Buenas y malas noticias de la desigualdad

Andrew Selee

Vale la pena analizar estas dos tendencias aparentemente opuestas que marcarán el futuro del planeta en los próximos años

Hay buenas y malas noticias sobre la desigualdad a nivel global. En términos generales, la brecha entre los países más y menos desarrollados se está cerrando por primera vez en más de dos siglos, mientras que la desigualdad está aumentando dentro de muchos países del mundo, incluyendo a México y especialmente EU. Vale la pena analizar estas dos tendencias aparentemente opuestas que marcarán el futuro del planeta en los próximos años.

Durante casi toda la historia humana, el crecimiento económico alrededor del mundo era mínimo. Hubo, sin duda, épocas de oro en varias partes del mundo que a veces duraban hasta varios siglos. Grecia, Persia, Roma, China clásica, los Mayas, los Incas, el imperio de Mali y muchos otros tuvieron su auge en que hubo una acumulación de capital que permitió que se generara cierta riqueza, conocimiento e infraestructura más allá de lo normal. Pero todos estas civilizaciones tarde o temprano decayeron y perdieron casi todo el capital acumulado.

Pero a partir de 1700, en Europa y EU se generó un círculo virtuoso de innovación tecnológica que permitió que esta parte del mundo se despegara del resto. Por primera vez en la historia, como explica Jack Goldstone en su libro Why Europe? (¿Por qué Europa?), el crecimiento se sostuvo y siguió incrementando. En Europa (y EU) pasaron de ser más pobres que China en el siglo XVIII, a ser los ricos del mundo desde el XIX hasta el presente. Sólo Japón, al tratar de imitar a Europa conscientemente, logró despegar también.

Pero en los últimos años se ha visto que la misma innovación tecnológica que ayudó a que Europa brincara las barreras de desarrollo hace dos siglos ya está ayudando a China, Corea, Singapur, India, Turquía, Brasil, México y otros países a que se vayan acercando, poco a poco, a los niveles de desarrollo de Europa y EU. En algunos países este esfuerzo empezó antes (Corea, Singapur) y en algunos otros (China, India) va más rápido que en otros.

Falta mucho para que realmente se viva igual en todo el mundo, y hay países y regiones enteras (África) donde ni siquiera se observa que se está cerrando la brecha. Pero en su libro El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty predice que para el 2050, los países que antes se consideraban “en desarrollo” tendrán un porcentaje de la riqueza del mundo igual al de Europa y EU, una transformación dramática. No estaremos todos iguales, pero habrá menos distancia que antes y eso cambiará también el balance del poder global.

Desafortunadamente, mientras la desigualdad entre países está disminuyendo, la brecha dentro de muchos países está en aumento. Piketty muestra que en EU esta brecha interna es especialmente notable, con 10% de la población que controla un 72% del capital, aún más que en Europa, donde se acerca al 60%.

En México los datos son menos completos, pero un nuevo estudio hecho por Gerardo Esquivel para Oxfam México sugiere que algo parecido también está pasando aquí. La desigualdad bajó en México de 1996 a 2009, pero luego empezó a repuntar fuertemente desde 2010. Actualmente el 10% de la población controla el 64.4% de la riqueza de México, no lejos de Inglaterra y Francia pero en proceso de aumento.

¿Por qué nos debe preocupar la desigualdad? En parte hay cuestiones de justicia básica en una sociedad democrática, los temas que toca Ricardo Raphael en sus libro Mirreynato. Pero la desigualdad también funciona como freno al crecimiento económico, como explica Piketty, afectando al país en su conjunto y, sobre todo, esconde los efectos del desarrollo. Mientras México está creciendo a paso lento, pero seguro, los beneficios de este crecimiento no alcanzan a toda la población. Hay un sector —el 10% más arriba y en menor grado, quizá, otro 30 o 40%— que se beneficia del crecimiento sostenido, mientras la mitad del país sigue viviendo como antes.

No es que las cosas no cambien en México —el país sí ha evolucionado en las últimas dos décadas— pero estos cambios han beneficiado a algunos mucho más que a otros. Y comprender cómo las cifras de crecimiento macroeconómico inciden en la calidad de vida de la gente es central para entender el país que se quiere construir.

Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson

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