Guerra de cifras: entre la percepción y la mentira

Salvador García Soto

Si el 2016, como tanto se dijo, fue ensayo del 2018, podemos respirar, pero también preocuparnos. Respirar porque los escenarios de violencia que auguraba el tono estridente y sucio de las campañas políticas no se cumplieron y si bien no fueron las jornadas color de rosa que veía Peña Nieto —por episodios de violencia armada en Tamaulipas y Veracruz— tampoco las incidencias afectaron el desarrollo normal de las 14 elecciones y hubo casos, como Oaxaca, que rompieron el pronóstico de comicios violentos. Pero al mismo tiempo, hay motivos para preocuparse: hasta anoche la confusión reinaba en más de la mitad de los estados en disputa y, sin esperar resultados oficiales, los dos grandes bloques en disputa —PRI y sus aliados contra PAN-PRD— se declaraban ganadores en al menos siete estados en los que llegaron a la votación empatados y así se mantenían anoche, con diferencias mínimas de tres a cinco puntos entre el primero y el segundo lugar.

Esos estados, que anoche vivían una auténtica guerra de cifras, son: Veracruz, Aguascalientes, Quintana Roo, Chihuahua, Tlaxcala, Oaxaca, Durango y Tamaulipas. Sólo en tres estados se veían hasta anoche ganadores claros: Puebla, donde el panista Antonio Gali aventajaba con casi 10 puntos; Sinaloa, donde el priísta Quirino Ordaz tenía ventaja que parece irreversible, e Hidalgo, donde el priísta Omar Fayad también lideraba con amplia ventaja en todas las encuestas. Salvo esas, el resto de las entidades tenían anoche dos “ganadores” y la lucha mediática incluía cifras triunfales de uno y otro lado: Manlio Fabio Beltrones, quien decía que el PRI llevaba ventaja “en 10 elecciones”, sin precisar cuáles, y Ricardo Anaya que celebraba “un número histórico de gubernaturas para el PAN” y hablaba de “tres estados ganados” y otros arriba, y hasta Agustín Basave se subía al carro del triunfalismo asegurando victorias del PRD en Tlaxcala, Oaxaca y Quintana Roo, los dos últimos en alianza.

La única declaración sensata de la noche la daba el presidente del INE, Lorenzo Córdova, quien llamaba a todos los partidos, ante los duelos mediáticos y de encuestas, a esperar los resultados oficiales que comenzaron a marcar tendencias más o menos claras hasta pasada la medianoche de ayer.

Sobre la participación del electorado, otra de las incógnitas por el ruido de las campañas, en general se vieron elecciones concurridas en varios estados. Chihuahua, Tamaulipas y Quintana Roo reportaron filas para votar en varios momentos del día, mientras que en el resto de los estados la afluencia fue regular, así que es de esperarse una participación en porcentajes típicos de comicios estatales, por arriba del 50%, con grados variables de abstencionismo por entidad. El único caso donde la gente no salió a votar, y se observaron escenas lamentables de casillas vacías a lo largo del día, fue en la Ciudad de México. La complicada elección de la Asamblea Constituyente no entusiasmó a los capitalinos, con todo y bombardeo publicitario y una costosa inversión de más de 200 millones de pesos en su organización; la lluvia y el debut de México en la Copa América dieron la puntilla a una elección que podría incluso ser descalificada por uno de los partidos más fuertes que contendieron en ella: Morena.

Ese sería el principal motivo de preocupación que arrojan los comicios de ayer, como antesala del 2018: que en la cerrada competencia que se veía hasta anoche en buena parte del país —y que es casi seguro que se repetirá en la elección presidencial— la irresponsabilidad y falta de madurez de los actores políticos, sumado a escenarios de votación altamente competida, con diferencias mínimas, podrían llevarnos a vivir, en la próxima sucesión presidencial que ya está en marcha, un escenario de conflictividad, descalificación y desconocimiento de los resultados, como el que anoche se veía en varias entidades, y como el que ya conocimos los mexicanos en la compleja elección del 2006 con el apretado triunfo de Felipe Calderón, desconocido por Andrés Manuel López Obrador y luego legitimado por el PRI.

Para colmo, los protagonistas de aquella noche aciaga del 2006 están otra vez en la escena de la sucesión 2018: López Obrador, como el único candidato seguro, Felipe Calderón, como promotor y estratega de su esposa Margarita Zavala, y hasta Manlio Fabio Beltrones, hoy dirigente y aspirante no declarado por el PRI.

La pregunta sería, si nos atenemos al ensayo, si así de confuso e incierto será el 2018: ¿tendremos también dos ganadores por la Presidencia la noche de la elección?

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