Dámaso, el geek y un camión repartidor

Alejandro Hope

Y el sueño de ser mafioso de cepa, narco con credencial, acabó así. Con un regreso al origen, a prisión, como reo y no como carcelero

Todo acabó como no acaban estas cosas, en un edificio de clase media en una colonia de clase media, en plena Ciudad de México. Allí cayó Dámaso López, mejor conocido como El Licenciado, el hombre que hizo posible la primera fuga de prisión de Joaquín El Chapo Guzmán en 2001 y, muy probablemente, financió la segunda en 2015.

Dámaso tuvo una carrera improbable en el submundo criminal. Abogado, no se conformó con ser funcionario corrupto en la nómina de los cárteles. No, él quiso ser mafioso de cepa, narco con credencial. Y lo logró: aprendió y ascendió y acumuló poder suficiente para retar a los hijos del Chapo.

Pero eso acabó siendo su perdición. Según me dicen algunas fuentes federales, su obsesión con los Chapitos y sus ganas de quedarse con el imperio de su antiguo protector y aliado lo pusieron en contacto con un geniecillo de las computadoras. El individuo tenía dotes para el teclado y Dámaso le encomendó una tarea inusual: montar una campaña en redes sociales y blogs contra Iván Archivaldo y Alfredo Guzmán. Y, según parece, logró abollar la reputación virtual de los cachorros del Chapo.

El geek, sin embargo, salió ambicioso y buscó a las autoridades para hacerse de una recompensa. Tras algo de peregrinar entre oficinas burocráticas de México y Estados Unidos, acabó volviéndose informante.

Y, en plan de informante, le dijo a sus manejadores de una dependencia mexicana que sus jefes querían verlo un día de julio de 2016. Lo habían citado hacia la hora de la comida en una esquina de la colonia Tabacalera, cerca del Monumento a la Revolución. Por allí pasó un coche austero a recogerlo, con el mismísimo Dámaso de pasajero.

El Licenciado nunca se dio cuenta de que su administrador de redes andaba en plan espía, filmando todo, tanto en el coche como en la marisquería donde acabaron comiendo. Así, por primera vez en casi veinte años, el gobierno de México tuvo una imagen de Dámaso López.

A la par del video, el programador entregó una pista que parecía valiosísima: lo habían recogido en un Atos blanco. Era por tanto cuestión de revisar las cámaras de seguridad de la Ciudad de México para dar con el auto y con la placa y con el dueño. Pero resulta que ningún Atos blanco aparecía en ninguna cámara relevante a la hora indicada.

Desesperados, los investigadores revisaron a detalle la grabación que el informante había hecho en el coche y se acabaron percatando de un detalle: en el carril vecino, circulaba un camión repartidor de una tienda departamental. Con esa referencia en mano, regresaron a la videoteca capitalina y descubrieron que el Atos blanco era realmente un Swift gris. Eso llevó a la placa y al dueño, el cual resultó ser el chofer de la familia de Dámaso.

Y con el conductor en la mira, se pudo ubicar el domicilio de la familia del Licenciado, un departamento en un edificio de lujo de Santa Fe. Entonces, el asunto se volvió esperar y esperar, hasta que alguien se moviese, hasta que Dámaso fuese a ver a sus seres queridos o alguien lo buscase por alguna vía.

Pero no sucedía y no sucedía. Nadie se movía y nada pasaba. Hasta que el 24 de abril, alguien le hizo llegar a Carlos Loret uno de los videos que el geek había tomado del Licenciado. Y se difundió urbi et orbi y la mujer de Dámaso entró en pánico y se movió y llamó y se fue al refugio de la colonia Anzures donde la esperaba su marido.

El resultado fue lo de ayer: una detención sin tiros por parte de miembros del Ejército.

Y el sueño de ser mafioso de cepa, narco con credencial acabó así. Con un regreso al origen, a prisión, como reo y no como carcelero. Y, tal vez, como informante, ya que lo manden a Estados Unidos.

Las vueltas que da la vida.

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