La resurrección de Meade

Salvador García Soto

José Antonio Meade está de vuelta en la carrera presidencial. El secretario de Hacienda, que hace unos meses —en medio de la crisis por la volatilidad del peso desatada por Donald Trump— mandaba señales y mensajes de autodescarte, al que los disturbios y la indignación social por el “gasolinazo” parecían haber sepultado definitivamente en sus aspiraciones, ha vuelto a levantar la mano para el 2018, al afirmar que en el ambiente sucesorio hay en este momento “más ruidos que señales”, y que aún pueden figurar y hasta ganar, llegado el momento, algunos que “no están contemplados”, tal y como ha ocurrido en elecciones recientes en el mundo.

El pronunciamiento de Meade, hecho en declaraciones a EL UNIVERSAL, apela a que no se le descarte a él y a otros que hoy no necesariamente figuran en primeros lugares de las encuestas, y ocurrió justo el mismo día en que el Inegi anunciaba que la economía mexicana había crecido 2.8% en el primer trimestre del año, superando las expectativas, y que la Secretaría de Hacienda, a su cargo, realizaba un ajuste al alza del pronóstico de crecimiento para 2017, para ubicarlo de 1.5% a 2.5% del PIB, algo que no había ocurrido en los últimos cinco años. ¿Fue casualidad que las cifras que mostraron mejoría en el desempeño y las expectativas de la economía coincidieran con las declaraciones del secretario de Hacienda, a quien muchos ven como el candidato del grupo de poder que encabeza Luis Videgaray? En política, y en este caso también en economía, no existen las casualidades.

Porque además, el relanzamiento de José Antonio Meade —quien sin ser militante priísta se ha acercado claramente a ese partido al aparecer como “invitado” en recientes reuniones de su Consejo Político Nacional— coincide con la intención del presidente Enrique Peña Nieto de mandar el mensaje de que tiene varios prospectos para la sucesión presidencial, entre los que se incluye lo mismo al secretario de Hacienda, que al de Educación, Aurelio Nuño, al de Salud, José Narro, al de Gobernación, Miguel Osorio Chong, el gobernador Eruviel Ávila y, más recientemente incorporado, hasta el secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, sin que el mandatario descarte tampoco, con todo y su impopularidad, a su muy cercano canciller, Luis Videgaray.

Y esa intención de Los Pinos, de comenzar a “abrir la baraja” de los aspirantes priístas, se hará más evidente pasando las elecciones del próximo 4 de junio y tiene que ver con el cálculo electoral que están haciendo desde la Presidencia de la República: si se gana el Estado de México, con el posible triunfo de Alfredo del Mazo, se habrá probado que el “ensayo” que significó esta elección, con toda la cauda millonaria de recursos federales desplegados, la operación electoral abierta del gabinete en pleno y el uso de los programas sociales para “aceitar” a la estructura y la maquinaria electoral del PRI, puede perfectamente replicarse a nivel federal en 2018, sobre todo con la complacencia (por no decir complicidad) que hasta ahora han mostrado en el Estado de México las autoridades y fiscalías electorales como el INE y la Fepade.

Es decir que si el “modelo Edomex” da resultado y funciona para Peña y el PRI, además de repetirse en la elección presidencial, le daría al Presidente la posibilidad de tener un control absoluto sobre la sucesión presidencial en su partido para optar por el candidato de su elección y que, según sus cálculos, le garantice un triunfo, aun cuando no sea de los más conocidos, de los más populares o de los mejor posicionados en las encuestas; incluso que no sea el más priísta de los aspirantes y, en una de esas, que ni siquiera sea militante del PRI, como el caso de Meade. En la experiencia de Peña Nieto un candidato presidencial “puede crearse y posicionarse” si se tienen las herramientas adecuadas, los apoyos necesarios (del establishment) y, por supuesto, los recursos financieros suficientes para encumbrarlo y hacerlo conocido y popular. Esa fue su propia vivencia para lograr la Presidencia y, si las condiciones se le dan, con el triunfo en el Estado de México como condición sine qua non, intentará repetirla.

Claro que si no se cumple la mencionada condición y, con las apretadas encuestas que se observan a semana y media de las elecciones mexiquenses, ocurriera la tragedia de una derrota de Alfredo del Mazo y el PRI en la entidad mexiquense, entonces todo el escenario cambia para Peña Nieto y su partido: el Presidente no tendría todo el control de la sucesión priísta y habría grupos y liderazgos que se moverían desde dentro del partido para evitar una imposición en la candidatura presidencial, comenzando por exigir, por ejemplo, que el candidato tricolor sea un “priísta probado y con experiencia política, electoral y de gobierno”. Y ahí peligra el peñismo y su continuidad. ¿Cuál de los dos escenarios veremos después del 4 de junio? Faltan 10 días para saberlo.

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