El contrato de Trump

Raúl Rodríguez Cortés

¡Serenos morenos!, ni estamos a un paso del apocalipsis, ni los gringos nos van a invadir o exterminar. Cierto que Trump, por lo que ha dejado ver de su personalidad e ideas, es una amenaza real para el orden mundial, y México, a no dudarlo, está entre los principales afectados de su próxima llegada a la Casa Blanca.

No nos tocó a nosotros decidirlo ni teníamos cómo evitarlo, pero la realidad hoy nos obliga a lidiar con los efectos económicos y sociales adversos que nos traerá su triunfo electoral. Pero la lidia de ese toro locuaz y enfurecido, empieza por dejar de subestimarlo, como lo hicieron no pocos gobiernos, la mitad de los estadounidenses y, por supuesto, su adversaria Hillary Clinton.

Menosprecio ese que está entre las principales razones que facilitaron su llegada a la cima del poder estadounidense, pues impidió ver que detrás de ese narcisista locuaz, fanático ultraconservador, racista y misógino hay un fenómeno político y sociocultural capaz de liderar, en la sede misma del capitalismo salvaje y global, proyectos nacionalistas, proteccionistas, aislacionistas y antinmigrantes.

Esos sentimientos están en las profundidades del alma estadounidense, sobre todo del blanco, protestante y poco educado, que salió a votar por Trump: son nativistas, exclusivistas y defensores a ultranza de su supremacía moral y racial. Esos son los mismos sentimientos con que llegaron los colonos calvinistas fundadores de Estados Unidos, y que hoy catalizan el enojo de los desempleados y los desplazados por el libre comercio y la globalización.

Trump supo cómo revivir y atizar con su violenta retórica de odio y miedo aquellos sentimientos originarios y éstas acuciantes realidades de su actualidad. Sólo eso explica que haya podido derrotar, primero, a 16 pesos pesados del Partido Republicano que, al igual que él, aspiraban a la candidatura presidencial; a Barack Obama y a la candidata demócrata Hillary Clinton; a la dinastía política de la que ella forma parte, y a otra de las más poderosas de estos tiempos, la de los Bush; pero también al poder financiero de Wall Street y, por si eso fuera poco, al cuarto poder: las grandes cadenas de televisión y periódicos como The Washington Post y el New York Times que siempre estuvieron en su contra.

Y es que no sólo se trata de la figura del excéntrico multimillonario Trump sino, le decía, de un fenómeno sociopolítico y cultural que él representa y encabeza. Fenómeno que no vieron o no quisieron ver ni los mercados, ni las fallidas encuestas, ni los medios de comunicación que descalificaron y minimizaron el discurso estridente del candidato republicano, que revelaron su incomprensión de nuevas realidades con su poco o nulo esfuerzo de reflexión y análisis.

Acaso eso explique la narrativa histérica de las crónicas televisivas que atestiguamos la noche de la elección, mal justificada en lo inesperado y confesada en un ánimo de shock con el que encubrieron su incomprensión de lo que ocurría, y suplieron la necesidad de plantear referentes de entendimiento mesurado, para evitar el horror y el miedo que contagiaron a quienes los veíamos, y que desnudaron su rabia porque lo que veían no era la verdad de la que se creen poseedores.

Claro que a México no le irá bien con las amenazas de Trump vertidas en el contrato con los estadounidenses que presentó en sus redes sociales, con medidas específicas para sus primeros cien días de gobierno: deportación y criminalización de miles de migrantes mexicanos y renegociación del TLC, tratado sobre el que se sostiene nuestra economía, cada vez más integrada a la estadounidense por decisión de gobiernos priístas y panistas que decidieron poner casi todos los huevos en esa misma canasta.

Y el efecto más inmediato ha sido la severa depreciación del peso (20.80 por dólar en la cotización de ayer), preludio de más inflación, que no sólo es consecuencia del efecto Trump, pues la caída ya se veía venir desde antes del inicio del proceso electoral estadounidense.

Faltan por analizar los efectos inevitables que esas medidas traerán a la economía estadounidense, saber con qué personas formará gobierno y si se dejará aconsejar por ellas, y conocer cuál será su política exterior en la que, por lo pronto, el primer ganador es Rusia (que habría triangulado recursos a la campaña de Trump y filtrado información sensible contraria a Hillary Clinton, vía el ex analista de la Agencia de Seguridad Nacional, Edward Snowden, hoy refugiado en Moscú); y el primer perdedor es China, peligrosamente confrontada como queda a una difícilmente previsible alianza ruso-estadounidense.

Y al final, si todo eso se traduce en una locura que ponga en riesgo la seguridad e intereses de las élites estadounidenses, pues ya se ocuparán de eliminar a su locuaz presidente, pues por menos de eso asesinaron a Kennedy e intentaron matar a Reagan.

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