Hace un par de años, en un congreso en Washington D.C., conocí a David Rubenstein, cofundador del enorme grupo financiero The Carlyle Group. Rubenstein tiene un gran instinto empresarial y una memoria prodigiosa. En la reunión en la que coincidimos, habló con una claridad inusitada: cada una de sus respuestas podrían haber sido transcritas y publicadas sin un solo cambio. A lo largo de poco más de una hora le escuché responder, con elocuencia, preguntas sobre temas tan diversos como la amenaza terrorista, el futuro político de Estados Unidos y la paternidad. A esto último dedicó un buen rato.

Reconoció, me acuerdo, cuánto se arrepentía de no haber estado más tiempo con sus hijos, a los que piensa dejarles sólo una fracción de su fortuna. Pero lo que realmente animó a este hombre, con un valor superior a los 3 mil millones de dólares, fue hacer la crónica del día en que compró, en una subasta de Sotheby’s, una de las pocas copias existentes de la Carta Magna. Ocurrió en el 2007 y el gesto le costó casi 22 millones de dólares. Después de ganar la subasta, Rubenstein la cedió de inmediato a préstamo a los Archivos Nacionales en Washington. Rubenstein lo llama “filantropía patriótica”. Se trata, dice, de “ayudarle a tu país a hacer cosas que tu país no tiene dinero para hacer”.

Aquel fue sólo el primer capítulo de la misión filantrópica de Rubenstein. En los años siguientes donó decenas de millones de dólares para la restauración de distintos monumentos nacionales. También ha comprado otros documentos fundamentales, que ha prestado “para que la gente los pueda ver”. En el mismo espíritu ha donado un dineral para las artes, la ciencia y hasta el zoológico (aparentemente le interesa la reproducción del oso panda en cautiverio: firmó un cheque por 4 y medio millones de dólares).

Me acordé de todo esto cuando leí, hace unos días, que Rubenstein había hecho de las suyas otra vez: contribuyó 18 millones de dólares para restaurar el famoso Lincoln Memorial en Washington D.C. Aunque las cifras varían, se calcula que hasta ahora ha donado al menos 200 millones de dólares para causas relacionadas estrictamente con su “filantropía patriótica”.

La historia de Rubenstein importa no sólo como lección financiera, sino también como ejemplo de imaginación filantrópica: aprovechar la fortuna personal de manera práctica y tangible para ayudar al país a “hacer cosas que no puede hacer” por sí mismo. Es imposible cuantificar cuánto bien le ha hecho Rubenstein a Estados Unidos garantizando la exhibición pública y gratuita de la Carta Magna o  ayudando a mantener en perfecto estado la lista de hermosos monumentos nacionales en la capital estadounidense. Pero la clave es esa, precisamente: la intención de Rubenstein no es que el efecto de sus contribuciones sea medible. Tiene, digamos, una misión trascendental: el fortalecimiento de la identidad nacional estadounidense.

Confieso que me da envidia Estados Unidos por contar con gente como Rubenstein.  Con algunas notables pero contadas excepciones, en México no hay muchos hombres de empresa que practiquen, con imaginación y compromiso, la filantropía patriótica.  ¿Qué lugar ocupa México —su historia, su cultura, su legado histórico, arqueológico, arquitectónico, natural— en las preocupaciones de nuestro empresariado? Más allá de la creación de riqueza y de empleo (que no es, sobra decirlo, un factor desdeñable), ¿dónde está la conciencia de todo aquello que los hombres de las grandes fortunas y las grandes empresas pueden hacer, en la práctica, para fortalecer la identidad, la autoestima y el orgullo del mexicano? ¿Dónde está el David Rubenstein mexicano, rescatando para las generaciones futuras nuestros tesoros? ¿Quién se atreve a poner un peso (o muchos) para ayudar “al país a hacer lo que no puede”?

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