Los niños de nuestro futuro

Sara Sefchovich

No tengo idea de quién era la reportera Anabel Flores, ni si, como aseguró en su momento la Procuraduría de Veracruz, fue asesinada por estar relacionada con la delincuencia organizada o si, como afirman sus parientes, no era así.

Tampoco sé si la alcaldesa de Temixco en Morelos, Gisela Mota, fue asesinada porque se negó a aceptar componendas con los narcos de su municipio, como aseguran sus seguidores, o si se vio enredada en pleitos de poder entre rivales, como dijeron algunas autoridades.

Ni sé si María Santos Gorrostieta Salazar, alcaldesa de Tiquicheo en Michoacán, fue asesinada porque tuvo líos con los grupos de traficantes de drogas, como afirmaron varios medios, o problemas con su esposo, como dijo una publicación.

No sé nada de esas mujeres, lo único que sé es que las asesinaron, como a tantos alcaldes en el país, como a tantas personas todos los días.

Pero con eso me basta para hacerme algunas preguntas. Por ejemplo, si es cierto lo que afirma el escritor Roberto Saviano, de que las mafias delincuenciales tienen códigos de honor, algo que ya había dicho también Mario Puzzo cuando retrató al Padrino, la duda entonces es si ¿serán solamente nuestros criminales los que no tienen?

Lo digo porque en los tres casos mencionados, no lo tuvieron. Con Anabel y Gisela se metieron a sus casas. A la primera se la llevaron, a la segunda la balacearon allí mismo. En el caso de María detuvieron su auto y la bajaron.

En casa de Anabel estaban sus dos niños pequeños, uno de 15 días de nacido, otro de cuatro años. En casa de Gisela también había niños pequeños, también uno recién nacido. En el auto de María iba su hija que presenció cuando se la llevaron y a la que dejaron allí nomás, solita en plena calle.

¿Cómo verán la vida esos niños que vivieron ese horror? ¿Se convertirán en luchadores en contra de la delincuencia (como afirma el hijo de Pablo Escobar que le sucedió a él)? ¿O repetirán lo que aprendieron (como nos dicen que pasa con los aprendizajes de los primeros años de la vida)? ¿Buscarán venganza como se ha visto a lo largo de la historia que sucede? ¿O perdonarán, como dicen las religiones y los manuales de superación personal que hay que hacer, para liberarse ellos mismos de esa carga?

No lo sé. Lo único que sé es lo que dicen sobre eso quienes han estado en situaciones parecidas. Por ejemplo, la novelista y ensayista italiana Dacia Maraini, quien vivió durante su infancia la experiencia del maltrato, el miedo y la cercanía con la muerte, decidió entonces que “un escritor debe dedicarse a escribir sobre el mal, no a hacer una exaltación del bien”. O la periodista argentina, radicada en México, Paula Mónaco Felipe, a cuya casa se metieron los militares, cuando tenía unos días de nacida, para llevarse a sus padres a los que jamás volvió a ver. Ella asegura que “tener un familiar desaparecido se vive todos los días, al momento de poner la mesa y darte cuenta que te falta uno”. Y agrega: “Es una tortura permanente… es vivir y no vivir, respirar o dormir por inercia.”

Pienso en esos niños, en su orfandad brutal. Y luego recuerdo lo que dijo en su discurso en la Basílica de Guadalupe, frente al papa Francisco, el cardenal Norberto Rivera: no hay que tenerle miedo a la muerte.

Esta idea que el prelado ha repetido desde hace años se sostiene para él en la idea de que “las raíces de los miedos y ansiedades casi siempre resulta que están ligados a la obsesión por la seguridad material y la manía de acumular riquezas”. De allí que proponga a la fe como solución para eliminar dicho miedo.

Sin embargo, para quienes están sufriendo la realidad del México de hoy —en el que desaparecen y matan a las madres y a los padres, a los hijos y a los hermanos— esas palabras resultan desafortunadas. ¿Cómo explicarle a esos niños que vieron y escucharon el horror que no deben tener miedo a la muerte y que deben tener fe?

 

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