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El pecado de Kate

Salvador García Soto

Tremenda polémica despertó en medios y redes sociales el dato revelado por la PGR de que la actriz mexicana Kate del Castillo, junto con el actor estadounidense Sean Penn habrían contactado y entrevistado a Joaquín El Chapo Guzmán en octubre pasado para conversar con él sobre una película sobre la vida del narcotraficante. El contacto de los actores, a través de abogados del capo, sirvió de pista para que las autoridades ubicaran los movimientos del Chapo en el norte de Sinaloa, donde finalmente fue detenido, según reveló la procuradora Arely Gómez.

No faltaron quienes criticaran a la actriz de una presunta complicidad por encontrarse con el delincuente prófugo. Otros tomaron a escarnio que mientras las autoridades mexicanas decían llevar a cabo “una búsqueda implacable” y “con toda la fuerza de las instituciones”, el narco más buscado haya sido localizado por dos personajes del espectáculo que lograron verlo y grabarlo en una entrevista en la que hablaba de su vida y sus inicios en el mundo del narcotráfico. Ayer se informó que la PGR investigaba a Kate del Castillo por su contacto con El Chapo, mientras que la actriz avecindada en Hollywood, respondía secamente a la cadena Univisión en Estados Unidos: “Cualquier cosa cuando debe de ser y como debe de ser, no me vuelvas a llamar”, les contestó.

Legalmente no hay ninguna restricción para que una persona entreviste a un delincuente prófugo, menos si la entrevista se realiza con fines periodísticos o de difusión. La entrevista de Penn, publicada por la revista Rolling Stone, no es la primera ni la última que se realiza a un mafioso o narcotraficante que, por su notoriedad pública —el delincuente más buscado que burló dos veces el sistema de seguridad de un país— resulta de un claro interés periodístico o artístico, en el caso de una película sobre su vida. ¿Es eso apología de un delincuente? Puede ser debatible, desde el punto de vista ético, pero en sentido estricto, ni el actor estadounidense, ni la actriz mexicana infringieron ninguna ley por entrevistarse con El Chapo, y si algún periodista u opinador dice otra cosa, es sólo por envidia.

La misma polémica se desató en 2010 cuando el periodista Julio Scherer entrevistó a Ismael El Mayo Zambada, en un lugar de la sierra sinaloense a donde lo llevaron vendado. “Si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”, respondió entonces el fundador de Proceso a las críticas de algunos medios. Otro periodista al que le ofrecieron escribir un libro biográfico de El Chapo, en 2012, el argentino Diego Fonseca, reveló que aunque el proyecto no se concretó, él no hubiera tenido impedimento para hacerlo. “Mi trabajo es entrevistar y conseguir una historia. No soy funcionario de la DEA, del mismo modo que el trabajo de la DEA no es reportear, el mío no es dar información a las autoridades sobre un sujeto determinado”, dijo ayer Fonseca a Univisión.

Habría que ver sobre qué bases jurídicas y legales la PGR decide investigar a Kate del Castillo y al ciudadano estadounidense Sean Penn. Entrevistar a un delincuente prófugo y publicar la entrevista o incluso intercambiar mensajes de celular con él, como habría hecho la actriz mexicana, cae en el ámbito de la libertad de expresión y de prensa. Sólo habría delito si los dos personajes hubieran ayudado al narcotraficante a escapar o lo hubieran ocultado de una autoridad. Pero si ellos fueron a un lugar a reunirse con él, sin saber su ubicación, y conversaron con fines periodísticos o para la elaboración de un guión, no se ve de qué los puedan acusar.

Al final fueron esos contactos, derivados del protagonismo del Chapo y su obsesión por difundir su historia, los que permitieron a las agencias mexicanas seguir la pista de sus movimientos, tal vez la procuradora Gómez debiera agradecer la megalomanía de Joaquín Guzmán que lo llevó a contactar a Kate y ésta a su vez a Penn, como el origen de lo que no habían podido hacer en cuatro meses las instituciones mexicanas.

NOTAS INDISCRETAS…A seis días de las votaciones, la elección extraordinaria en Colima se ve más que cerrada. Del tamaño de los ataques y campañas negras entre los aspirantes es lo apretado del pronóstico. Al final los colimenses tendrán la última palabra entre la tecnocracia neoliberal que representa el priísta Ignacio Peralta y la astucia política y popularidad del panista Jorge Luis Preciado. La elección se volverá a definir en una final de foto y el duelo es de estructuras contra participación ciudadana… Los dados inician el año con Serpiente. Mal presagio.

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