Los sueños rotos

Leticia Bonifaz Alfonzo

En vez de amedrentarse después de cada agresión, se fortaleció su convicción de lucha. Su compromiso era irrefrenable

Me enteré con horror, como todos, del asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa y como se decía entonces, de cuatro mujeres más que, en ese momento, no tenían nombre. Horas después, familiares y amigos comenzaron a hablar de Nadia Vera, la joven comiteca víctima del brutal homicidio.

Comitán se vistió de luto en minutos y el dolor, con impotencia y rabia, nos empezó a envolver acompañado de persistentes preguntas sin respuesta.

No conocí a Nadia personalmente, pero en sus gestos aparece con frecuencia la cara de Mirtha, su madre, a la que conozco de toda la vida y con la que me solidaricé de inmediato en medio de su inconmensurable dolor.

Nadia salió de nuestra tierra, como muchos de nosotros, para ensanchar horizontes. Eligió Xalapa. El ambiente estudiantil y cultural de la capital veracruzana la cautivó. Elegir la carrera de Antropología ya muestra su sensibilidad con los suyos, con nuestra tierra. Comenzó paulatinamente a involucrarse en temas políticos con una actitud crítica y desafiante. En vez de amedrentarse después de cada agresión, se fortaleció su convicción de lucha. Su compromiso era irrefrenable. Sus amigos la describen como “valiente y necia”. Siguió subiendo el tono de su postura aun sabiendo que ponía en peligro su propia vida.

Cuando finalmente la convencieron, dejó Veracruz y se sintió segura en la ciudad de México. Segura y libre. Con espacio y apoyo para los nuevos proyectos. El arte fue para ella, a decir de una amiga, una forma de transmutar la realidad.

Se ha dicho que Nadia estaba en el lugar y en el momento equivocados. No lo sabemos. Cuesta trabajo creer en una desafortunada coincidencia. Pero el lugar finalmente es México y el tiempo es hoy. El México que le tocó vivir no es para nada el que hubiéramos querido dejarle a la generación precedente que en los setentas coreábamos Yo te nombro libertad. Canción en la que se habla de los cuerpos torturados, de aquellos que se esconden, de la rabia contenida y de un nudo en la garganta semejante al que nos aprieta ahora. Era nuestra solidaridad con el sur continental que sufría entonces.

Yo no hubiera querido que Nadia, ni sus coetáneos, vivieran con temor en esta Patria y que el lugar, y el tiempo que les tocó vivir hubieran sido diferentes. Por eso me eriza la piel la reacción de sus amigos, sus palabras y su duelo, cuando escriben: “No tenemos miedo, no nos van a encontrar callados, ni rendidos, ni doblegados.” “Quieren sembrar miedo y están sembrando coraje”.

Bajo el cielo, casi siempre azul de Comitán, el lunes pasado, personas cabizbajas colocaron sobre su rostro la foto de Nadia. Nadia se multiplicó. Nadia dejó de ser nadie. Nadie dejó de ser Nadia. Todos fueron ella.

A pocos metros del parque central, donde se realizó la protesta, nació hace 152 años Belisario Domínguez, el de la lucha por la palabra libre. No cabe en la mente que alguien pueda ser silenciado por razones políticas 101 años después de que el mártir ofrendó su vida.

A Nadia le gustaba la música. Su cantautor favorito era Joaquín Sabina y, en especial cantaba El boulevar de los sueños rotos, donde vive una dama de lengua libre y de piel de tigre. Esa piel que fue sádica e innecesariamente mancillada en sus últimos respiros.

Ella no tenía intenciones de retornar pronto a Comitán porque no quería volver con las manos vacías. Regresó en cambio, más pronto de lo que esperaba, a abonar nuestra tierra con sus sueños rotos.

Nadia dijo en 2014: “A Regina Martínez la mataron y no pasó nada. Acaban de matar a Gregorio Jiménez y no pasó nada”. Ahora que las balas de los alevosos asesinos le tocaron a ella, tiene que pasar algo. La lucha de Nadia es la lucha de todos por el fin de la impunidad. Que la pregunta sea qué sigue y no quién.

Directora de Derechos Humanos de la SCJN

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