Las pasiones nos ciegan

Javier Vargas

La competición deportiva es una forma de conflicto que despierta pasiones. Éstas son tendencias extremas hacia una persona, equipo o actividad, cuya fuerza puede sobrepasar el sentido común y la cordura. El escritor español Baltazar Gracián (1601-1658) advirtió: “Son los ímpetus de las pasiones deslizadores de la cordura, y allí está el riesgo de perderse”. Suelen ser tan absorbentes, que no admiten otros sentimientos; tan dominantes, que excluyen el dominio de sí. Claro que también influyen de una u otra manera en el juego, pero a veces pueden ser tan dañinas, que afectan la sensatez y la razón. Es cierto que bajo su influjo, el ser humano vive más intensamente y puede realizar grandes proezas, pero mal encauzadas, hacen daño.

Para el filósofo Emanuel Kant, “la pasión es como una enfermedad por intoxicación o por deformación, que tiene necesidad de un médico interno o externo del alma, el cual, sin embargo, no sabe prescribir una cura radical, sino solamente paliativos”. Incluso, el sacerdote español Jaime Balmes, en su libro, El Criterio, advierte: “Que las pasiones nos ciegan es una verdad tan trivial que nadie desconoce. Lo que nos falta no es el principio abstracto y vago, sino una advertencia continuada de sus efectos, un conocimiento práctico, minucioso, de los trastornos que esta maligna influencia produce en nuestro entendimiento.”

Para el filósofo español Miguel de Unamuno (1864- 1936), “La pasión es como el dolor, y como el dolor, crea su objeto. Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego”. Sin embargo, algo más ponderado, el filósofo John Dewey opinó: “La fase emocional apasionada de la acción no puede ni debe ser eliminada con ventaja de una razón exangüe. Más pasiones, no menos, es la respuesta… La racionalidad no es la fuerza que debe evocarse contra impulsos y hábitos, sino más bien, el logro de una armonía que obra entre diferentes deseos.”

En un encuentro de futbol intensamente disputado, por ejemplo, la pasión lo suele penetrar todo e incluso transportar al reino de la fantasía. Es lo que sostiene el escritor Juan Villoro, en su libro, Balón Dividido, capítulo, La pasión muere al último, donde dice: “El hincha mexicano hace que la pasión no dependa de los récords sino de la fantasía… Una derrota de Brasil hace que los televisores salgan volando por las ventanas. Una derrota mexicana provoca que pidamos más cervezas y nos traslademos al reino de la fantasía para cantar con reivindicativo orgullo: “pero sigo siendo el rey…”

 

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