Tiempo presidencial y la 4T (I de II)

Pedro Isnardo de la Cruz y Juan Carlos Reyes

La 4T no congenia con propuestas propias de la era de la transición política y la
intermediación mediática y empresarial.
Por su vocación revolucionaria para cambiar el régimen político, la 4T implica la
recreación del sentido histórico y del presente de la nación, por ello genera tantas
resistencias, y en efecto, no podrá ser pensada y comprendida desde una lógica del
sistema antiguo.
Una clave para entrever el futuro inmediato de la 4T es el reloj del cambio utilizado por
el Presidente Andrés Manuel López Obrador, que está estrechamente ligado al tiempo
político de la 4T.
Si la sociedad mexicana exige resultados contundentes a la 4T, es porque no quiere
simulaciones, reformas cosméticas ni más actuación gubernamental fraudulenta. El
tiempo presidencial de AMLO y los hechos de su gobierno se apresta a convertir en el
corto plazo el legado del sistema a demoler en un nuevo régimen.
La sociedad quiere hechos y cambios sustanciales a los que el presidente AMLO les ha
dado fuerza de discurso histórico, potencia simbólica en la agenda ideológica del
cambio, heroicidad de liderazgo, pero para que sean un acontecimiento revolucionario,
requieren de diseños y capacidad de gestión de políticas públicas y transformaciones
tangibles.
Poco a poco, los efectos de la 4T ofrecen a gobiernos locales y del mundo, a actores
empresariales, de medios de comunicación, inversionistas internacionales, a la
ciudadanía mexicana, la ecuación virtuosa o el desfase entre los tiempos del Presidente
y el reloj de la 4T. Y conforme pasan los meses es claro que los avances simbólicos, la
ideología del nuevo régimen, la capacidad de minar estructuras tienen la voluntad
indeclinable e inobjetable de honestidad y cambio social, pero el tiempo político y los
cuadros de Estado están por formarse, para evitar que la operación del nuevo régimen
y la transformación se tense, dilate y frustre en sus alcances, méritos y obras.
Y no es por falta presidencial de conciencia y conocimiento detallado de las penurias,
necesidades y riquezas territoriales y de las comunidades mexicanas, y tampoco
porque el presidente se enfrenta a una realidad que se ha vuelto fifí o se resiste a girar.
Probablemente una ventaja clave para el estilo de ejercicio del poder del Presidente
AMLO es su sentido y percepción política a posteriori de sus decisiones: el Presidente
está evaluando todo el tiempo el significado cabal de los acontecimientos,
precisamente, porque su noción del cambio social sabe tanto del tiempo que la nación
ha perdido para transformarse, y a su vez, es consciente y previsor del impacto de sus
decisiones de poder, porque a su juicio, la acción que dura y es apreciada lo es porque
las decide el Presidente y porque el Estado debe ser un testigo y universo interlocutor
inmediato de su realización.
Por ello, las élites y grupos de poder que ofrecen resistencia al poder del Presidente
AMLO siempre serán valorados en el tablero de una lógica del tiempo revolucionario:
su resistencia para acompañar o no el giro que busca inspirarse y dar a la República.
Así, más temprano que tarde el Presidente podrá dar un golpe de timón en su
gobierno: en tanto aspira a un régimen democrático y no corrupto de Estado, requiere
de un gobierno republicano con cuadros profesionales de la 4T capaces de traducir
gobierno en coherencia, eficacia y arraigo social a su agenda revolucionaria.
En efecto, el factor tiempo “es una variable dotada de identidad propia: los actores que
participan en procesos en periodos clave, reflexionan sobre el tiempo perdido o
ganado, sobre acciones intempestivas, sobre decisiones que hubieran podido resultar
eficaces y que no lo fueron debido al mal momento al que se tomaron” [Linz, Juan J, El
tiempo político en un cambio de régimen, 1994, p. 30].
De esta manera, la agenda de transformación de la 4T tendrá futuro, dada la deuda
ética y empresarial de las élites mexicanas, pero difícilmente la acompañarán con el
compromiso que espera el presidente AMLO si el nuevo régimen no ofrece resultados
tangibles en la problemática de gobernabilidad actual de la inseguridad o, si en la esfera
del empleo y el crecimiento económico, no se logra capacidad progresiva de gestión
pública y de operación gubernamental donde las reglas del juego, las políticas,
proyectos, metas e indicadores de la agenda del cambio den muestra de certeza
jurídica y fiscal y procesos creíbles en viabilidad técnica, ambiental, presupuestal,
financiera y beneficios sociales tangibles.
