Historia de una encuestadora

Rodrigo Galván de las Heras

Hoy 14 de agosto conmemoramos cinco años del fallecimiento de María de las Heras, aniversario luctuoso que sirve para aprovechar mi condición de hijo único y contar un poco sobre quién era esta famosa encuestadora. “Milagros”, como odiaba que la llamaran en el colegio, era una persona especial, de esas que, cuando la veías, no podías olvidar jamás, de las que todo el mundo hablaba siempre maravillas, incluso quienes fueron azotados por el látigo de su arrogante inteligencia. Podría pasarme hojas y hojas escribiendo sobre las miles de virtudes que yo encontraba en ella, pero no tendría caso porque simplemente sería un hijo hablando bien de su madre, como todos. Más bien quisiera dar un punto de vista, la opinión de alguien que siempre estuvo muy cerca de ella, sobre todo en dónde radicó el éxito profesional y personal de esta extraordinaria mujer.

“La Güera”, como la llamaban sus amigos de la universidad, era la amalgama perfecta entre la frialdad de sus números y la pasión con la que tocaba la guitarra, una combinación extrañísima de alguien con una forma de pensar muy estructurada —al fin actuaria—, pero también con una creatividad y un sentimiento que le permitieron componer cientos de cuentos y canciones. Era capaz de escribir un libro sobre modelos estadísticos en menos de un mes, y pintar muñecos de cerámica los fines de semana; dar ponencias sobre estadística y encuestas en los foros más importantes y contar el cuento de La Caperucita Roja al revés sin equivocarse; durante el día, presentar encuestas a los grandes políticos de su época, y en las noches, los miércoles, jugar dominó con sus amigos bebiendo tequila y escuchando las canciones del piporro; explicarme con gran facilidad cómo resolver una tarea de cálculo diferencial, y al mismo tiempo transmitirme el amor por los colores de sus gloriosos Pumas.

“Hablar de María de las Heras y de éxito es pleonasmo”, frase que cobra muchísimo valor por quien la dijo: Roy Campos, su amigo, comparsa de las encuestas y —lo que pocos saben— su compañero de carrera. Esta bipolaridad de virtudes que tenía “La Ley”, como le decía la gente que trabajaba para ella, le permitieron desarrollar un modelo demoscópico llamado “Inercia y Circunstancia”, que es estadísticamente impecable, pero que además trae todo ese feeling que sólo ella tenía para entender y traducir a los mexicanos; modelo que ella misma explica en sus dos libros: Uso y abuso de las encuestas y Por quién vamos a votar y por qué. Así fue como María de las Heras se convirtió en el “Pepe Grillo” de Colosio, así pudo ver el triunfo de Fox antes que nadie, el de Zapatero en España antes del 11M, y retirarse como la número uno al publicar la encuesta más exacta en el 2012 para la elección en la que Enrique Peña se convirtió en presidente de este país. A propósito, un ingrediente fundamental en el éxito de mi madre fueron sus férreos valores, mismos que nunca, ni en los peores momentos, pudieron corromper; para mí eso la hizo la más grande.

Ahora sí me permito contarles un poco de la vida personal de La Doña, como yo le decía cuando la quería hacer enojar, claro, luego me di cuenta de que eso me dejaba a mí como Álvarez Félix, y mejor lo dejé por la paz. Regresando a la extraña combinación de sus cualidades, mi jefa era exigente, disciplinada y muy dura cuando tenía que serlo, pero al mismo tiempo era amorosa y feroz cuando se trataba de proteger a su cachorro. No era la madre típica, tenía frases como: “de que te traumes tú, a que me traume yo, mejor que te traumes tú, porque tener una madre traumada es de la chingada”, era imposible vencerla en el basta, porque si no encontraba las palabras, las inventaba con máxima habilidad; de cocinar ni hablamos, un día quemó mi camisa haciendo huevos revueltos; la verdad es que fue una madre muy presente a pesar de ser padre, madre y la mejor encuestadora del país al mismo tiempo.

Recordemos pues a Milagros, la Güera, la Ley, la Doña, a María como esa mujer guapa, alegre, talentosa, inteligente y de gran señorío que dejó un legado de hallazgos y valores que ahora sus nietos tendrán que conocer, respetar y repetir como hasta ahora lo he intentado. La verdad es que me siento como el hijo del Santo, hijo de una leyenda, feliz y orgulloso que en todos lados se le admire y se le respete. Termino con gran nostalgia al escribir esta columna, diciendo que siempre ha sido y será un honor ser hijo de la gran María de las Heras.

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