El fiscal tóxico

Héctor De Mauleón

A finales de 2015, el fiscal general de Nayarit, Édgar Veytia, envió el mensaje de que aspiraba a alcanzar la gubernatura del estado. Una profusa campaña en medios locales señaló que el funcionario tenía “estatura para ser gobernador”.

De acuerdo con los medios involucrados en la campaña, “para miles de nayaritas” Veytia había “demostrado que se puede erradicar a la delincuencia, atraer inversiones, turismo y generar empleo”.

“Lo quiere el pueblo”, se leía en un diario.

La sociedad agradecía al fiscal “que haya terminado con aquellas cruentas balaceras”.

“No se le puede negar el derecho —escribió un columnista—, tiene a Nayarit en una calma y una tranquilidad que se había perdido hace algunos años”.

Édgar Veytia fue nombrado secretario de Seguridad Pública, Tránsito y Vialidad del municipio de Tepic en agosto de 2009. El alcalde era el actual mandatario estatal Roberto Sandoval Castañeda.

Sandoval dijo entonces que quería en su gabinete “gente que esté comprometida con la gente de Tepic”.

Cuando Sandoval llegó a la gubernatura se llevó consigo a su ex secretario de Seguridad Pública. Lo nombró subprocurador.

En diciembre de 2011, Veytia fue víctima de un ataque a tiros. Su auto fue interceptado por un comando. Tras una balacera que duró 20 minutos, los agresores huyeron. En los ve-
hículos que abandonaron, la policía encontró rastros de sangre.

Veytia, apodado El Diablo, se jactó varias veces de haber matado él mismo a los delincuentes que lo agredieron.

Los motivos del atentado no quedaron del todo claros pero la “leyenda” del funcionario con la mano de hierro comenzó a extenderse.

Desde entonces, Veytia solía asistir a reuniones oficiales y posar para las fotos con una poderosa escuadra encajada en el cinto.

Las notas que dieron cuenta del atentado lo definieron como “uno de los funcionarios de mayor confianza del gobernador”. Los hechos probaron que así era.

En 2013, El Diablo fue propuesto por Sandoval como fiscal general de Nayarit. La propuesta fue aprobada por el Congreso por unanimidad. Su gestión duraría siete años.

El funcionario tuvo poderes omnímodos desde entonces. Solo el Congreso podía pedirle cuentas. Desde ese año comenzaron también los señalamientos sobre supuestos nexos con el narcotráfico, que Veytia desestimaba con una sonrisa: decía que “las cosas que se dicen de mí tienen que ver solo con política” y exhibía estadísticas que demostraban que, desde su llegada al cargo, la incidencia delictiva se había desplomado en el estado a niveles superiores al 50%.

“Me quieren convertir en el malo de la historia por aplicar la mano dura”, decía.

Los medios que lo acompañaban en su campaña aseguraban que era el único funcionario “que ha dado el ancho”.

Como fiscal, Veytia asistió a incontables conferencias con otros procuradores. Comenzó a tener acceso a información sensible sobre las actividades del narcotráfico a nivel nacional, y a recibir reportes regionales, así como de intercambio internacional.

Todo el poder que un fiscal general puede tener estuvo en manos de Veytia a lo largo de cuatro años. En esos años el Cártel Jalisco Nueva Generación impuso su presencia en el estado y desató una guerra a muerte contra el Cártel de los Beltrán Leyva y el Cártel de Sinaloa. En esos años, el Cártel Jalisco barrió a sus enemigos y conquistó la mitad de Nayarit.

A resultas de la guerra entre estos cárteles, Guerrero, Michoacán, Colima y Sinaloa se pusieron en llamas en términos de violencia. En el gobierno federal, a nadie le llamó la atención la aparente calma que, en medio de esa guerra, se vivía en Nayarit. Ahí estaban las cifras del fiscal Veytia que probaban que el estado era un edén. Veytia aspiraba incluso a convertirse en gobernador.

De pronto fue detenido en San Diego, acusado por el gobierno de Estados Unidos de operar en beneficio del CJNG. La información que tenían los estadounidenses no la compartieron con autoridades mexicanas: la captura de El Diablo tomó a todos por sorpresa.

Veytia no puede ser el único funcionario corrupto en el estado. No pudo convertir Nayarit en bodega y narcolaboratorio del Cártel Jalisco sin que nadie más lo supiera.

Hoy es un personaje tóxico. Su cercanía puede hundir a quienes lo rodearon. Se sabe de su amistad con Jaime Rodríguez El Bronco, gobernador de Nuevo León. Se dice que le ayudó a diseñar su estrategia de seguridad; que le recomendó, incluso, a varios jefes policiacos. El Bronco asegura que solo son amigos, y no hay por qué dudarlo: en política, las amistades desinteresadas son de lo más común.

Lo cierto es que el caso requiere explicaciones. Montañas de explicaciones.

 

@hdemauleon

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