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Objetos perdidos

01/12/2016
18:21
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He perdido cosas. Un suéter azul precioso en la prepa, el Margalef de ecología que era de la biblioteca de la UAM y que tuve que reponer haciendo peripecias y gastos para conseguirlo desde España, en épocas pre Amazon. Perdí un coche que más bien me robaron afuera del colegio Madrid cuando inscribía a mi hija a plena luz del día. He extraviado varios aretes y conservo sus pares solitarios, como una vaga esperanza de que encontrarán a su media naranja o tal vez que entre los otros solitarios se arme una nueva parejita. Hemingway perdió su manuscrito con las notas para lo que años después —al final de su vida— reescribió hurgando en la memoria y su invención: A moveable feast (París era una fiesta). De las pérdidas de objetos concretos esa quizás es la más desasosegadora para un escritor: que se borre el archivo, que se pierda el disco duro. 
 
Una vez perdí una maleta. Yo no, la línea aérea, aunque la pérdida no le afecta a ella sino a uno. Por más reembolso para comprar algunos enseres que permitan seguir el viaje, hay que pasar días y días esperando que llegue ese pedazo de una. Al principio se tiene muy claro lo que contiene: qué zapatos, blusas, accesorios se metieron en su interior para el viaje. Cuando han pasado meses y no hay esperanza alguna uno empieza a inventar su contenido, o a echarlo en falta cuando se vuelve a hacer el equipaje para ir al mar. ¿Dónde van a parar esas maletas? ¿Quién usa la cadena con el dije rojo? ¿A quién le quedó mi traje de baño? ¿Y la mascada que mi hija me prestó? El rastreo de los objetos que eran paisaje personal, el cascarón del cuerpo, me inquieta. En el aeropuerto me dijeron que había un lugar donde se acumulaban esas maletas sin dueño… aunque bien sabemos que todas tienen dueño. Imaginé un cementerio de viajes mutilados. Una ciudad fósil, enunciada por sus rastros cuidadosamente doblados o arbitrariamente aventados en los pequeños cofres personales: una especie de huella digital al garete. Se podría hacer una reconstrucción de época, visitando esos lugares, si es que existen. Las ventanillas a donde uno acude para reclamar lo que ha perdido tienen un nombre más esperanzador en inglés: Lost and found. Perdido y encontrado.  ¿Será un síntoma de nuestra fatalidad?  
 
 Recientemente perdí algo precioso para mí. Como no procede pegar letreros en los postes para apelar a la solidaridad de los demás, lo comparto aquí. Revelo con ello una manía muy mía, un ritual personal. Cuando llega a casa el paquete con el nuevo libro recién publicado, o cuando me lo entrega el editor en mano, consigno en la primera página, de puño y letra mía, la fecha, mi estado de ánimo, algún apunte que refiera al significado de ese libro para mí. Total que a nadie le interesan esas líneas más que a mí. Como un librero que ha hecho la catalogación pertinente, lo coloco en el estante. Ya no es cualquier ejemplar, es el único que es mío, y es un acto celebratorio íntimo. El otro día saqué de casa el reciente Mexicontemporáneo (con 19 entrevistas hechas a lo largo de dos años) para que me acompañara a una entrevista. No me fijé que era el que aún, malamente, no colocaba en el estante. Estuve en la librería Gandhi, varias entrevistas y un día largo, así que cuando regresé a casa me di cuenta que ya no lo llevaba conmigo. ¡Un libro perdido en una librería!  Una imagen parecida a la ciudad de maletas sin dueño me alertó.  Y desde luego la librería no lo tiene entre los objetos perdidos. ¿Alguien lo tendrá en sus manos, participando de una caligrafía que no tiene sentido más que para mí? Se lo cambio por uno sin rayar.
 
Mónica Lavín (DF, 1955) es autora de novelas, cuentos y crónicas. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, Narrativa de Colima por Café cortado y Premio Iberoamericano de Novela Elena...
 

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