Javier Duarte, ni a chivo expiatorio llega

Leonardo Curzio

Adelantar tu propio funeral es la más soberana de las decisiones. Pedir licencia al cargo de gobernador de Veracruz, es optar por una suerte de eutanasia que reduce la -patéticamente- larga agonía de un gobernador que ha acumulado descrédito en todas las materias del ejercicio gubernamental. Su despilfarro financiero y su estrambótica gestión, han escandalizado a una organización (su partido) que se ha curado de espantos en lo que a corrupción y malos manejos se refiere.
 

Se va el insostenible Javier Duarte y, al mismo tiempo, se abre una pregunta tantas veces planteada en la arquitectura institucional mexicana. Se trata del tema de los calendarios electorales y los relevos de poder. Es indeseable que transcurran tantos meses entre el proceso electoral y la toma de posesión del nuevo gobierno. Ocurre en el ámbito federal y en el local, con incomoda frecuencia. Todas las taras y vicios de una administración derrotada, tienden a exacerbarse cuando el animal agoniza. En el periodo de decadencia, hemos visto como se intentan aprobar leyes para blindar las siguientes administraciones o contratar deudas, para tapar agujeros o pagar a proveedores amigos. Es prioritario que reduzcamos el tiempo que transcurre entre la decisión del

soberano y la asunción del nuevo Gobierno.

 

Y una última duda. Hay mil formas de irse, quizá la más recomendable sea con pocas palabras escritas en un boletín bien redactado. Pero algo tiene de morboso hacerlo en un programa de televisión con tanta audiencia como el de Carlos Loret de Mola, quien con una estupenda conducción periodística, literalmente hizo polvo al más desacreditado de los gobernadores del nuevo PRI.

El desgaste de Javier Duarte ante la opinión pública, es tan extraordinariamente alto que ni siquiera cumple la función de chivo expiatorio. El valor de la licencia de Duarte como práctica depuradora de la vida nacional, tiene el mismo valor que un papel mojado.

 

@leonardocurzio

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