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El persistente horror veracruzano

Alejandro Hope

Una camioneta. Nueve cadáveres regados en el pavimento. Dos más al interior del vehículo. Todos con señas de tortura, todos con herida de bala. Un mensaje amenazante, inscrito en una cartulina naranja: “Guerra querían, guerra tendrán”. En una zona de clase media del municipio de Boca del Río, no muy lejos del mar.

La escena llama al recuerdo de un hecho similar, ocurrido en el mismo municipio hace algunos años. En septiembre de 2011, un grupo de malnacidos dejó un camión repleto de cadáveres, 35 en total, frente al centro de convenciones de la localidad, sede al día siguiente de una reunión de la Conago. Fue el atroz debut público de los Matazetas, un brazo armado del entonces incipiente Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Fue también un episodio de una vasta guerra entre grandes organizaciones criminales que regaría cadáveres en buena parte del territorio nacional.

Lo de ayer, lo de los 11 cuerpos, parece ser algo distinto. Esto luce más a pleito de bandas emergentes, de grupos que son menos que un cártel y más que una pandilla, de fragmentos o de fragmentos de fragmentos de lo que antes fueron amplios imperios criminales.

¿De cuáles? A saber. En Veracruz operan unos Zetas que se dicen Zetas Vieja Escuela y otros, previsiblemente menos tradicionalistas, que se hacen denominar Cártel del Noreste (o Comando Bronco). Y hay otros, provenientes de lo que antes fue el Cártel del Golfo, que se hacen llamar los Metros. Y puede haber otros que se dicen Rojos (a no confundir con Los Rojos que operan en Morelos y Guerrero) y otros más que portan el no muy intimidante nombre de Fresitas. Y hay aún, según reportes del gobierno federal, Matazetas a las órdenes del CJNG y Gente Nueva, denominación que portan algunos matarifes asociados al Cártel de Sinaloa.

Si eso es cierto, si esto fue asunto de bandas, banditas y bandotas más locales que nacionales, tenemos en Boca del Río, de masacre a masacre, una muestra a pequeña escala de la evolución que ha sufrido en pocos años el submundo criminal mexicano: la fragmentación de los grandes cárteles, la diversificación de las actividades delictivas, el énfasis en el expolio más que en el tráfico ilícito.

Hay, sin embargo, algo que permaneció trágicamente constante entre 2011 y 2017: la jodida impunidad, la certeza de los asesinos de que pueden matar a humanos por decenas sin temor a un castigo. Cinco años y medio después de los 35 de Boca del Río, Veracruz (y México entero, si me apuran) sigue en lo mismo, sin autoridad suficiente para prevenir y sancionar actos bárbaros.

Un horror.

Analista de seguridad

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