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La ofensa

12/12/2016
01:50
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“Desconfía de todos y sé infeliz.” Buen consejo. Y nos ahorramos las penas triviales. El temor a ofender puede dejarte mudo, pero en tal cuestión no existe salida decorosa. Cualquier expresión verbal es interpretada por los oídos —o las orejas— ajenos, y tal hecho te pone contra el paredón. En México la ofensa se da por sentada. Quien se expresa acerca de nosotros nos lastima, sobre todo cuando intenta el elogio, ya que tarde o temprano, el halagador y el receptor de las carantoñas, cambiarán de opinión o intercambiarán insultos. Si lo sabré yo que he dejado un rastro de ofensas a mis espaldas. En su Autobiografía sin vida, Felix de Azúa, escribe: “Quizá Rembrandt amaba a su mujer, pero la sacrificó en decenas de retratos, y desde entonces dejó de ser una mujer para convertirse en un Rembrandt.” Al mostrar la imagen de lo que amamos lo perdemos, dice el escritor español. La cortesanía y delicadeza en el trato debe ser apreciada sólo en su superficie pues en su profundidad un mar negro nos aguarda. Detrás de los buenos modales habita un monstruo de tres lenguas, y no obstante tal calamidad los buenos modales son bienvenidos puesto que procuran la distancia y el roce inofensivo. Aquella dama, bruja y baronesa francesa que conocemos como Madame de Staël (1766-1817) escribió acerca del aristócrata Talleyrand: “No tiene facilidad de expresión puesto que se necesita escribir fácilmente para hablar bien y este hombre, tan espiritual por lo demás, no se halla en estado de componer una sola de las páginas que ha publicado bajo su nombre.” He extraído el párrafo de la Antología del retrato (de Saint-Simon a Tocqueville); que formó el desollador metafísico E. M. Cioran y que es una muestra de cómo los escritores, historiadores, cortesanos y políticos cultos franceses en los siglos XVIII y XIX se dedicaron a ofenderse y a desentrañar la personalidad del otro (Hueders, 2015). La ofensa es un hecho apenas uno se expresa acerca de una persona. Es quizás por ello que ese deporte tan practicado en México, la difamación y el murmullo canalla, la descalificación soterrada y el juicio brutal y entre tinieblas, no son, en mi opinión, sino parte de una especie de metafísica llamada ofensa original. En la novela Ningún infierno, de Alejandro Hosne, de cuya narración cualquiera puede obtener pretextos para sentirse ofendido, el personaje dice que la pobreza hace a cualquiera buen boxeador: “No hay miedo a los golpes ni a la propia sangre, que ya viene derramada.” La sangre viene ya derramada escribe Hosne, y por tanto en la vida cotidiana de este nuevo siglo, en los boliches argentinos o en los bares mexicanos, en las mafias familiares y en las oficinas públicas, en el transporte y en la amistad incluso, la sangre que corre tranquila y pastoril es lo primordial. Por ello vuelvo a la carga: “Desconfía de todos y sé infeliz” Y da por sentada la ofensa que tarde o temprano alguien te reclamará. Alberto Ruy Sánchez, en su apreciable libro acerca de André Gide, Tristeza de la verdad (que cumple 25 años de ser publicado en Joaquín Mortiz) se refiere al enfrentamiento del escritor francés con la opinión pública y especialmente a Corydon cuya publicación despertó en Gide la siguiente afirmación: “No quiero dar lástima con este libro, lo que quiero es molestar.” Sus amigos fustigaron su imprudencia y su ansiedad de juventud renovada al escribir este libro. Él se transforma en otro y sabe que ese otro molestará y ofenderá al pudor social que lo rodea. Qué mejor que ofender para hacer el bien. Sin embargo, hoy la ofensa proviene de todos los puntos cardinales, y nos señala, ya sea como culpables u ofendidos. Un paraíso terrenal en que la sangre ha sido derramada y sólo contemplamos su brillo opaco y sórdido, como el tezontle o la arcilla húmeda.

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Insolencia literatura y mundo...

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