Sabemos que la participación ciudadana en una democracia no se agota en el elemental ejercicio del derecho del voto. Se trata de una cultura cívica en la que todos debemos estar conscientes del bien que podemos hacer por México.

El ejercicio ciudadano, el respeto, y la construcción del bien común son responsabilidad de todos. Son elementos que dan sentido social a la democracia que debe anhelarse en la sociedad.

Sin embargo, es difícil promover una verdadera participación ciudadana cuando en la vida pública no hay honestidad ni dignidad. La falta de congruencia ha hecho más grande la distancia entre ciudadanía y política. Esa brecha la tenemos que cerrar todos.

La política le debe mucho a los ciudadanos. Pero los ciudadanos también debemos hacer nuestra parte. Lograrlo es un desafío no sólo para políticos, sino para quienes tienen la posibilidad de influir: partidos, gobiernos, autoridades, sí; pero también empresarios, sociedades de alumnos, medios de información, y organizaciones de la sociedad civil.

La política debe hacerse de manera ética, responsable, legal, y transparente para devolverle la dignidad. Hay que darle valor y sentido al bien público, al bien común. Pero la sociedad debe también ver en la política un camino para todos, porque el ejercicio de solidaridad, de participación ciudadana, es la que verdaderamente construye democracia.

La construcción de la democracia ha sido una lucha de años. He tenido la fortuna de participar en el esfuerzo ciudadano para que las elecciones fueran un evento normal en la vida del país.

En la década de los 80, durante la construcción democrática, las organizaciones sociales impartían cursos de participación ciudadana, de cultura democrática y defensa del derecho a un voto libre y secreto. En esos cursos, recuerdo que algunos hacían mención de Aristóteles y su famoso libro titulado La Política, en donde define a la persona como un “animal político”, un Zoón Politikón haciendo referencia a la Polis, a la ciudad. No dice “animal social” —reiteraban— , dice “animal político”. La conclusión: “Quien no requiere de la polis, para vivir, o es una bestia, o es un dios”. La invitación final era a participar en la política en su sentido amplio de construcción del bien común y también —de acuerdo a la vocación— a la actividad partidista.

No deja de llamarme la atención que el griego “polis”, equivale al latin “civitas”, ciudad. Lo que estrictamente nos llevaría a pensar que si polis es igual que civis, es decir ciudad, política y ciudadanía debieran ser sinónimos también. Ahora bien, ¿en México “los ciudadanos”, somos “los políticos”?, definitivamente no. Y esa es parte de la tragedia que vivimos.

Un hombre sabio de mi partido decía que “la política es tan importante que no podemos dejársela a los políticos”. Y efectivamente, si queremos que los problemas de México comiencen a resolverse, debemos hacer que los intereses de la ciudadanía y de la política coincidan. Eso no ocurrirá, pienso, mientras los ciudadanos, no tomemos la política en nuestras manos.

Y hagamos lo que la política debe ser: actividad encaminada al bien común. No es el arte del poder, no el arte del agandalle, no el “tapaos los unos a los otros”, sino la construcción de la casa común. Esa verdadera política solo podrá ser, si las mexicanas y los mexicanos, nos decidimos a convertir y a descubrir nuestra ciudadanía en política.

Por eso, he decidido dar mayor dimensión a una asociación que tenga como fin la participación y genere iniciativas ciudadanas. Para lograr una política digna en la que nos reconozcamos como parte de ella al construir ideas, obras, asociaciones, por nuestro país. Valoremos lo que hacen millones de mexicanos y mexicanas por México.

Abogada

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