En el nombre del padre

Salvador García Soto

La segunda quincena de agosto pasado, el ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard Casaubon, volvió del autoexilio y por unas semanas estuvo en esta ciudad en busca de un regreso a la política en activo. Procedente de Los Ángeles, donde radica, Ebrard vino con dos objetivos: el primero, hablar con Andrés Manuel López Obrador y ver la posibilidad de que el dirigente de Morena lo considerara para integrarse como estratega a su campaña o para una posible candidatura al Congreso. Dos semanas después de su estancia en el país, donde se movió siempre con bajo perfil, regresó a California sin ninguna de las dos cosas que pretendía y con una petición de López Obrador a que esperara “hasta después del 1 de julio del 2018 para platicar”.

Marcelo había avisado desde antes de su llegada y había pedido una cita con Andrés Manuel que le habían confirmado para mediados de agosto. Venía a ofrecer su experiencia y su capacidad de operación política y electoral al servicio de la campaña de Morena, especialmente de la contienda presidencial. Varios cercanos del ex gobernante capitalino, que lo vieron por esos días, confirman que Ebrard venía con toda la intención de sumarse a la campaña lopezobradorista a la que sentía que tenía mucho que aportar.

Y el día de la cita acudió puntual al lugar donde vería a López Obrador, al mismo al que él dejó pasar en 2012 a la candidatura presidencial del PRD, cuando ante el virtual empate técnico en las encuestas para definir al candidato, el entonces Jefe de Gobierno del DF decidió que no saldría a solicitar otra encuesta ante la amenaza de Andrés Manuel de desconocer los resultados e irse como candidato de otros partidos, con lo que dividiría a la izquierda. Aquella vez, en noviembre de 2011, junto con Manuel Camacho su tutor político, Ebrard prefirió sacrificar su candidatura presidencial y dejar pasar a AMLO, a cambio de que le dejara el control de la ciudad, con su candidato, Miguel Ángel Mancera, quien unos meses después rompería con él.

Cuando llegó a la cita salió a recibirlo Andrés Manuel, pero no López Obrador, sino López Beltrán, el hijo menor y quien hoy se ha convertido en el operador político de todas las confianzas del líder de Morena. Marcelo no pudo ocultar su sorpresa, pero el hábil “Andresito” rápidamente atajó cualquier pregunta: “Mi papá te ofrece de entrada una disculpa por no poder verte, pero estaba muy ocupado, pero me pidió que platicara contigo y te transmitiera un mensaje suyo”, dijo el joven que hoy maneja muchos de los asuntos políticos y personales de su padre, especialmente los que tienen que ver con candidaturas de Morena.

El mensaje que transmitió López Beltrán fue escueto y conciso, según revelan dirigentes cercanos de Morena: “Mi papá te agradece mucho tu intención de apoyarlo y de sumarte a su proyecto, lo valora mucho, pero me pide que te transmita que en este momento no hay las condiciones, y que te pide tu comprensión para que puedan platicar tú y él de una incorporación tuya pasando el 1 julio del próximo año. Con mucho gusto entonces platicará contigo para ver cómo te sumas”.

La respuesta de Ebrard a un planteamiento que no se esperaba fue lo más política posible. Ofreció “de cualquier modo” su apoyo en la campaña aún de manera externa y aceptó el mensaje de López Obrador. No hubo mayor explicación, según comentan, de las razones de negarse a incorporarlo a la campaña de Morena y tampoco la pidió. La despedida fue cortés y en los mejores términos y, unos días después el ex gobernante capitalino regresó a Los Ángeles, donde continúa asesorando a Antonio Villarraigosa para su anunciada candidatura a gobernador de California en 2018.

Hoy dicen su cercanos, como Elías Moreno Brizuela, que Ebrard sí vendrá, aunque sea ocasionalmente a apoyar la candidatura de López Obrador, aunque también tiene una cercana relación que sigue cultivando con Dante Delgado, el dirigente de Movimiento Ciudadano. Veremos, pues, qué papel juega Ebrard en el 2018 mexicano, pero lo que es un hecho es que no se le verá, como se esperaba, en el equipo cercano de Andrés Manuel, después de que “Andresito”, hablara “en el nombre del padre”.

NOTAS INDISCRETAS…Cuando se habla pretenciosamente a nombre de la “sociedad civil”, se corre el riesgo de autoerigirse ya no sólo en una voz ciudadana legítima y calificada, sino en juez absoluto de todo. A Juan Pardinas muchos lo conocen y respetan como académico y promotor ciudadano de la transparencia y la rendición de cuentas de políticos y gobernantes. Su labor en el IMCO es reconocida por aportaciones como la declaración “3de3”, llevada a la ley por petición de organizaciones civiles. El problema viene cuando, en defensa de sus amigos, pretende convertirse también en juzgador de la labor de los medios y en auditor y censor de lo que a su muy personal juicio es libertad de expresión. Porque si se trata de lo que él y sus amigos académicos o dirigentes civiles dicen y cuestionan a cualquier figura pública o política, entonces es pura “libertad de expresión”, pero si se trata de un medio que critica o cuestiona a él o a sus amigos, ya sean políticos o académicos, entonces exclama “extorsión”. Y así, sin documentar sus afirmaciones, acusa a un periódico centenario como EL UNIVERSAL de “linchar” a políticos de oposición a los que parece defender sin explicar por qué cree ciegamente en su inocencia. De paso, aprovecha para defender, ese sí como un diario honesto e impoluto, a Reforma, periódico en el que escribe. Vaya manera de autoerigirse en juez, que legitima o deslegitima la libertad de expresión a conveniencia suya, de sus amigos o de los políticos que, aunque tengan a sus estados sumidos en la violencia y la inseguridad y a sus partidos fracturados y divididos, los defiende como “blancas palomitas”. Eso sí es extorsionar, don Juan: descalificar, sin probar sus graves señalamientos, a quienes no hablan bien de usted o de sus cuates…Los dados mandan Escalera doble. Bien comienza la semana.

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