El imperio contraataca

Jean Meyer

La capacidad financiera de China es un instrumento diplomático que permite la construcción de un "imperio invisible"

La gran China, el antiguo Imperio de En Medio se encontraba a fines del siglo XVIII al mismo nivel económico que Europa, antes de ser rebasada y con mucho, por las potencias occidentales. Tardó en modernizarse, a diferencia de Japón, pero en los últimos 25 años ha borrado su retraso. Hoy tiene un dinamismo que evoca para el historiador los imperialismos europeos, norteamericano y japonés de fines del siglo XIX principios del siglo XX; un dinamismo imperialista comercial, político, naval y militar que llevó al choque mortal de 1914.

China parece ser capaz de comprar el mundo entero. En nuestra América Latina ha gastado 100 mil millones de dólares en los últimos años; su primer ministro acaba de terminar una gira que llenó de alegría a las presidentas Dilma Rousseff y Michelle Bachelet: promete una inversión de 250 mil millones en diez años. Una firma china ha empezado la excavación del segundo canal interoceánico en Nicaragua, otra proyecta construir un ferrocarril de Brasil a Perú, un transandino del Atlántico al Pacífico. La lista de las compras en Asia y África sería interminable, debido a la estrategia de abastecimiento en materias primas y alimentos. Ni Europa, ni el mundo árabe se salvan. En ese aspecto, China recuerda a la Alemania emergente de 1870-1914, frente a una Inglaterra amenazada en su primacía.

Obviamente esa capacidad financiera y comercial es un instrumento diplomático de primera que permite la construcción de un “imperio invisible”, como cuando Inglaterra era dueña de la economía de América del Sur. De manera paralela se mantiene el auge constante del gasto militar, incluso en ese momento de menor crecimiento económico, un 7% previsto para 2015 que nos gustaría tener. El presupuesto militar subió en 12% el año pasado y en 10% ahora, pero los expertos consideran que la inversión real en Defensa es un 40% superior, porque las cuentas oficiales no incluyen ciertas inversiones en investigación y desarrollo de nuevas tecnologías. Así China, que durante mucho tiempo mantuvo una fuerza nuclear mínima, ha rediseñado sus misiles balísticos de largo alcance para que carguen ojivas múltiples, un cambio que preocupa a los analistas estadounidenses. El presidente Xi Jinping ha sido muy claro: la modernización de las fuerzas armadas y en especial el crecimiento de la Armada es una necesidad puesto que “China es un gran país que necesita proteger su seguridad nacional”. Su “sueño del Ejército chino”, precisa, es que sea capaz no solamente de realizar misiones con eficacia, sino de mantener el espíritu de dedicación y de servicio de los primeros tiempos de la revolución.

China acaba de publicar un “Libro blanco” de la Defensa que define su nueva estrategia militar, caracterizada, entre otros puntos, por la importancia mucho mayor otorgada a la Armada. Lo que recuerda al historiador, el famoso lema imperial alemán de principios del siglo XX: “Nuestro porvenir está sobre las olas”, y el programa acelerado de construcción de buques de guerra que empujó Inglaterra a firmar tratados con Francia y a entrar en la primera guerra mundial. El Pacífico asiático es claramente la prioridad absoluta de la Defensa china, como lo demuestra la tensión en esta región.

Dicho, hecho. China empezó a construir rápidamente islas artificiales con puertos, artillería y pista para aviones, en el arrecife Mischief de las islas Spratley (a 1,300 km de sus costas), un archipiélago que Filipinas y Vietnam reclaman como suyo. China proclama desde 2012 que las Spratley cuentan entre sus “intereses nacionales básicos”, al igual que Tíbet y Taiwán. Esa política de hechos consumados no puede tranquilizar a los numerosos países de la región, menos cuando Beizhing declara que el propósito es militar: “Proteger nuestra soberanía territorial e intereses y derechos marítimos”.

 

Investigador del CIDE.
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