De lengua me echo un taco (o ¿el Fox del PRI?)

Salvador García Soto

Jaime Rodríguez El Bronco está desatado. Lleva apenas 72 horas como gobernador de Nuevo León (el primer ciudadano en llegar a ese cargo sin un partido político) y en ese breve lapso ha confirmado la razón de ser de su apodo y del movimiento de masas que lo llevó al poder. Se ha nombrado a sí mismo “el diablo” que se les apareció a los corruptos de su estado; exhibió públicamente a su antecesor Rodrigo Medina al denunciar, en plena toma de protesta, que le entregó “la casa sucia, sin columnas y con el techo destruido”, y denunció en su primer día como gobernador una deuda de 100 mil millones de pesos que le dejaron en la administración estatal.

Viendo a este hombre que cabalga a caballo seguido de multitudes, que se desayuna en domingo 5 tacos de barbacoa con su “salsa matona”, que invoca a Dios en su primer acto público en la Arena Monterrey y se considera el iniciador de la “segunda Independencia de México” —según una placa que mandó instalar en su ejido Pablillo— el déjà vu es inevitable: se parece mucho al Vicente Fox de las botas vaqueras y sombrero texano que en el 2000 asumía la Presidencia prometiendo un “cambio para México” en el que acabaría con las “tepocatas, víboras prietas y alimañas” que sangraron a este país por tantas décadas.

Sólo que El Bronco es de origen priísta, lo que hace que algunos ya lo llamen burlonamente en los corrillos políticos “el Fox del PRI”. Porque como Fox, en su momento, este hombre logró una hazaña histórica: romper el paradigma de la representación política que en este país estaba monopolizado por los partidos y lograr demostrar, con su aplastante triunfo, que México no necesita de la partidocracia, ni de sus aliados de las televisoras para gobernarse y decidir libremente quién quiere que lo gobierne.

Ese es el gran mérito de Jaime Rodríguez y eso lo convirtió en el fenómeno político del momento no sólo en Nuevo León, sino en buena parte del país a donde el primer gobernador independiente es invitado como estrella rutilante de la política. Donde se para atrae reflectores, miradas, comentarios, mientras él aprovecha cualquier foro o auditorio a donde le inviten para irradiar su carisma, con su estilo abierto, franco, lejos de la solemnidad política, buscando ampliar su radio de seducción más allá de los límites de su estado porque ahora El Bronco tiene una nueva misión que trasciende a Nuevo León: “despertar a México”.

Y ahí viene otra similitud con el otro ranchero carismático que conquistó primero a un estado y luego a todo un país: la euforia del éxito alcanzado empieza a sonar a cierta desmesura en la que Jaime Rodríguez y su alter ego del Bronco creen que haber llegado al poder es el objetivo, cuando es apenas una meta. “De qué sirve que estés vivo si no haces nada, hay que luchar para ser eterno. Yo ya soy eterno. No es soberbia. Hice lo que nadie hizo, dije lo que nadie dijo, hago lo que nadie hace, y mírame: comiendo tacos de barbacoa con aguacate”.

¿Creerá el señor Rodríguez que es suficiente con haber derrotado al sistema de partidos en Nuevo León y haber sido la opción que poderosos empresarios de Monterrey utilizaron para castigar al PRI, a Peña Nieto y a Medina y demostrarles que no los necesitan para gobernar su estado? ¿Pensará El Bronco que esa hazaña ya lo hizo “eterno” y con eso le alcanzará para repetir su éxito a nivel nacional y convertirse en “el primer presidente independiente de México”? Si eso piensa está en un grave error; el mismo que cometió Vicente Fox cuando creyó que haber sacado al PRI de Los Pinos era su mayor logro histórico y luego de eso se echó a la hamaca, se negó a desmantelar el viejo sistema al que había derrotado, hasta que terminó copado, desencantado del poder, achicado, y se entregó a la frivolidad y al oropel de la mano de su “pareja presidencial”, mientras millones de mexicanos que creyeron en él veían decepcionados esfumarse un “cambio” que nunca llegó.

¿Será lo mismo que le pase a este ex priísta que hoy abandera “la independencia ciudadana” o será más inteligente —menos necio y abúlico— para no acabar devorado por su lengua y por su personaje? Porque El Bronco fue sin duda un gran candidato en campaña, de los mejores que se recuerden en la historia democrática del país; pero ahora, como gobernante, el que está a prueba es Jaime Rodríguez. Y si no demuestra más que tacos de lengua y discursos llenos de frases pegadoras no habrá “segunda Independencia de México” en 2018; ni mucho menos eternidad.

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