Agujeros capitalinos

Editorial EL UNIVERSAL

Un cadáver colgando sobre un puente no es necesariamente el síntoma de una ciudad sumida en el terror, pero cuando algo tan impactante ocurre, no hay forma de evitar que la percepción de la gente vaya en esa dirección. Ese homicidio, más otros dos ocurridos en las horas siguientes, despiertan una alarma que no debería ser menospreciada por las autoridades capitalinas, aun si están convencidas, como lo han dicho, de que en el DF no hay crimen organizado.

Comencemos por admitir que hay un problema en crecimiento. Durante el primer tramo de este año —del 1 de enero al 30 de septiembre— el número de homicidios intencionales en la capital fue de 679, es decir, 119 más que en el mismo periodo de 2014. Cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Si este es un caso aislado, producto de una pugna entre pequeñas bandas rivales sin gran influencia en la población, entonces eso habría que decir de manera inmediata. La especulación que ha generado el silencio gubernamental sobre el tema podría derivar en la creencia generalizada de rumores que tanto daño han hecho en otros casos, como el del multihomicidio en la colonia Narvarte, o como la psicosis vivida en 2012 en el oriente del Valle de México, cuando la gente temía a supuestos hombres armados que disparaban a diestra y siniestra, cosa que jamás se confirmó.

Durante la última década el Distrito Federal ha sido una especie de santuario ante la barbarie del crimen organizado padecida en otras zonas como Tamaulipas o Michoacán, e incluso en las otras dos grandes ciudades del país, Monterrey y Guadalajara, que por algún tiempo parecían una zona de guerra. No se mantuvo así por efecto de que se dejara de hablar de los crímenes que siempre se han cometido en la ciudad, algunos de ellos muy brutales, sino por la percepción de que dichos casos eran ajenos a la pugna entre cárteles. La naturaleza de los homicidios cometidos en últimas horas cambian esa imagen.

Es verdad que hasta el día de hoy una persona puede caminar sin esperar una balacera por casi cualquier calle del Distrito Federal. Sin embargo, también es cierto que la zona de Iztapalapa donde fue colgado el cadáver en un puente es una de muchas áreas en la ciudad donde la gobernabilidad se diluye.

Así como hay carreteras en Tamaulipas o Guerrero por donde pocos se atreven a pasar, hay colonias en el Distrito Federal que son el equivalente a las favelas de Río de Janeiro, en las cuales la policía difícilmente entra y en donde es común el narcomenudeo. No es casualidad que ahí se dé el problema.

Convencer a la ciudadanía de que el DF sigue siendo la excepción en seguridad requerirá atender esos focos rojos.

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