Entre sismos y cismas ha iniciado en el país una etapa política potencialmente telúrica. Empezó con septiembre, marca de salida del último año de este gobierno y del proceso electoral con que habremos de reemplazarlo. Y arrancó con sobresaltos, violentas sacudidas y profundas fracturas en su sentido más estricto, pero también en el más extendido.

El viernes 1 de septiembre, Enrique Peña Nieto entregó su 5to Informe de Gobierno a una Cámara de Diputados sin Mesa Directiva electa, y a una de Senadores con la suya no reconocida por todos sus integrantes, como consecuencia de una confrontación entre partidos políticos y varias más al interior de ellos.

Con la institucionalidad quebrantada, Peña Nieto emitió su mensaje a la nación el sábado 2 de septiembre. Entre sus invitados personales y sin voz crítica alguna, el Presidente hizo la apología de su gestión: reformas convertidas en panacea a fuerza de spots publicitarios, economía en marcha con un crecimiento promedio de 2.1% anual en lo que lleva este gobierno, cifra récord de empleos cercana a los tres millones y la reducción, en dos millones de personas, de la cifra total de mexicanos en pobreza extrema.

Pero el jueves 7 de septiembre llegó, inesperado y fuera de programa, el monstruoso contrainforme de gobierno: un terremoto de 8.2 grados, el peor de los últimos cien años, que cobró la vida de casi un centenar de compatriotas, destruyó ciudades de Oaxaca y Chiapas, y sacudió hasta el alarido a la Ciudad de México. Un contrainforme de gobierno con miles de réplicas, también en su sentido más estricto, pero igualmente en el más amplio.

El terremoto fue un contrainforme porque sus efectos mostraron lo lejos que estamos del mundo de bienestar que Peña Nieto cree que es México y contó en su informe. Sus efectos devastadores nos volvieron a desnudar y develaron los frágiles cimientos y la secular vulnerabilidad en que nos hemos fincado.

El terremoto mostró cómo la desgracia se ceba con la desgracia. La destrucción de viviendas y magras propiedades fue a cuenta de habitantes de los estados más pobres del país, víctimas además de gobiernos que los han saqueado. Probablemente entre ellos están o estaban los dos millones de pobres extremos que el gobierno de Peña dice haber rescatado. Lo cierto es que ahí están muchos de los nueve millones 375 mil mexicanos que, de acuerdo con el Coneval, sobreviven en pobreza extrema; y los 55 millones 341 mil (43.6% de la población total) que están en situación de pobreza.

El terremoto profundizó esas grietas y agravó otras fracturas. Por supuesto que Peña Nieto debía volcarse en la atención de damnificados. No hacerlo hubiera sido el abandono de una de sus primordiales responsabilidades. Pero al hacerlo, busca inevitablemente un beneficio político. Al encabezar esa cruzada, asumirse como el héroe que salvará a los desprotegidos, gana en su decaída popularidad y abona puntos para enfrentar un fin de sexenio difícil y un proceso electoral muy confrontado.

La confrontación se ve ya con toda claridad en la sociedad y en los partidos políticos. El PAN, a no dudarlo, vive la confrontación más severa que no había tenido con el PRI en décadas. El escándalo del enriquecimiento de su líder, Ricardo Anaya, y la pretensión tricolor de imponer un fiscal general a modo, llevaron a la ostensible falta de acuerdo en la aprobación de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. En el forcejeo, finalmente resuelto el lunes, el blanquiazul contó con el apoyo del ya delineado Frente Amplio Ciudadano con el PRD y MC.

Pero, ¿garantiza eso su viabilidad como frente que postule a un solo candidato presidencial? Se ve muy difícil. En el PAN, fracturado inocultablemente entre anayistas y calderonistas, cada quién jala para su causa: el propio Anaya, Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle. Y en el PRD, en busca de lo que parece su última alternativa de sobrevivencia, reclama fueros para Miguel Ángel Mancera.

De ahí que, de acuerdo con las más recientes encuestas (Mitofsky y Parametría), las preferencias electorales por el Frente rebasan ya las de Morena, pero con nombres puestos en las alternativas, López Obrador sigue al frente en todos los careos posibles.

Morena, a su vez, deberá procesar en los próximos días la inminente salida de Ricardo Monreal y medir sus efectos en la unidad partidista. Y el PRI deberá hacer lo propio con la amplia militancia que se siente agraviada por la apertura a externos de los famosos “candados” y la insistencia de Peña Nieto de postular a alguien que le cuide las espaldas y garantice la continuidad de su negocio, perdón, de su proyecto.

INSTANTÁNEAS:

1. MARCAJE PERSONAL. El secretario de Salud, José Narro Robles, supervisa personalmente la atención médica y de prevención de riesgos sanitarios entre la población damnificada de Ixtepec y Juchitán, en Oaxaca. El programa incluye la atención de heridos en los hospitales del sector salud y la prevención de enfermedades en los albergues habilitados.

2. SUCESIÓN. Luis Serna Chávez y Héctor Serrano son los dos hombres de Miguel Ángel Mancera que tienen en sus manos el control de muchos hilos políticos en la Ciudad de México. Conforme se acerca la fecha del quinto informe del mandatario capitalino y con ella su salida del gobierno para construir su candidatura presidencial, crece la expectativa respecto al nombre del sucesor. Serrano se autodestapó como coordinador de la campaña, y de ahí que en los pasillos del edificio central del gobierno capitalino se mencione, cada vez con mayor insistencia, que Serna será el sucesor.


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