La reconciliación posible

Sara Sefchovich

La madrugada del 3 al 4 de junio de hace 26 años, el ejército irrumpió en la plaza principal de Beijing, la capital de China, para reprimir las protestas que desde hacía varias semanas llevaban a cabo miles de jóvenes que deseaban una mayor apertura de su gobierno, pedían reformas y criticaban la corrupción. Como los manifestantes se habían atrincherado en barricadas y se enfrentaron a los soldados, estos respondieron disparando y matando a un número de ellos que hasta hoy no se conoce, y que sigue siendo un misterio como lo fueron para nosotros los muertos en Tlatelolco en 1968.

Y es que el gobierno de ese país ha guardado riguroso silencio sobre este evento y lo poco que sabemos de él, se le debe a chinos que han salido de su país y lo relatan o, una vez más, como tantas que sabemos, a las valientes madres de familia que desde hace un cuarto de siglo, insisten en saber la verdad y a pesar de todo, no cejan y no se venden, pues lo que perdieron es lo más valioso que tenían y por eso se atreven.

Se trata del grupo de mujeres llamado Madres de Tiananmen, conformado por madres y otros parientes de 129 de las víctimas, (eran más pero unos treinta ya fallecieron), que cifra los muertos en 202. Pero, que no solo da números, sino que lleva desde entonces dedicado a dar a conocer la versión no oficial de los hechos y se mantiene firme en su propósito de recordar el suceso.

Este año consiguió por fin, que una ONG norteamericana les ayude a hacer pública una carta en la que piden cuentas al gobierno sobre esa y otras masacres.

El resultado de su incansable labor ha sido por supuesto, la represión. A todas se les ha confinado a arresto domiciliario y se les ha advertido que no deben por ningún motivo organizar ninguna actividad que recuerde el aniversario, ni hablar con activistas de derechos humanos ni con medios de comunicación, especialmente si son extranjeros. Se les espía constantemente en sus llamadas telefónicas e incluso dentro de sus casas, en las que el gobierno abiertamente ha colocado micrófonos. Además se les ha bloqueado su página de internet.

Ellas sin embargo, han seguido incansables, mandando cartas al gobierno chino para exigir que se esclarezca el asunto, que se libere a los presos políticos que desde entonces languidecen en prisiones y que se les permita conmemorar el día.

Su argumento es que están ejerciendo sus derechos políticos y no haciendo ninguna actividad ilegal, algo que el gobierno no acepta.

Pero no nada más eso, sino que lo mismo que las madres de la Plaza de Mayo en Argentina y las madres por la paz de Kurdistán y Turquía, (asociación conformada por madres de guerrilleros o militantes kurdos y por madres de soldados turcos que han muerto en las últimas décadas y que también han vivido en carne propia la represión del Estado turco, sufriendo cárcel, tortura y vejaciones), afirman que lo único que quieren es saber la verdad y, una vez que ella se conozca, están dispuestas a buscar la reconciliación.

Esto es muy importante. Sandrine Lefranc ha mostrado que no existe nada más eficaz para salir del círculo de la violencia que esta estrategia que invierte por completo las cosas, pasando de la lógica de guerra a la lógica pacifista. Se trata de la reconciliación como “parte de la acción”, según afirman Botanski y Thévenot.

Quizá eso podría funcionar en los casos de los jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa, de las mujeres asesinadas en varios estados del país, y de las víctimas de la guerra contra el narcotráfico, pues no se trata por supuesto de olvidar ni de dejar de buscar la verdad, pero sí, de poder seguir viviendo.

Como sea, una vez más, vemos a las madres como piezas clave, pues como dice una de las madres turcas: “En nuestra tradición, cuando hay un conflicto entre dos pueblos o dos familias son las madres las que logran la paz”.

 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.com

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