Suscríbete

Los sospechosos

Javier García-Galiano

Fue antes de que un decreto aboliera su nombre: Distrito Federal, y antes de que el terremoto transformara atrozmente la ciudad y sus habitantes. Los colegios de señoritas se convertían en una rareza anacrónica y todavía no se separaba a las mujeres en el Metro. Un viejo veracruzano que, entre otras cosas, había vendido muñecas, con el que caminaba por la calle López, donde hacía decenios Porfirio Díaz había acudido a la inauguración del nuevo edificio de Deutsches Haus, el Casino Alemán, que parece abandonado y en el que ya entonces se vendían artesanías, me señaló a un transeúnte con un gesto diciéndome: “Un alemán de Perote”.

No se trataba de una broma ni de una delación secreta, sino de una forma de revelación confidencial; más que descubrirme una identidad, me había deparado conocer de vista a uno de los sobrevivientes de lo que algo semejante a un mito aludía como “el campo de concentración de Perote”.

En Perote y los nazis, cuyo título podría confundirlo con ciertos libros equívocos con profusión de swásticas en la portada, que se expenden en las calles del centro, Carlo Inclán Fuentes ha indagado con rigor esa historia apenas conocida y que puede parecer una invención novelesca —como muchas historias de la historia de México.

Era un tiempo de suspicacias, de intrigas diplomáticas y comerciales, de noticias confusas, de conspiraciones internacionales, de la inminencia de la guerra, de lo que, no sin alarma e ironía, el espía Graham Greene advertía como una de las obsesiones de los mexicanos: los espías.

Entre las especies que se propagaban había una que sostenía que en México anidaban espías, saboteadores y nazis que conformaban una quinta columna al servicio del Eje, por lo que debía vigilarse y deportar a los ciudadanos alemanes, japoneses e italianos, cuya nacionalidad los convertía en sospechosos. Carlos Inclán Fuentes refiere que algo de esa hipótesis procedía de cierta prensa y de políticos norteamericanos que pocos años antes habían intrigado contra la expropiación petrolera. En un informe confidencial del 20 de mayo de 1940, por ejemplo, que H. L. Howell envió desde el Paso, Texas, para el miembro de la Cámara de Representantes por el Partido Demócrata Robert Ewing Thomason, se aseguraba que “los alemanes tienen una completamente organizada y equipada Quinta Columna en México. Lista y sólo en espera para actuar”.

El 22 de mayo de 1942, el gobierno del general Manuel Ávila Camacho declaró el estado de guerra entre México y las potencias del Eje luego del hundimiento de los buques petroleros “Potrero del Llano” y “El Faja de Oro”. Se trataba de dos barcos que habían sido incautados por el gobierno mexicano el 2 de abril de 1941 con nueve barcos italianos y alemanes más, y en realidad se llamaban Lucifero y Genoano. Sus marineros habían sido concentrados en Guadalajara y posteriormente internados en el Fuerte de San Carlos, en Perote, donde pocos años antes se había alojado a refugiados republicanos españoles.

Bajo la influencia de los Estados Unidos de América, el gobierno del general Ávila Camacho ordenó la concentración de los ciudadanos japoneses, italianos y alemanes en Guadalajara, Morelos y el Distrito Federal, cuyo traslado debían pagar ellos mismos, y algunos de ellos, considerados sospechosos de ser agentes subversivos o colaboradores nazis, bajo acusaciones vagas y ambiguas, fueron internados en el Fuerte de San Carlos; inquietantemente, también se recluyó en él a “antifascistas” confesos y a un austríaco.

Más que descifrar un mito, Carlos Inclán Fuentes se ha demorado en archivos, libros, revistas, periódicos, entrevistas referentes a sucesos que suelen ignorarse o reducirse a una anécdota curiosa e irónicamente inverosímil, y ha urdido un libro fascinante, Perote y los nazis, acerca de una historia en la que, como muchas en México, la corrupción y la arbitrariedad incidieron como una broma siniestra.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios