Entre Trump y Jimmy Morales

Editorial EL UNIVERSAL

El estadounidense Donald Trump y el guatemalteco Jimmy Morales son muy diferentes, pero ambos comparten un factor común: son el resultado de un hartazgo social con la clase política tradicional. México no es ajeno a ese fenómeno y así lo demuestra la elección en la que Jaime Rodríguez, El Bronco, resultó electo gobernador de Nuevo León. Pero, ¿ser “ciudadanos” hace a los gobernantes mejores? Nos encontramos en una coyuntura histórica, en la cual la respuesta a esa pregunta determinará el futuro de más de un sistema político.

El pasado domingo, en el vecino país del sur, resultó electo Jimmy Morales Cabrera como el próximo presidente de Guatemala. Logró casi 70% de los votos, lo cual muestra el respaldo popular a un cómico de televisión y de cine que jamás había tenido experiencia en asuntos de gobierno. Se caracterizó por responder con bromas a preguntas serias y por parecer gente común frente a oponentes tradicionales. Aun así, en la primera entrevista que concede a un medio extranjero tras su victoria, le dijo a este diario sobre las deportaciones que México y Estados Unidos hacen de sus paisanos: “Iniciamos ya una conversación con la embajada de México para tratar de que los guatemaltecos tengan plena garantía del respeto a sus derechos humanos”. Respuesta muy cautelosa.

La gente probablemente habría preferido un exabrupto. No lo hizo. Como El Bronco tampoco se peleó con el presidente Enrique Peña Nieto tras asumir el poder en Nuevo León; al contrario, hasta fue a visitar al mandatario a Los Pinos como el resto de los candidatos ganadores en el pasado proceso electoral. Signo de tranquilidad que, sin embargo, podría generar después desencanto si los gobernantes independientes no demuestran ser diferentes en los hechos.

En campaña los candidatos suelen ofrecer más de lo que realmente están dispuestos a hacer. Es difícil imaginar un escenario en el que Donald Trump expulsa a todos los 12 millones de indocumentados y además obliga a México a pagar por la valla entre los dos países. Lo preocupante sería que de verdad crea poder hacerlo.

El auge de los candidatos independientes entraña un riesgo. Sin partidos políticos que los obliguen a ciertos estándares, los gobernantes podrían creer que no le deben nada a nadie.

En un mundo ideal, donde la democracia funcione como debería, los gobiernos temen a sus electores porque éstos permanecen siempre vigilantes y dispuestos a la acción, aun después de la victoria electoral. De esa manera no importaría la pertenencia o no a un partido político. Mientras eso no ocurra, bien haría la gente en tomar las mismas precauciones con cualquiera que accede al poder. Todos necesitan contrapesos.

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