivindicación de las víctimas y buscar su no repetición.

Hoy en día, como en otros casos ha sucedido, las señoras Jacinta, Alberta y Teresa se han convertido en defensoras de los derechos humanos y luchan para que otras víctimas de violaciones a las garantías, vinculadas con encarcelamiento injusto, no sufran lo que ellas. Se suman a la lucha de muchas otras y otros para que en adelante se pueda obligar al Estado mexicano ha adoptar las medidas suficientes para evitar que nuestra justicia siga doliendo y decepcionando, para que la espada de la justicia sea desenvainada para, en su caso, castigar a los verdaderos delincuentes.

Jacinta, Alberta y Teresa representan uno de los casos emblemáticos de por qué se necesita reformar la justicia en México, donde se erradique la impunidad de una clase política que trafica con influencias y que se cubren unos a otros, e incluso culpan a inocentes en una simulación perversa.

 

Ex secretario ejecutivo de la CIDH

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