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Piñatas: los símbolos multicolores del país

Las piñatas tuvieron su origen en China, con el tiempo se arraigaron convirtiéndose en uno de los representantes de la cultura mexicana. Aquí la historia de una familia de artesanos
17/12/2016
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez
Fotografía actual: Gerardo Gómez
Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Uno de los elementos esenciales de las posadas son las piñatas, aquellas ollas de cartón o de barro que toman vida colgadas a metros del suelo al ritmo del "dale dale dale", guardan en su interior una variedad de artículos que hacen felices a aquellos que la rodean en espera de que se rompa, como dulces, juguetes o frutas de temporada.

Han logrado sobrevivir al paso del tiempo, incluso fuera de la época navideña, tomando forma de los personajes más populares o repudiados de diferentes épocas, pero sin dejar de lado las tradicionales de siete "picos", que existen desde el siglo XVI.

El origen

Se remonta a la cultura china y fue el explorador Marco Polo quien las llevó a Europa. Con la evangelización llegaron a América. En 1586 fray Diego de Soria obtuvo la autorización papal para realizar las misas de aguinaldo, mejor conocidas como "posadas", ocho días previos a Navidad con la intención de acercar a nativos a la religión católica, en el Convento de San Agustín en Acolman, Estado de México.

Marisol Tarriba explica en su artículo "Las posadas en 1894 y 1895: Una tradición religio-terpsicorea" que el objetivo de estas fiestas era preparar, simbólicamente, a la población para el nacimiento de Cristo. "Durante la Colonia dichas misas adquirieron rasgos distintivos y únicos, hasta volverse un fenómeno propiamente novohispano, que sobrevivió́ a la Independencia y llegó  al siglo XIX totalmente arraigado en la tradición de los mexicanos", menciona.

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Vendedores de árboles de Navidad, musgo y heno a inicios del siglo XX, cerca de la Alameda Central y actual Avenida Hidalgo.

Entre los elementos distintivos de las posadas estaba el rezar rosarios, decir la letanía durante la procesión, cargar a los "peregrinos", pedir posada y romper la piñata, un curioso objeto que llamaba la atención por sus colores y por su contenido (frutas, principalmente).

Como herramienta evangelizadora, a la piñata se le atribuyó un sentido religioso relacionado con los Pecados Capitales. Al golpearla con un palo de madera, equivalente a la "virtud", la persona podría verse absuelta de sus pecados en caso  de llegar a romperla.

Debido a su gran popularidad, las posadas pasaron de realizarse adentro de las iglesias a la calle, adquiriendo así un carácter más festivo y menos solemne. Por lo tanto, en 1894 el Arzobispado de México exhortó a los habitantes a practicarlas únicamente dentro de las iglesias o conventos, calificando a las extramuros como celebraciones herejes. Sin embargo, las posadas se siguieron realizando, consolidándose como una fiesta patronal mexicana.

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Monumento al fraile Diego de Soria y a la piñata en Acolman, Estado de México. Crédito: Turismo del Ayuntamiento de Acolman.

Ícono de la cultura mexicana

En los siglos XIX y XX, todas las clases sociales de la ciudad iban de compras navideñas a los puestos ubicados en los alrededores de la Iglesia de San Hipólito o de la Alameda Central. Para ese entonces las piñatas ya no sólo tenían forma de estrella como era costumbre.

La posada, celebración que promovía la reunión familiar o convivencia vecinal, pasó a ser una fiesta común para algunos jóvenes de hoy.

Lo cierto es que la piñata es uno de los símbolos con el que todo el mundo ubica a nuestro país por su gran colorido e historia que hay detrás de ellas.

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José Corral Rigán decía en 1924 en EL UNIVERSAL ILUSTRADO: “Como todos los que fallecen gustan de dejarnos recuerdos, las “posadas” dejan los suyos. Algo de ellas queda, inmortal como un diálogo platónico, o como un “corrido” de Venegas Arroyo. Algo en que los artífices del pueblo han puesto un hondo sentido de belleza y de armonía, cuando hacen una obra casi perfecta... las piñatas. Son una obra de arte, completa y justa". Corral Rigán afirmaba, desde entonces, que las posadas estaban muriendo y que era tiempo de “sepulturarlas envueltas en esencias yanquis”. Aún así, decía que se negaban a morir y que cada año se transformaban cuando se creían muertas. Y es cierto, hoy en día se niegan a morir.