Un liderazgo revolucionario como el del Presidente AMLO con gran capacidad de
sentido común, empatía y comprensión de los intereses genuinos de todos los
segmentos sociales, requiere acompañarse de un gabinete con doble calidad:
fisonomía revolucionaria en sus convicciones de cambio y verdaderos atletas del
cambio democrático de Estado; con disciplina y espíritu de medianía como
funcionariado y ritmo cardiaco para calibrar y operar en una velocidad inédita de corto
plazo, la viabilidad de las ideas y fines que traza el Ejecutivo federal cotidianamente, y a
su vez, comprensión íntima de las inercias históricas y de los procesos de
implementación necesarios en el corto plazo, competencias para re diseñar,
estructurar, operar y dar contexto social, comunitario y acompañamiento a los actores
de la nueva era del desarrollo local, regional y federal.
Se trata de un proceso político inédito y a la nueva agenda del desarrollo se le querrá
desfigurar por un ciclo temporal del cuestionamiento banal, se le buscará desacreditar
en sus expectativas y propiciará contra efectos, resistencias y disensos múltiples:
"Como siempre en un período de revolución, el impulso al cambio fundamental va
acompañado de desintegración y conflicto; además, como siempre, estos se atribuyen
a la elección desenfrenada de los hombres malvados en lugar de a las causas más
profundas y objetivas que son incapaces de controlar y de los cuales no son más que
símbolos efímeros. Como siempre, también, buscamos menos descubrir esas causas
objetivas que el encontrar algún remedio fácil y parcial que implica, al menos para
nuestra propio tiempo, el oscurecimiento pasajero de lo obvio y los más doloroso
síntomas de la enfermedad." [Laski, Harold, Reflections on the revolution of our time.
Viking Press, 1947].
Volvamos a las lecciones del politólogo Linz, vigentes para nuestra coyuntura: el legado
de crisis de ingobernabilidad, violencia e inseguridad (asociada con la preeminente
corrupción de Estado, el crimen y la narco economía), puede complicar el tiempo
político virtuoso de la agenda revolucionaria del cambio con la 4T.
En estas condicionantes reside, en buena medida, el que la huella de la actuación
presidencial, su toma de decisiones y los resultados que se exigen a su gobierno
después de cinco meses de asumir el poder, se califiquen como propios de un líder
autoritario e incluso de un gobernante dispuesto a ignorar la realidad y la crítica. En
realidad, el Presidente sabe que de sus adversarios históricos y críticos emblemáticos
no puede esperar demasiado, porque él tiene la mirada puesta en el espejo de la
historia y por lo tanto, se auto falsifican frente a esa prueba de la realidad no
consumada de cambios revolucionarios postergados en beneficio del país, y en esa
misma intuición, presupone que las crisis y las anticampañas serán un pan cotidiano,
prestos al fracaso del nuevo régimen, como “profecía que se autorrealiza”.
En términos de Linz, el legado del sistema (instituciones, organismos, reglas,
programas y contratos que se revisan en su probidad o necesidad de depuración) y las
diversas crisis y problemáticas estructurales, han desdibujado el éxito de diversas
medidas, políticas, leyes e iniciativas que impulsa el Presidente AMLO, y su carácter
intempestivo producen efectos indeseados, cada vez más elevados sobre la imagen de
estadista del Presidente, dado que despliega un proceso político y de gestión
gubernamental que reclama su propio y diferenciado proceso de planeación
estratégica, necesidades de recursos y diseños de sistemas / políticas públicas, así como
de una evaluación atinada de las condiciones de un futuro impredecible: “las acciones
llegan a ser prematuras o tardías, cuando las condiciones ideales aún no se dan o
cuando ya están superadas” [Linz, 1994, p.36].
El momento justo debe acompañar el proceso político del cambio con matriz
revolucionaria, de lo contrario, la agenda de la 4T puede perder su tiempo político
virtuoso para la República. En este sentido, por ahora, entre más avanza el periodo
sexenal del Presidente AMLO, su fuerza popular y su capacidad de sinergia con
electores excluidos del desarrollo, podrán sostenerse en niveles elevados.
Es clave pues el manejo de los tiempos en la toma de decisiones y en el proceso de
ejercicio del liderazgo pragmático presidencial en correspondencia con las prioridades
de la agenda de la 4T, y con ello, moldear compromisos, reglas e instituciones del
Estado mexicano para superar las circunstancias y problemáticas estructurales y sociales actuales.

 

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