Examen de conciencia de un literato

Christopher Domínguez M.

Fabrizio Cossalter y sus amigos han tomado la iniciativa de fundar un pequeño sello editorial en la Ciudad de México, llamado Ai Trani, y dedicado, en principio, a la difusión de la tradición ensayística italiana en nuestra lengua. Bienvenida sea semejante temeridad pues el aire fresco nos llena de ventura a quienes teníamos a la crítica italiana como amante secretísima. Y oso afirmar que sin ella, la “hermana pobre” de la crítica francesa, alemana o inglesa, la literatura europea de los últimos siglos es una película espectacular desenfocada, a la cual le falta el último trabajo de edición pues la situación casi periférica de Italia le da un cerca/lejos a su mirada cuya movilidad asombra. Da en el blanco, ajusta el color. Lo descubrirá quien lea a De Sanctis, casi un Sainte–Beuve, y a Croce, Gramsci, Ungaretti, Montale, Giacomo Debenedetti, Sergio Solmi, Praz, Citati, Macchia, Magris y Calasso, más todos aquellos que, como Renato Serra (1884–1915), Ai Trani nos ayude a conocer.

Con un gesto de convicción asumida, estos editores abren su catálogo en 2015 con el Examen de conciencia de un literato, del malogrado Serra, quien murió hace un siglo en las trincheras de la Gran Guerra; aquella contienda que dejó malherido y mató después a Apollinaire e hizo de Ernst Jünger un gigante misántropo. Victoriosos en el papel, maltrechos en el frente, no obtuvieron los italianos en Versalles los territorios austro-húngaros ambicionados y por ello, entre otras razones, vino el fascismo, tan simpático y novedoso en los años 20 como lo era su rival bolchevique.

Leídas y releídas las escasas 78 páginas de Examen de conciencia de un literato, que además de la nota del editor y el epílogo a cargo de Massimo Rizzante trae una larga escena proustiana sobre la “Salida para Libia de un grupo de soldados” (1912) y un mutilado (por la censura de hace un siglo) “Diario de trinchera” tan vitalista, como el que recién conocimos de Jünger el año pasado, pienso, como hipótesis de lectura, en aquella variante nietzscheana de la lámpara de Diógenes. Con ese utensilio de aceite utilizada por el filósofo para encontrar en plena luz del día a un hombre honesto en la plaza de Atenas, podríamos decir que el rostro iluminado nos muestra, en Serra, a un escéptico. Va a aquella matanza de buena gana pero no embrutecido, convencido, con la Ilíada, de que la guerra es humana y su reto no puede ser librado.

Imbuido también de un rotundo eudemonismo, Serra, un crítico literario de Cesena que escribió más cartas que reseñas, cree que el bien y el mal se alternan de manera equilibrada a lo largo de la historia. Por ello, desde 1912, retrata a las tropas italianas embarcándose rumbo a Libia como a jóvenes fastidiados por el humanitarismo. Sabe que aquella multitud de reclutas es una “manada” pero como toda su generación, Serra considera que “el fracaso de la democracia no es un simple cambio de viento sobre un mar que no cambia: es una experiencia que queda en la realidad, como el trabajo en la tierra”. Por corrupta, por no ser adecuada para “los pueblos de disciplina y tradición” como las legiones romanas quizá imaginadas por Serra, la democracia ha sido tirada al basurero de la historia varias veces. El remedio siempre ha sido peor que la enfermedad pero en cada generación hay quien arrebata la palabra y se propone para volverlo a intentar.

Ello no lo podía intuir el teniente Serra en el frente, al escribir y publicar este Examen de conciencia de un literato (traducido por el propio Cossalter y por Rodrigo Jardón Herrera), donde, empero, se equivoca monstruosamente creyendo que esa guerra no cambiaría nada, como fútiles le parecen todas las batallas libradas en el pasado y poco educativas, según dice, para los literatos. Como Charles Péguy, de cuya muerte en el frente alcanzó a enterarse, Serra ignoraba la gravedad de la metamorfosis en la cual era carne de cañón, ajeno al misticismo patriótico de su maestro francés. Si Jünger, el gran intérprete de 1914, hubiese muerto de alguna de sus heridas en ese entonces, habría dejado un examen de conciencia tan lozano, sincero y aterrador como el de Serra, quien asume haber “logrado”, tras descalificar a los D’Annunzio y los Croce, sirviéndose de la guerra para nutrir sus diversas pedagogías, “destruir en mi mente todas las razones, los motivos intelectuales y universales, todo lo que se puede destruir, deducir, concluir; pero no he destruido lo que estaba en mi carne mortal, que es más elemental e irreductible, la fuerza que me aprieta el corazón. Es la pasión”.

Esa pasión lo llevó a morir cerca de Gorizia, en una de las primeras batallas dadas por Italia en una guerra que un crítico de la hipersensibilidad de Serra, como le ocurrió a T. E. Hulme un par de años después, no supo comprender. Las aventuras de los escépticos son las más difíciles de entender pues a menudo son hijas de la pasión y no del criterio: “No esperemos nada. Sabemos que nuestro sacrificio no es indispensable”, escribe Renato Serra. Dos frases tan sólo que muy bien puede ser un epitafio para este escéptico caído en combate.

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