¿Diálogo imposible?

José Miguel Insulza

No se puede pretender dialogar con Chile al tiempo que se ofende nuestra dignidad... Los ataques a nuestro país irritan a todas las chilenas y chilenos, pero no nos llevarán a variar nuestra invariable política de principios, de paz y cooperación

El gobierno de Bolivia ha reclamado en las últimas semanas la necesidad de un diálogo con Chile para buscar soluciones a los problemas que recientemente han separado a nuestras dos naciones. Chile siempre ha estado abierto al diálogo respetuoso entre dos Estados independientes y soberanos.

Pero, para entender bien la posición de Chile, basta leer las declaraciones con que los más importantes personeros bolivianos, empezando por su presidente, Sr. Evo Morales, piden esas conversaciones.

Hace ya varios meses que Chile y sus autoridades sólo reciben alusiones groseras e insultantes, que se mezclan con referencias ocasionales a una eventual negociación. Imputaciones como “el neocolonialismo racista que gobierna Chile”; referencias a autoridades chilenas diciendo que practican el “matonaje y la piratería como regla de la diplomacia”; o calificativos de Chile como un país enemigo, llenan los tweets y declaraciones públicas del gobierno de Bolivia.

En la misma eufórica semana en que el presidente Morales monitoreaba por twitter las acciones del canciller David Choquehuanca, éste ofrecía “derramamientos de sangre”; el vicepresidente García Linera acusaba a Chile de “desprecio, maltrato, discriminación y racismo” y luego calificaba a nuestro país como “el matón de América del Sur” que agrede permanentemente a sus vecinos y “vive del saqueo de los recursos naturales de Bolivia”; y el presidente del Congreso boliviano proclamaba que “el fantasma de Pinochet recorre los pasillos de la Cancillería de Chile”. En la misma declaración en que el presidente Morales pide diálogo a la presidenta Michelle Bachelet, el mandatario utiliza un lenguaje intolerable y falso en contra del canciller de Chile, Heraldo Muñoz, reconocido luchador por la democracia y la libertad de nuestro país.

Toda esta brutal ofensiva verbal acompañó, además, el hecho sin precedentes de un canciller que llega a un país sin ser invitado, dice que viene en son de hermandad y se dedica a atacar a Chile; no se entrevista con autoridades nacionales, locales, ni líderes ciudadanos; se presenta sin aviso previo en un recinto portuario; pretende pasearse por él como si fuera dueño; y culmina su exhibición cantando himnos ofensivos a la soberanía nacional de Chile.

Chile y su gobierno han sido pacientes en extremo ante estas ofensas.

El pueblo boliviano es nuestro vecino y hermano y la subsistencia de mucha gente de trabajo en ambas naciones depende de la normalidad de nuestras relaciones. Los puertos siguen trabajando a toda su capacidad; el puerto y el antepuerto de Arica procesan anualmente más de 3 millones de toneladas de carga boliviana; la carretera internacional recibe el paso cotidiano de más de 700 camiones pesados bolivianos, mientras siguen los trabajos de reparación y mantención necesaria para soportar ese esfuerzo, que el Estado chileno costea íntegramente; los jóvenes bolivianos son recibidos fraternalmente en nuestras escuelas y universidades; y muchos de sus ciudadanos trabajan y viven de manera permanente en nuestro país.

Nada de eso se dejará de hacer. Pero no se puede pretender dialogar con Chile al tiempo que se ofende nuestra dignidad. Esperamos que pasen estos tiempos ingratos en que los ataques a nuestro país irritan a todas las chilenas y chilenos, pero no nos llevarán a variar nuestra invariable política de principios, de paz y cooperación entre los pueblos.

Hay una agenda de 13 puntos que Bolivia parece haber desechado en la violencia verbal de los últimos años. Dos de esos puntos —el tema marítimo y el carácter internacional compartido del Río Silala— están ante la Corte Internacional de Justicia. El resto incluye temas de importancia, como el libre tránsito y la integración fronteriza, que requerirían tratamiento urgente.

Pero cualquier diálogo exige, como mínimo, un clima distinto del que Bolivia ha creado de manera unilateral y que ha ofendido a nuestra ciudadanía sin distinciones. Al presidente de Bolivia le gusta mucho repetir “A Bolivia se le respeta”. Pues bien, el día que Evo Morales entienda que también “A Chile se le respeta”, será posible emprender, sin más ofensas gratuitas, el lento camino del reencuentro y el diálogo.

Agente de Chile ante la Corte Internacional de Justicia

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