Familia de artesanos

A través de las manos de Edgar Valdez, el cartón, papel reciclado, el confeti, diurex, silicón y los papeles "china" y metálicos, se convierten en joyas navideñas. Su esposa es parte de la familia Flores Alcaráz, hacen piñatas desde hace más de 40 años.

Edgar aprendió el arte de elaborar piñatas de casi 2 metros de largo y 10 kilos de peso. Él, sus hijas, esposa, sobrinos y demás familiares, se dedican a realizar piñatas de 7 y 9 picos, para venderlas en el Mercado de Jamaica del 23 de noviembre al 23 de diciembre. A partir de esa fecha, la entrada de tres casas contiguas se convierten en talleres piñateros y  bodegas de papeles multicolor.

Los miembros del taller tardan varias horas en elaborar una sola piñata tradicional, por ende la suma del trabajo artesanal y de los costos de los materiales hacen que cada una tenga un precio de al menos 600 pesos.

El proceso de elaboración de piñatas empieza a las cinco de la tarde, hora en la que preparan el engrudo con el que remojarán el papel-periódico y después cubrirán a la “olla”, globo piñatero inflado que es llamado de esa manera en alusión al antiguo uso de una olla de barro como cuerpo y contendor.

De acuerdo con Edgar ese paso es el más pesado del proceso, tienen que ir pegando el papel capa por capa con largos periodos de secado porque la olla tiene que estar lo suficientemente dura para soportar el peso de los objetos o la fruta con la que rellenen. Una vez lista la última capa, adhieren los picos, que están hechos con cartulina gruesa y se dejan secar por toda la noche. 

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Posada tradicional un 16 diciembre de 1964. Jesús Fonseca/Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL.

A la mañana siguiente, Edgar se dedica a vestir a las piñatas con los papeles metálicos y de china que su esposa le ayudó a recortar. Empieza con lo más sencillo, forrar los picos con papel metálico rosa, azul, rojo, amarillo o plata, ajustándolos con diurex. Una vez listos, se adentra a la decoración más detallada, la del confeti y el papel china. “Es difícil al principio, cuando vas aprendiendo a poner y a manejarlo, porque como se rompe muy fácil toma tiempo el que te salga la decoración que esconde la unión de la olla y el pico”, platicó Edgar.

La decoración es la parte que más disfruta, porque le permite innovar y también relajarse, a pesar de que sea un trabajo muy meticuloso. Tras adornar la olla y los picos, se dispone a colocar los flecos que vuelan en la punta de los picos, mismos que le darán vistosidad.

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Toma comparativa de dos piñateros, el primero salió en las páginas de EL UNIVERSAL ILUSTRADO en 1924 y del lado derecho se encuentra Edgar Valdez.

Todos los miembros de la familia elaboran entre 9 y 10 piñatas al día. Alrededor de las cuatro de la tarde finalizan y se dirigen al Mercado de Jamaica. Todos cargan sobre su cabeza una piñata e inician el viaje de 10 minutos, dejando perplejos a vecinos y automovilistas del lugar porque a lo lejos parece que las piñatas van volando solas.

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Toma comparativa de dos familias vendedoras de piñatas transportándolas hacia su punto de venta. Los primeros son vendedores en 1910, en las inmediaciones de la Iglesia de San Hipólito y los segundos, la familia Flores Alcaráz en la colonia Pueblo de la Magdalena Mixihuca caminando hacia el Mercado de Jamaica, en la delegación Venustiano Carranza.

Fotografía antigua: Colección Villasana-Torres y Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL.
Fuentes: Edgar Valdez, de la familia de piñatas.... "Las posadas en 1894 y 1895 Una tradición religio-terpsicorea" Marisol Tarriba Martínez López, en el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM (septiembre - diciembre 2013).