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Nacionalismo incluyente

30/05/2015
03:20
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Casi todos los países fuertes que emergieron en los últimos dos siglos, incluyendo México y EU, lo hicieron con una concepción de nacionalismo basado en una cultura o destino común. En el siglo XXI, en que la globalización económica y las migraciones han transformado la identidad de los pueblos, es cada vez más evidente que los países exitosos tendrán que basar su nacionalismo en criterios más plurales e incluyentes.

Los países europeos que hoy conocemos pasaron por estos ejercicios de construcción de identidad en la segunda mitad del siglo XIX, cuando países como Italia, España y Alemania, que eran colecciones de identidades regionales, construyeron estados nacionales unitarios. En las Américas, este ejercicio inició desde la independencia a principios del siglo XIX y ganó fuerza en el siglo XX, cuando los países de la región empezaron a forjar identidades basadas en concepciones únicas de su cultura e historia.

Para México, la idea de la raza cósmica, que unía indígenas y españoles en una sola mezcla cultural, los símbolos de la Revolución y el arte y cine de la época de oro, ayudaron a construir símbolos de un pueblo unido, ayudado también por las interferencias desde Estados Unidos, que crearon un enemigo común contra el cuál había que defenderse.

En EU, el Destino Manifiesto, la noción de que el país debe extenderse de costa a costa, y luego una idea de excepcionalismo norteamericano, en que Estados Unidos se consideraba el farol de la libertad en el mundo, contribuyeron a una identidad bien marcada en el vecino del norte (si bien EU irónicamente también contribuyó al nacionalismo en otros países por sus interferencias en sus asuntos internos).

El siglo XX vio el nacimiento de nuevos países en África y Asia, algunos de los cuales no habían existido antes. Turquía se construyó sobre las cenizas del Imperio Otomano, creando por primera vez un país que apelaba al idioma y símbolos de nacionalismo turco. La India, una vez una colección de reinos y principados hasta la llegada de los invasores ingleses, recibió su independencia en 1947 y tuvo que construir una identidad propia como país independiente que unía a distintas culturas y religiones. Casi todos los países de África (excepto Etiopía) se crearon en el siglo XX y tuvieron que generar identidades comunes en sociedades compuestas por múltiples identidades étnicas.

Todos estos procesos de construcción de naciones requirieron la creación de símbolos e ideas comunes y de intentar borrar las diferencias y divergencias internas. Forjar patria en países nuevos requirió de un ejercicio unificador pero también excluyente, la construcción de ejes comunes pero también la destrucción de identidades plurales y diferenciadas.

El mundo hoy ha cambiado. Los países que tuvieron éxito en construir una identidad compartida pueden ser menos celosos en mantener su identidad, y en un mundo cada vez más móvil y globalizado les conviene serlo. Para Estados Unidos, el reto ya no es que todos se sienten estadounidenses, sino cómo se pueden celebrar las múltiples contribuciones de las culturas inmigrantes que forjaron al país, junto con sus culturas nativas. Para México, también hay retos de incorporar a las contribuciones de los Mexicanos asentados en el exterior, las culturas e ideas de los pueblos indígenas, que siguen conservando identidades plurales dentro de la unidad mexicana, y las herencias de inmigraciones de Europa, África y Asia.

En casi todos los países del mundo, ahora conviven fuerzas excluyentes e incluyentes en cuanto a la formación de identidad nacional. En gran parte de Europa, vemos un debate feroz entre los que quieren reconocer las contribuciones de los inmigrantes y los que quieren asimilarlos a la fuerza. En la India compiten ideas de nacionalismo religioso hindú con concepciones más amplias de un país de muchas tradiciones religiosas. En Turquía, la idea de una nación unitaria compite con el reconocimiento de la minoría kurda y otras pequeñas comunidades. En África, algunos países han logrado asimilar las diferencias étnicas mientras otros viven una guerra constante de poderes entre ellas.

No hay soluciones fáciles a este reto de nacionalismo incluyente, pero es casi seguro que en un mundo globalizado en que se requiere agilidad para manejarse con culturas y formas de ser diferentes, los países que logran conservar una fuerte identidad nacional pero también abrazan sus diferencias internas, serán los ganadores.

Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson

Andrew Selee fue el Director fundador del Instituto México del Centro Wilson en Washington, DC y se desempeña actualmente como presidente del Instituto de Políticas Migratorias.