Salud universal, ¿ahora sí?

Editorial EL UNIVERSAL

Hace unos años se anunció con bombo y platillo que el seguro popular había logrado que todos los mexicanos tuvieran un seguro médico. El logro fue cuestionado después no sólo por falta de rigurosidad en el censo, sino porque los gobiernos estatales, que reciben recursos federales para aplicar el seguro, utilizaban con dudosos criterios dichos recursos. Sólo un plan que agrupara a todas las instituciones de salud del país, propusieron otros, lograría la hazaña.

Esa parece ser la convicción ahora. En junio próximo arranca el Sistema Universal de Salud en México, con el cual una persona podrá ser atendida en hospitales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y de las secretarías de Salud federal y estatales, independientemente de la institución de salud en la que se encuentre afiliada. La finalidad: aprovechar las fortalezas de cada uno de esos organismos para subsanar las debilidades que, por separado, tienen.

En esta primera fase las instancias de salud federales y estatales podrán intercambiar pacientes dentro de un cuadro inicial de 100 intervenciones médicas. Es decir, que si un hospital del IMSS es especialista en un tipo específico de transplante, éste recibirá pacientes del ISSSTE o de la Secretaría de Salud, donde carecen de recursos para dicho procedimiento. Y viceversa con otros padecimientos.

Desde luego que habrá críticas, dudas razonables. Una de ellas es que acercarse a un sistema de salud universal es terminar de quitar los pocos incentivos que había para el trabajo informal. Alguien puede tener seguro popular y ser vendedor ambulante, pero el servicio —tenían el consuelo los detractores del esquema— no era de la misma calidad. Una vez concretado el plan de la presente administración, en teoría la calidad en la atención será la misma tanto para un profesionista contratado en una empresa, como para un desempleado.

Sin embargo, es válido también el argumento de que si todo mexicano tiene acceso a los servicios de salud sólo por el hecho de haber nacido en este país, tendrá igualdad de oportunidades para desarrollarse mejor en el resto de los ámbitos de su vida. No es poca cosa porque para familias de ingresos medios o bajos una emergencia médica trae consigo una tragedia económica.

Un Sistema Universal de Salud que consiga, al final de todas sus etapas, asegurar con la misma calidad a todos los mexicanos, será el mejor piso parejo para el desarrollo social. La inequidad entre los ciudadanos parte de la desigualdad en su acceso a los servicios públicos. Reducir esa distancia, pese a los inconvenientes, es una buena idea.

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