El futuro mexicano, hoy

Editorial EL UNIVERSAL

México es una contradicción. Por un lado es la onceava mayor economía del mundo (buen número considerando que existen 194 países) y al mismo tiempo está dentro de los territorios con gran parte de su población en pobreza, por debajo de naciones como Botswana o Trinidad y Tobago (PIB per cápita). Una razón de este sinsentido es la desigualdad en el ingreso, el cual a su vez se explica por la pobre educación que recibe la mayoría de los mexicanos, su principal desventaja.

A lo largo de su historia México ha tenido varias oportunidades para despegar en el nivel de bienestar de su población. El obstáculo principal para lograrlo siempre fue el la poca inversión en su recurso humano. Próspero en minería, en hidrocarburos después y más recientemente en exportación de manufacturas hacia Estados Unidos. Pero los dividendos de esas ventas nunca se tradujeron en la creación de una ancha clase media educada, como sucedió en los países avanzados cuando eran pobres. Por el contrario, la riqueza se quedó en una clase política corrompida y una clase empresarial protegida, derivada de la primera.

¿Por qué habría de ser diferente ahora? Porque no hay alternativa. El gas y el petróleo no durarán para siempre, en tanto que el resto de los recursos naturales disponibles en México no son lo suficientemente abundantes (o lucrativos) como para sostener una cada vez más exigente hacienda pública.

Hay que observar la experiencia internacional. Corea del Sur era un país más pobre que México hace medio siglo. Sin recursos naturales y con un territorio pequeño su única alternativa fue invertir en educación. Con el tiempo se convirtió en un país referente en tecnología, creador de marcas globales como Samsung, Kia, LG, Daewoo, Hyundai, entre otras. Hoy el PIB per cápita sudcoreano duplica al mexicano.

Es una tarea difícil. Tanto que ningún país latinoamericano puede presumir haber seguido la experiencia de Corea del Sur, Taiwán, Singapur, etcétera. Eso no quiere decir, sin embargo, que la meta deba considerarse imposible; al contrario, ante la falta de alternativas el éxito probado de otros representa la salida más segura.

Ayer, en un mensaje desde Italia, el presidente Enrique Peña dijo sobre las famosas reformas estructurales mexicanas: “La reforma más importante, de mayor calado y de largo plazo es nuestra reforma educativa”. No sólo debe ser una frase políticamente correcta.

Del éxito de la reforma educativa dependerá que dentro de 30 años sigamos siendo el primer lugar en venta de pantallas planas, pero con empresas mexicanas, ya no sólo como maquila de tecnología extranjera.

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