Solo los estadounidenses que, engañados, votaron por Trump, pueden acabar con la amenaza neofascista que su llegada al poder nos ha traído a todos, ellos incluidos. Ningún esfuerzo nuestro como país, ni de la comunidad internacional, será suficiente para conjurar ese peligro, si no pasa por el desengaño de esos millones de vecinos que ven en su locuaz presidente la solución a sus problemas, desesperados y enojados como están por el derrumbe de su calidad de vida.

De ahí que sea audaz y acaso temeraria, pero absolutamente viable, la proposición hecha por López Obrador de organizar en el vecino país, un movimiento territorial, con los indocumentados mexicanos y sus sólidas organizaciones por delante, que informe y convenza a esos estadounidenses enojados que los migrantes no son el enemigo a vencer ni la causa de sus males.

“Aquí mismo hay que hacer frente a la campaña de odio”, propuso el líder de Morena en el mitin que encabezó la tarde del domingo en Los Ángeles y que, por alguna razón, casi no ha tenido eco mediático en nuestro país.

¿Es esa propuesta violatoria de nuestros principios constitucionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos, últimamente tan despreciados? No, en este caso, porque tendría como piedra angular a quienes, siendo migrantes, han construido allá vida y familias, trabajado y pagado impuestos, creado organizaciones para defenderse y quedarse allá, punto medular éste último que parecemos no entender en el país que los expulsó por falta de oportunidades.

Y eso es precisamente lo que los convierte en la punta de lanza del propuesto esfuerzo organizado para desenmascarar, ante quienes cotidianamente conviven con ellos y por años los han discriminado, la mentira que los culpa de todos los males y que está inspirada en una teoría política del siglo pasado, que solo trajo guerra y destrucción: la de la defensa del “espacio vital” frente a supuestos enemigos externos, exaltada por la propaganda de la supremacía racial y el patriotismo dogmático.

El diagnóstico de esa realidad contenido en el discurso de AMLO es este: en la actual campaña de odio contra los migrantes mexicanos no hay un resorte económico de consideración, sino un interés político específico.

Al explicarlo hace comparaciones históricas: entre los estadounidenses que votaron por Trump hay desempleo y malestar, como los había en la Alemania anterior a Hitler. El nazismo culpó entonces a los judíos, como ahora Trump culpa a los mexicanos. Entonces, al igual que hoy, el discurso pendenciero, patriotero y supremacista es parte de “una calculada y fría estrategia política”: tomar el poder, mantenerse en él lo más posible y sacudir el estatus quo con el único fin de defender a las élites de siempre de la amenaza del hartazgo popular.

Atizar el odio contra grupos culturales o razas, en este caso los mexicanos, le sirvió a Trump para ganar las elecciones. Hoy está obligado, si quiere mantenerse en el poder, a cumplir lo que prometió a sus electores. No hay vuelta de hoja: el resorte que lo empuja tiene una obvia connotación política.

La respuesta, entonces, debe ser política. Y qué mejor que generarla en el mismo lugar donde se siembra la cizaña, pero con organización y una estrategia clara: convencer a los estadounidenses de que sus problemas son consecuencia de su propio modelo económico, de una recesión de la que no han salido desde 2008 y de su cada vez más aguda desigualdad social.

¿Qué decirles, entonces? Que lejos de robarles trabajos, los migrantes han potenciado su fuerza económica; que la recesión es la que les ha quitado empleo, sobre todo en la industria; que sus plantas, instaladas en México para abatir costos de producción, no les devolverán el trabajo cuando regresen a sus lugares de origen porque la automatización ha eliminado el uso de mano de obra intensiva; que es falso que el libre comercio solo haya beneficiado a México, porque nuestras exportaciones contienen un alto porcentaje de capital, tecnología e insumos estadounidenses; que el modelo exportador del que tanto alarde hacen nuestros gobiernos neoliberales, ciertamente ha aumentado nuestras ventas a EU, pero en igual medida nuestras importaciones; y que si el TLCAN tuviera el éxito que se pretende atribuirle, nuestra economía no seguiría estancada ni habría los actuales niveles de migración.

En suma, hay que explicarles que sus problemas son consecuencia de una política económica que favorece a potentados que no pagan los elevados impuestos que los de abajo sí pagan y que el fomento de una economía para las élites no significa ni desarrollo ni más empleo.

El plan ya fue propuesto y trabaja en él una comisión encabezada por el embajador Héctor Vasconcelos. Incluye la presentación ante la ONU de una demanda por violación de derechos humanos que hará Morena en los próximos días si el gobierno no lo hace, y la asesoría legal a los migrantes mexicanos, tarea que no debe descartar lo que ya hacen los 50 consulados de nuestro país. El objetivo: saturar las cortes. Hoy están en curso más de 500 mil demandas.

Ya veo venir, otra vez, el calificativo de “pejeperiodista”, pero la verdad no se ve hasta ahora un plan mejor articulado. Háganlo saber si ustedes lo conocen.

rrodriguezangular@hotmail.com

@RaulRodriguezC

raulrodriguezcortes.com.mx

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