Acapulco, paraíso perdido

Alfonso Zárate

Si Tijuana y Ciudad Juárez recuperaron la tranquilidad fue gracias a una estrategia que incluyó a la ciudadanía

La situación que vive Acapulco es perturbadora: la proliferación de bandas criminales (se habla de más de cincuenta) que se disputan la plaza a sangre y fuego; el cobro de piso a comerciantes, homicidios, secuestros, el cierre de escuelas por el miedo de los profesores a ser extorsionados o asesinados… el infierno.

Por décadas, Acapulco fue, en el exterior, la referencia de un México moderno, exitoso, pujante; era el destino turístico preferido lo mismo de los magnates y celebridades internacionales que de la clase media y los sectores populares del país; para todos había una opción en el bello puerto. Pero ni siquiera en aquellos momentos luminosos en los que lo visitaban Marylin Monroe, Elvis Presley, Orson Welles, los Kennedy, el Sha de Irán, Eisenhower, Frank Sinatra o Aristóteles Onassis, desapareció el otro Acapulco, el de las casuchas en el anfiteatro, el de la colonia Renacimiento, el del Rey Lopitos…

¿Cómo explicar que Acapulco, la principal fuente de ingresos del estado, concentre el mayor número de personas en pobreza y en pobreza extrema de la entidad: 405 mil 499 personas (51.6% de su población) y 107 mil 48 personas (13.6%), respectivamente, según cifras del Coneval? Sólo la corrupción, la ineptitud y la mezquindad de la clase gobernante explican que la enorme captación de recursos fiscales no se hubiera traducido en acciones de gobierno que atendieran la brutal pobreza y propiciaran un desarrollo menos desigual. En Guerrero no han cambiado mucho las condiciones estructurales de violencia y abandono que llevaron hace medio siglo a Lucio Cabañas y a Genaro Vázquez Rojas a tomar las armas y subirse a la sierra.

El deterioro no es, por supuesto, noticia fresca. En febrero de 2014 Javier Saldívar Rodríguez, entonces presidente de la Canaco de Acapulco, comparaba la década de los setenta, cuando el turismo extranjero representaba 80% de los visitantes del puerto, con el 4% que registró hace tres años. Dinámica que se expresaba en otra cifra: sólo entre 2010 y 2012 cerraron mil 200 comercios, tanto en colonias populares como en la franja turística del puerto.

Situación que ha llegado al colmo en meses recientes, como lo evidencia la desesperación de los comerciantes establecidos de la Costera Miguel Alemán, quienes imploran a los “hermanos” delincuentes una tregua, la imposición de una pax narca. Laura Caballero Rodríguez, presidenta de la asociación de comerciantes, ha llamado a los tres órdenes de gobierno a que les condonen los impuestos para poder pagar la cuota que les exige la delincuencia organizada. Los operativos de la Federación que buscan recuperar la tranquilidad, dicen los comerciantes, son muy visibles pero poco eficaces.

También el clero habla de tregua. En la revista Proceso (14 de marzo), se publica una entrevista con el arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias, en la que reconoce que pidió una tregua al crimen organizado durante las vacaciones de Semana Santa, al tiempo que avala la propuesta del gobernador Héctor Astudillo de permitir la siembra legal de amapola para fines medicinales e industriales, como una alternativa para los campesinos guerrerenses.

El dirigente de la Coparmex en Chilpancingo, Adrián Castrejón Ríos, ha pedido a la autoridad que autorice a los empresarios “armarse” para defenderse. En la ciudad las ventas han caído un 70% por la inseguridad; en el ramo de la construcción, uno de los más afectados, la delincuencia les exige 10% del monto total del contrato.

¿No tiene remedio Acapulco? No podemos resignarnos a perderlo en esta oscura noche de violencia sin freno. Si Tijuana y Ciudad Juárez recuperaron la tranquilidad fue gracias a una estrategia que incluyó, ciertamente, el despliegue de fuerzas federales, pero no sólo eso; se puso en marcha un acercamiento integral en el que cada institución hizo su parte: el Congreso del estado, reformando las leyes; el Ejecutivo, depurando las policías y los sistemas penitenciarios; y, un factor clave: la participación ciudadana. Acapulco no puede ser el paraíso perdido, tiene que ser el paraíso recuperado.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.

@alfonsozarate

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