El otro muro de Estados Unidos

Editorial EL UNIVERSAL

La historia de México es de orgullo cuando se habla de protección a quienes son perseguidos en otras regiones. El país recibió a exiliados de España, Chile, Argentina, Cuba cuando las dictaduras aquejaban a esas naciones. Por desgracia, la tierra libre de totalitarismos que en el último siglo ha sido México, no está exenta de sus propios demonios. La violencia de los criminales y la incapacidad del Estado para proteger a su pueblo ha expulsado a miles.

Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) reporta que en 2014 México fue, por primera vez, el país con mayores solicitudes de asilo en Estados Unidos, 14 mil, por encima de China, que en los últimos años había sido el mayor solicitante.

Al revisar la última estadística disponible del Departamento de Justicia del vecino del norte el panorama empeora: sólo 124 de esas peticiones han sido aceptadas, una centésima parte. Si se toma en cuenta que en 2014 hubo 41 mil 920 solicitudes provenientes de todo el mundo y que de ellas casi una cuarta parte (8 mil 775) fueron otorgadas, significa que —a diferencia de la gente de otras nacionalidades— a los mexicanos no les creen o de plano los ignoran.

Estos números llevan a dos reflexiones.

La primera es la relativa a la situación interna. Los especialistas consultados por este diario coinciden en que las solicitudes de asilo se deben, principalmente, a los problemas de seguridad en las zonas de donde las víctimas provienen.

La estadística confirma la versión. Entre 2006 y 2012 se disparó el número de solicitudes, justo el periodo en el que se lanzó la ofensiva contra el crimen organizado y cuando más creció el número de homicidios dolosos.

México estaría en los hechos expulsando a su población por la incapacidad de sus instituciones de garantizar su vida. En 2013 la cantidad de peticiones de asilo en Estados Unidos habían bajado respecto de la tendencia previa creciente pero, al parecer, han vuelto a incrementarse.

Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que los solicitantes estén argumentando una amenaza a la vida para lograr una visa que no conseguirían de otra manera y cuyo fin último podría ser económico, no de seguridad. Sin embargo, si ese porcentaje de personas fuera mayoritario, no habrían aumentado los ruegos por asilo justo cuando la violencia detonó.

México debe resolver sus problemas de seguridad, desde luego, pero Estados Unidos tiene a su vez que despojarse de prejuicios y darse cuenta de que hoy es más probable ir a ese país cruzando la frontera ilegalmente que traspasando el muro burocrático impuesto sólo a mexicanos. 

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