Trump: imbecilidad de alto riesgo

Ricardo Rocha

El libro me hizo ojitos en un Sanborns de Carlos Slim quien —¡oh casualidad!— ha sido invocado como el único rival capaz de enfrentarlo: Trump: ensayo sobre la imbecilidad, del joven y exitoso escritor y filósofo contemporáneo, el estadounidense Aaron James. Desde la portada es una provocación, citando al vendedor de millones de ejemplares, Stephen King: “Trump es un imbécil sin idea de cómo funciona un gobierno”.

Y no crean ustedes que se trata de uno de esos folletines oportunistas al calor de los acontecimientos. En realidad son un centenar de páginas escritas hace meses cuando se resolvió la candidatura republicana en favor de Trump. Aunque ya para entonces James —graduado de Harvard— se había revelado como un experto en el tema, al publicar en 2012 una obra deslumbrante. Imbéciles: una teoría.

En el ensayo que ahora nos ocupa, su diagnóstico no tiene desperdicio:

—Donald Trump es un rico trepador de escasa educación y enemigo de la clase intelectual.

—Sin embargo, nos pide (y ahora los tiene) que le confiemos los códigos de lanzamiento de las armas nucleares y con ellos el futuro de nuestros hijos.

—Ojo: no estamos preguntando si Trump es o no un imbécil, porque a este respecto parece existir un consenso generalizado. ¿O se le ocurre al lector un modo mejor de definirlo con una sola palabra?

—El imbécil reúne tres condiciones: se asume sistemáticamente con derecho a ventajas en sus relaciones con los demás; se siente inmune a las quejas del prójimo; y en casos patológicos como el de Trump se proclama como el dueño de la verdad absoluta.

—¿No parece evidente que Trump es imbécil, aunque sea sólo por burlarse de un periodista discapacitado, por tildar de “violadores” a los inmigrantes mexicanos ilegales o por sus comentarios descaradamente sexistas sobre la mujer: “cabecita hueca”, “gorda cochina”?

—Trump busca en el electorado lo mismo que los que quieren atraer mujeres guapas: afirmar su valía haciendo que lo vean como un ser poderoso, convertirse en el centro de atención; sostener a cualquier precio la imagen de “pez gordo” y de “triunfador” que tiene de él mismo. Al grado de haberse atrevido a decir de su propia hija, Ivanka: “Vaya si es impresionante; toda una belleza. Si no fuera porque estoy felizmente casado y, en fin, porque soy su padre…”

—Trump es un payaso-bobo, maestro del entretenimiento que no diferencia entre decir tonterías y hablar con cuidado y respeto a la verdad. Pero hay que reconocerle un instinto asombroso para dar voz a la vox populi o al menos a un segmento considerable de la población. Los mismos que al escucharlo admirados se asombran: “¡Ayer estaba yo diciendo la misma mierda!”.

Finalmente, y citando a Platón, Aaron James nos regala un párrafo que parece llevar dedicatoria: “Al tratar de manejar a un imbécil, puede que se esfume la dignidad para dar paso a una sensación desconcertada de incapacidad. Uno puede verse obligado a la humillante aceptación del abuso. Por inaceptable que pueda ser la conducta del imbécil desde el punto de vista moral, al final no queda más remedio que transigir con un sentimiento digno de paz o con cierta sensación de fracaso”.

Yo sé de alguien que debiera leer este libro; ahora mismo o en el vuelo a Washington. Con gusto le obsequio mi ejemplar. Porque está agotado.

 

Periodista.

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