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Cuadros con espejo (y autorretrato)

07/01/2017
01:50
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Entre los soldados que regresaban derrotados a Alemania después de la Primera Guerra Mundial había hombres apesadumbrados, muchos padecían trastornos de los nervios y de la mente, otros sufrían heridas, cojeaban, se ayudaban con muletas o no podían ocultar sus mutilaciones, otros mantenían sus condecoraciones en sus uniformes gastados, otros se aferraban a sus armas, otros renegaban de la guerra.

En agosto de 1914, poco después de que Alemania le declarara la guerra a Rusia y a Francia, lo que marcó el inicio definitivo de la Primera Guerra Mundial, Otto Dix se incorporó al ejército como reservista. Ulrike Lorenz refiere que recibió entrenamiento como operador de ametralladora y se integró al frente como voluntario en 1915. “Tenía que ir a la guerra”, confesó en 1963. “Cuando uno es joven, sabe usted, le importa un carajo si al que tiene delante le parten la cabeza o no. Da exactamente lo mismo. Hay que salir. Aún no existe el miedo. Yo aprendí lo que era el miedo siendo joven. Obviamente, cuando uno ya se movilizaba y tenía que avanzar lentamente hacia el frente, se topaba con una balacera infernal continua, pura ráfaga —claro, ahora uno puede reírse, allá se cagaba en los pantalones—. De todas formas, mientras más se avanzaba, menos miedo se sentía. Ya adelante, cuando uno estaba totalmente al frente, el miedo desaparecía. Debía experimentar todos estos fenómenos a como diera lugar. También tenía que presenciar cómo alguien se desplomaba junto a mí y ¡adiós!: la bala le había dado de lleno. Realmente debía vivir todo esto con detalle. Yo lo quise así. Tampoco soy pacifista en lo más mínimo. O tal vez he sido un hombre muy curioso. Tenía que verlo todo por mí mismo. Y es que soy un realista, sabe usted, que necesita verlo todo con sus propios ojos para corroborar que es así... Ahora mismo soy ante todo un hombre apegado a la realidad. Tengo que seguir viendo absolutamente todo. Tengo que vivir en carne propia todos los abismos de la vida. Por eso voy a la guerra.”

Durante la guerra, Otto Dix no dejó de dibujar, acaso obsesivamente, hasta acumular en sus refugios cientos de dibujos y gouaches. Como los escritos memoriosos de Ernst Jünger, esos dibujos y gouaches importan más que un testimonio o una representación del devenir cotidiano en trincheras, batallas, patrullas, hospitales de campaña, días de licencia, retiradas; revelan una visión íntima convertida en un arte personal. Otto Dix no pretendía intentar ninguna propaganda. Desde que estudiaba en la Escuela Real de Artes y Oficios había abandonado “la postura de que el arte es para el pueblo y debería tener un efecto educativo. Estos proletarios del espíritu son un caso perdido. El arte es sólo para los artistas”. Simplemente era un testigo que dibujaba naturalmente como una compulsión estética.

No por azar, George Grosz y John Heartfield lo invitaron a la “Primera Feria Internacional Dada”, celebrada en Berlín en 1920 con su serie Los lisiados de la guerra. Alemania era un país derrotado al que un artículo de un severo tratado de paz, el 231, responsabilizaba de la guerra, por lo que se le exigían compensaciones excesivas, un tratado al cual uno de los miembros de la delegación británica, John Maynard Keynes, consideraba “paz cartaginesa” y al cual criticó en un libro publicado en 1919: Las consecuencias económicas de la paz.

El fin de la guerra deparó en Alemania una revolución y una república, cuyo borrador de constitución se trabajó en Weimar porque la capital, Berlín, era todavía peligrosa, ya que en ella abundaban las manifestaciones, las barricadas, los militares y los crímenes y reyertas de diverso signo político. El gobierno pensó en “el espíritu de Weimar” como símbolo de la cultura alemana. Esa constitución, proclamada formalmente el 11 de agosto de 1919, según Eric D. Weitz, “consagraba las libertades fundamentales”.

No sin fascinación, Otto Dix también fue testigo de esa época y su visión de ella se convirtió en cuadros, dibujos y grabados que no prescinden de la ironía, el erotismo, la provocación rayana en lo grotesco con un estilo reconocible. Su visión del entorno no sólo contiene autorretratos, sino que importa inexorablemente un autorretrato. Como sostenía Joseph Roth: “Sólo por medio de una observación minuciosa de la realidad se llega a la verdad”.

Pero, como puede verse hasta el 15 de enero en la exposición en el Museo Nacional de Arte, sin traicionarse, Otto Dix también ensayó otras formas de pintura: el retrato en diversos estilos, el paisaje, la alegoría religiosa...

Como muchos, Javier García Galiano (Perote, Veracruz, 1963) quiso ser futbolista, director de cine, músico y marinero, terminó estudiando Letras Modernas.

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