Suscríbete

Vivir la historia en la UNAM

Jesús González Schmal

Por: Jesús González Schmal

 

Los 60 del siglo XX fueron años intensos para la juventud de entonces. Apenas en 1959, la Revolución Cubana, fraguada desde nuestra patria, abría un horizonte de cambios para la emancipación de toda América Latina. A no pocos cautivó la hazaña de Castro Ruz, derrocar al dictador títere de Washington era una fuerte señal contra otros gobiernos del subcontinente de raigambre militarista u obsecuente con las órdenes del tío Sam. El Che Guevara se convirtió en el ídolo de una juventud despierta que no se resignaba a ser el cabús del tren que arrastraba la locomotora del capitalismo norteamericano. La UNAM que nació en los albores de la Revolución Mexicana, y se nutrió de la misma, asumió el papel que le correspondía en el momento: profundizar y suscitar el estudio de las teorías y de los hechos, participar en el debate y la comprensión del suceso que conmocionó al mundo.

En esa década y en ese escenario, el ingreso a la Facultad de Derecho fue un privilegio. Los primeros días, difíciles, por la sensación del miedo a lo desconocido se agravaban por la entonces tradición de las “perradas”, en las que, al menos, los tijeretazos en el cabello eran obligadas “bienvenidas” de los que años antes habían ingresado. Sin remedio me correspondió estar pelón los primeros meses para ser identificado como primerizo en el imponente edificio de la escuela. No obstante, la compensación vino de inmediato, los maestros del grupo uno que seleccioné, eran sobresalientes.

El turno diurno empezaba a las siete y una tras otra hora las clases transcurrían. Cada día saboreaba más la erudición de los catedráticos. Economía, Sociología, Introducción al estudio del Derecho, Derecho Romano, Derecho Civil y multitud de conferencias en los auditorios Jacinto Pallares y Jus Semper Loquitur eran manjares que teníamos a la mano sin mayor esfuerzo. Lo duro serían después los exámenes, que exigían tiempo y dedicación para superarlos. La guerra de nervios esperando afuera del salón para entrar al ser llamado por orden alfabético era un trance nada fácil que podía durar horas o trasladarse para el otro día.

Pronto se iba uno identificado con nuevos compañeros. Algunos venían directamente de otro estado de la República, todavía las universidades locales, en su gran mayoría, eran incipientes. Otros procedíamos también de provincia, pero ya teníamos tiempo en la capital. Las diferencias de acentos eran notorias y las de origen socioeconómico, inadvertidas. Cruzando la entrada de la facultad, los que llegábamos en camión o los que venían en automóvil propio o hasta con chofer éramos los mismos al igual que el que dejaba en la entrada su cajón para chambear de bolero después de salir de clases. El pluralismo se enriquecía porque tampoco era raro que algún centroamericano o sudamericano estuviera inscrito y cursara la carrera. El ambiente intelectual te iba induciendo a buscar en el Derecho la vía de solución para los candentes problemas sociales que imperaban y que impresionaban junto con los que planteaban la confrontación de la guerra fría entre socialismo y capitalismo o la tercera posición de las encíclicas de la iglesia y las visiones dentro de ellas.

El tiempo se fue rápido. Ya para salir, pagando las últimas materias opcionales y haciendo la tesis, sobrevino 1968. El movimiento cundió rápidamente. Estuvimos en las marchas y en las protestas. El rector Barros Sierra entendió las causas y desdijo las imputaciones de patrocinios internacionales que nos atribuían. Días todavía más intensos que los de principios de la década, porque compañeros fueron aprehendidos, desaparecidos o caídos en Tlatelolco. La UNAM vivió horas, días, meses de angustia y tensión. Las Olimpiadas nos pasaron desapercibidas, pero el país se asentó. Desde entonces asumí la decisión, con diversos condiscípulos, de participar activamente en política partidista. Llegamos al Congreso como diputados con la ilusión de aportar experiencias y visiones para una democracia verdadera inspirada en los mismos ideales que nos inculcaron maestros ilustres de la Facultad y el conocimiento más extenso de la filosofía del Derecho y su sentido en la Historia Universal. La Facultad era el venero y complementación para afianzar ideas y proyectar propósitos personales y sociales.

A 50 años de distancia, todavía está más distante el logro de las aspiraciones. Los partidos, lejos de ser vehículos de cambio, se han perdido en la burocracia e intereses de sus dirigentes. La UNAM, sin embargo, permanece siendo brújula para orientar la voluntad de la nación hacia destinos superiores que identifiquen a todos los mexicanos con las mismas oportunidades y con los mismos derechos. “Por mi raza hablará el espíritu” sigue siendo el referente para distinguir lo esencial y perenne de lo pasajero y accidental. México y su cultura más preciada depositada en la Universidad, sigue siendo el reflejo de una república plural en lo geográfico, pero unitaria en los valores de independencia, justicia social, progreso equitativo, democracia y educación para todos. Recobrar ese sentido y materializarlo es la misión de todos los que recibimos directa o indirectamente (porque otras muchas universidades han nacido de la aportación de egresados de la UNAM) los beneficios de ella. El horizonte obscuro del vandalismo político pragmático, vacío de contenido y rumbo, debe transformarse en la luminosidad de las ideas, de los valores y de la ética. Los planteamientos honestos y la inmaculada probidad de los responsables de los asuntos públicos, como nos lo enseñó el estadista Benito Juárez, es el único camino para erradicar la violencia e implantar la paz que se finca en el respeto al derecho ajeno.

 

Coordinador General Autoridad del Centro Histórico. Gobierno del Distrito Federal

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios