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La democracia contra el liberalismo

Christopher Domínguez Michael

El populismo antiliberal ya tiene hasta a sus teóricos y sólo falta saber cómo lo ejercerá Trump en EU, si estamos ante una pavorosa payasada o ante algo peor, la desnaturalización del mundo liberal

La victoria de Trump era una posibilidad que el hoy día herido (y acaso de muerte) consenso liberal que va del centro izquierda al centro derecha, desechó con arrogancia. “Es moralmente imposible” su victoria, dijo Benito Juárez contra los imperialistas. Pese a las evidencias en contra, todos los medios reales y virtuales, montaron la noche del martes 8 de noviembre creyendo ciegamente en las encuestas, cuando éstas deberían haber sido jubiladas desde hace rato como un trebejo ya inútil. Me apena darle la razón una vez más a Michael Moore, recordando su predicción de que los trumpianos saldrían a ganar simplemente porque podían y querían hacerlo, mediante un acto volutivo quizá suicida pero democrático. El detestado césar de “las personas deplorables”, Hillary dixit, salió al coliseo y ellos lo ungieron, poniendo en grave riesgo a la democracia más grande, más vieja y más poderosa.

Yo nunca deseché de mi novela mental la victoria de Trump no porque sea pitoniso sino porque entre las posibilidades a proyectar, siempre elijo la peor para que la realidad me acaricie desmintiéndome. Ésta vez la realidad y la pesadilla, como les ocurre a tantos, se hicieron una sola. Pero pasé por Bogotá e hice mi microencuesta entre la gente de a pie y ninguno de ellos me confió que votaría sí a esa amnistía edulcorada, como lo daban por hecho moral mis amigos escritores en los restoranes. Semanas después fui a Nueva York a despedirme de la ciudad demócrata donde nació mi madre y de diez personas interrogadas sólo cuatro me dijeron por quién votarían y otras seis se dijeron aún indecisas. Todo ello mientras en Washington se festejaba la paliza que sufriría la grotesca botarga.

A las élites liberales nos fallaron los griegos (los ingleses con el Brexit) y nos fallaron los romanos (los norteamericanos con Trump). Hay quienes lo festejan, como el filósofo Zizek, quien estará aliviado al ver agudizarse, leninista de corazón, las contradicciones del orden neoliberal, costuras que la diabólica Hillary ocultaría, retrasando ese deseado y apocalíptico acontecimiento, que ya se produjo.

El antiliberalismo de masas votantes azuzadas por mentirosos, payasos y demagogos, llegó a la Casa Blanca. El problema es gravísimo: la democracia como expresión electoral de la soberanía popular, ejerció su derecho de voto y vetó un liberalismo avanzado como el de Obama, cebándose contra una candidata víctima de una venganza esencialmente misógina pues los pecados de la señora Clinton son veniales junto a los de otros políticos varones en ejercicio. Ni la Guerra de Secesión ni la batalla por los derechos civiles han terminado, se dice por allá. 2016 sólo es la revancha de 2008 cuando un negro sofisticadamente educado en las artes de la política llegó al poder colmando de júbilo al consenso liberal. Ellos, los otros, decidieron no tolerar una segunda afrenta, de iguales proporciones, la de tener en la presidencia a una mujer hábil, astuta y cultivada.

A ellos, a los otros, sólo podemos seguirlos llamando deplorables si aceptamos su derecho a deplorarnos con todos nuestros ideales culturales, desde la igualdad de género hasta el matrimonio gay, pasando por la buena fe ante los inmigrantes o la defensa de la salud pública y lo que queda del Estado del Bienestar. Inflar el ego de las minorías universitarias, convertirlas en paradigmas de la corrección política o en menores de edad incapaces de oír hasta una opinión adversa a sus ideales, acabó por enardecer a la mayoría silenciosa.

¿Qué hacer cuando la democracia representativa atenta contra su supuesta esencia liberal? Quienes responden al estilo de Lenin, quien tomó la interrogación del populista Chernichevski, nos ofrecen las democracias autoritarias no liberales o autoritarias, donde el voto, al estilo porfiriano y priista, sirve no para elegir gobernantes sino para medir el ánimo de los ciudadanos mutilados ante sus tiranos eternizándose. El populismo antiliberal ya tiene hasta a sus teóricos y sólo falta saber cómo lo ejercerá Trump en los Estados Unidos, si estamos ante una pavorosa payasada o ante algo peor, la desnaturalización del mundo liberal que tras 1945 construyó, con todas sus miserias e inequidades, las sociedades más libres y prósperas de la historia mundial. ¿Se podrá seguir siendo demócrata al mismo tiempo que liberal?

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