A 14 años del 9/11

Mauricio Meschoulam

El terrorismo no es guerra material sino psicológica, y solo usa la violencia material como herramienta para buscar lo que realmente persigue

El terrorismo es un problema grave pero no es el mayor de los problemas que padece el planeta. No, al menos, en términos de las muertes que provoca, lejos de ello. Y sin embargo, a veces diera la apariencia de que sí lo es desde la perspectiva de las sociedades que mayormente lo sufren, desde la visión de los millones de personas que tenemos el contacto indirecto con ataques terroristas a través de los medios y las redes, o incluso considerando la posición que el tema ocupa en la agenda de seguridad de varias de las grandes potencias. El terrorismo, en otras palabras, a veces parece dominar nuestras preocupaciones y nuestra mente. Y ello ocurre porque el terrorismo no es guerra material sino psicológica, y solo usa la violencia material como herramienta para buscar lo que realmente persigue. Su impacto no siempre está relacionado con las muertes que produce, sino con el miedo colectivo que genera. Eso es lo que hace que a 14 años del 9/11, el mundo siga con las imágenes frescas de las torres desmoronándose, con todo el terror y desesperanza que esas imágenes provocan en las millones de víctimas indirectas de esos ataques, las psicológicas. Y eso es también lo que orilla a quienes pretenden combatir el fenómeno, a equivocar la ruta, pensando que ese tipo de violencia puede reducirse mediante tanques y aviones. A 14 años de que iniciara la “guerra contra el terror”, el fenómeno no solo no ha disminuido, sino que se ha incrementado de manera dramática. Al Qaeda, la organización responsable de aquellos atentados, así como sus escisiones –ISIS es una de ellas- siguen vivas, vigentes y ocasionando desastres. Y los países invadidos como respuesta a los ataques sufridos aquella mañana de septiembre, son dos de las mayores fuentes del mismo mal que supuestamente se quiso enfrentar.

El Índice Global de Terrorismo (Instituto para la Economía y la Paz, 2014), reporta que en la actualidad hay cinco veces más actos terroristas que en tiempos de los ataques del 9/11. Las muertes por ataques terroristas se elevaron de 11,133 en 2012 a más de 22,000 en 2014. El fenómeno experimenta al mismo tiempo elementos de concentración y elementos de expansión. Es decir, mientras que 80% de las víctimas por terrorismo se producen en solo cinco países: Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Siria, en 2013 ya 55 países habían sufrido al menos un ataque terrorista, y aquellos que tuvieron más de 50 muertes por este tipo de violencia se elevó de 15 a 24 dentro del mismo período.

Asimismo, el reporte afirma que las estrategias militares han demostrado ser altamente ineficaces en el combate a este fenómeno. De hecho podríamos decir que muy probablemente han contribuido a su incremento. Si observamos con detenimiento, veremos que la concentración de la mayor cantidad de ataques terroristas en el mundo se da, desde hace más de una década, en cuatro países (no considerando el caso nigeriano) que tienen o tuvieron algún tipo de relación justamente con la guerra contra el terrorismo implementada desde el 2001 por Estados Unidos. Mientras que Irak y Afganistán experimentaron intervenciones directas por parte de Washington y sus aliados, Pakistán y Siria han padecido ya sea la expansión, o bien, el desplazamiento de organizaciones terroristas -no solamente, pero sí en buena medida- como producto de esas intervenciones internacionales. En cambio, las estrategias más eficaces demostradas a lo largo de años en la reducción del terrorismo son por un lado el empleo adecuado de las policías y servicios de inteligencia, y por el otro, establecer procesos de paz que reducen la radicalización de los actores y por ende, el atractivo de las tácticas terroristas.

Sin embargo, a 14 años, parece que hemos aprendido poco. Pensemos por ejemplo en el caso de ISIS, reconocida por varias de las potencias, incluidas Estados Unidos y Rusia, como la más importante amenaza terrorista de la actualidad. De acuerdo con las investigaciones arriba señaladas, y considerando que ISIS, en la forma que hoy le conocemos, emerge de dos conflictos: el sirio y el iraquí,  las mejores estrategias para combatir a esa organización tendrían que incorporar al menos: (1) Un proceso de pacificación para la guerra civil en Siria, (2) Un proceso efectivo de reconciliación y construcción de paz para el país de donde ISIS se origina: Irak, y (3) El apoyo de organizaciones internacionales y potencias, no para inflamar esos dos conflictos como hasta ahora sucede, sino para el fortalecimiento de las instituciones de esos estados con el fin de garantizar la seguridad y los derechos políticos y económicos de sus habitantes. El problema es que para ello, lo primero que tendría que ocurrir es que las potencias internacionales enfrentadas que tienen en países como Siria su propio campo de batalla, tendrían que ponerse de acuerdo, y hasta ahora eso no ha ocurrido.

En contraste, la estrategia actual de combate a ISIS consiste en la intervención militar de varias potencias en Siria e Irak con apoyo de milicias locales. Esa estrategia eventualmente, quizás, reducirá las capacidades materiales de ISIS. Lo que no se reducirá, me temo, es el uso de tácticas terroristas por parte de grupos, organizaciones, células o individuos que se han adherido a la ideología y metas de esa organización. O bien, veremos nuevas escisiones o grupos como hasta ahora ha ocurrido. Los problemas, en ese sentido, seguirán emergiendo desde al menos dos vertientes: (a)  En la medida en que los componentes de los conflictos que dieron origen a ISIS sigan vigentes, permanecerá el potencial de ataques terroristas a nivel local, en los dos países donde más cantidad de atentados ocurren en la actualidad: Siria e Irak, (b) En la medida en que no se entienda que el terrorismo no es guerra material, sino psicológica, y siga siendo combatido exclusivamente a través de estrategias materiales, grupos como ISIS o Al Qaeda siempre tendrán el potencial de sobrevivir e incluso crecer, a través de su nombre, sus símbolos y su capacidad de golpear la psique de nuestras sociedades. Hoy, a 14 años del 9/11, habría que reflexionar en ello.

Analista internacional.

@maurimm

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