No serás sultán

Jean Meyer

Ojalá y las elecciones modifiquen la desastrosa política exterior dirigida personalmente por el presidente Erdogan

Es lo que acaban de decir los electores turcos a su presidente Erdogan, el hombre fuerte que desde 2003 dirige a Turquía y quería reformar la constitución para mantenerse en el poder hasta 2023 (por lo menos) para celebrar, dijo, el centenario de la Turquía moderna fundada en 1923 por un Mustafa Kemal Ataturk que no podría reconocer tal sucesor. Simbólicamente Erdogan se mandó construir un palacio de más de mil habitaciones, para abandonar la residencia republicana de Ataturk. ¿Será para alojar mil favoritas? Claro que no, el hombre es austero. ¿Para cambiar cada noche de recámara y despistar así a los asesinos? Puede que: en el palacio funciona un laboratorio para analizar los alimentos del presidente y prevenir cualquier intento de envenenamiento. Se modernizó el antiguo oficio del degustador. Los aduladores que lo rodean hablan de él como el sol de nuestra era, el Califa. No pretende al califato, pero el sultanato no le desagradaría. Basta con ver su celebración anual, en mayo, de la toma de Constantinopla por el sultán Mehmet.

Las elecciones del 7 de junio eran muy importantes porque, de triunfar el partido del presidente, hubiera iniciado el sultanato de Erdogan con la reforma constitucional que le garantizaría un poder vitalicio y redoblado. Las encuestas no fallaron, a diferencia de lo que acaba de pasar en Inglaterra y Polonia. A fines de abril, en Armenia, nuestro colega turco Dzhinguiz Aktar nos decía que el partido de Justicia y Desarrollo (AKP, el acrónimo turco), del presidente, no volvería a tener el 60% de la votación anterior y que le apostaba a la entrada al Parlamento, por primera vez, del Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP), unificando el voto kurdo y de los jóvenes turcos progresistas. A fines de mayo las encuestas no dijeron otra cosa y el domingo el pronóstico resultó cierto, en gran parte gracias a los turcos que votaron kurdo.

AKP perdió la mayoría absoluta, si bien se mantiene en primera fila con 41% de los votos. No creo que el primer ministro Ahmet Davutoglu asuma lo dicho antes del voto: “Si no tenemos la mayoría necesaria para gobernar solos, voy a dimitir”. Espero que no lo haga —porque es un hombre mucho más tranquilo que su presidente— pero le va a ser difícil formar un gobierno de coalición o gobernar en minoría. El Partido Republicano del Pueblo, socialdemócrata y laico ha recibido 25% de los votos y Acción Nacional, islamista radical, 16%. La gran novedad que podría tener consecuencias decisivas es el 13% ganado por el partido kurdo, lo que le da 80 de los 550 escaños. Su joven y muy simpático líder Selahattin Demirtas ha sido capaz de salir de la camisa de fuerza nacionalista kurda para seducir a buena parte de la izquierda turca.

¡Ojalá y las elecciones modifiquen la desastrosa política exterior dirigida personalmente por el presidente! Nuestro colega Aktar nos decía que la línea político-militar sobre Siria era asunto exclusivo suyo, cuando teóricamente releva de la competencia del primer ministro. El presidente no perdonó nunca a Bashar al Asad no haber seguido sus consejos y asumirá frente a la historia la grave responsabilidad de haber dado todas las facilidades al Califato (ISIS) para destruir a Siria e Irak. A río revuelto, ganancia de pescadores… Se cuchichea que Erdogan sueña con apoderarse de los distritos kurdos del Norte de Siria y de Irak, antiguas provincias (vilayet) otomanas que la república de Kemal Ataturk reclamó durante años. Tuvo que renunciar al vilayet de Mosul, pero consiguió del mandatario francés, el de Hathay. Es de desear que Erdogan no tenga que arrepentirse de su apuesta y escuche cuanto antes el dicho “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Por lo pronto les deseamos lo mejor a los amigos turcos.

 

Investigador del CIDE.
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