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Un joven periodista muerto y una motocicleta que se aleja

31/01/2018
02:02
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Estoy en la esquina de Nahuatlacas y Rey Nezahualcóyotl, en donde la noche del 5 de enero pasado fue asesinado el editor de EL UNIVERSAL, José Gerardo Martínez Arriaga.

El periodista había acudido al mercado de La Bola, en la colonia Ajusco, para comprar los regalos de Reyes de sus sobrinos de 4, 8 y 12 años. Deseaba comprar también algunos dulces para los hijos de sus amigos.

El mercado se ubica a dos o tres cuadras de este sitio. Se trata de una colonia popular que, de acuerdo con vecinos, suele ser violenta e insegura incluso a la luz del día.

Una cámara registró el momento en que a José Gerardo le dispararon desde una motocicleta en la que viajaban dos personas. Al momento de caer, él llevaba unas bolsas con juguetes en la mano.

He contado aquí que una patrulla de Seguridad Pública fue enviada al lugar y lo llevó prácticamente moribundo al hospital de Xoco. Murió a las 5:50.

El parte policial dice que traía consigo una mochila color café, en la cual había “una muñeca tipo Barbie”, así como una bolsa con dulces. Las bolsas que, de acuerdo con el video, José Gerardo llevaba en la mano, ya no aparecieron. Tampoco su tarjeta de débito, de la que, según el registro de movimientos, había echado mano a las dos de la mañana para retirar 300 pesos.

En cambio, José Gerardo tenía consigo su cartera —en la que había una tarjeta de crédito—, así como su teléfono celular.

Entre sus líneas de investigación, las autoridades manejaron la hipótesis de un posible asalto. En el video que registró el momento sólo se ve que los tripulantes de la motocicleta fueron directamente hacia él.

En el mismo video aparece una persona que atestiguó los hechos, y se mantuvo al margen aun cuando la motocicleta se había retirado y el periodista yacía en el suelo.

En esta esquina hay empresas y negocios que a esa hora permanecían cerrados. Y algunas casas en las que la gente oyó un disparo —y luego las sirenas de las patrullas.

No existe nada más. Sólo un joven periodista muerto y una motocicleta que se aleja.

En un café de Coyoacán, hablé con la madre de José Gerardo, Martha Elena Arriaga.

A la mañana siguiente le avisaron que su hijo había sufrido un asalto y se encontraba en el hospital de Xoco. En ese hospital le dijeron, sin embargo, que no tenían “anotado” a un paciente de ese nombre.

La hermana del periodista, médica recién titulada, consiguió que la dejaran pasar a revisar los quirófanos. Mientras ella recorría el hospital, a la señora Arriaga le dijeron, en la sala de espera:

“¿No le han dado informes? Es que su hijo ya falleció”.

El vía crucis de la familia es indignante. Les entregaron la ropa de José Gerardo. Luego les pidieron que la devolvieran para que los peritos pudieran analizarla.

Les dijeron que no había testigos de los hechos, ni cámaras de vigilancia cercanas.

Luego les dijeron que había aparecido un video, pero que debían  llevar un USB nuevo para que la policía pudiera copiarlo y analizarlo.

Más tarde les dijeron que si querían que la investigación avanzara, preguntaran entre los vecinos “si alguien vio u oyó algo”.

También les prometieron asesoría sicológica. Les dieron una cita para el 21 de febrero (y mientras tanto tienen que sorber sus lágrimas).

José Gerardo Martínez Arriaga era el sostén de su familia. Su padre está enfermo e incapacitado desde hace algunos años; su hermana se acaba de titular; su hermano menor aún está estudiando. La señora Arriaga trabaja medio tiempo.

Todos ellos fueron alguna vez víctimas de la inseguridad. A la señora Arriaga le arrebataron la bolsa en el centro de Coyoacán. A la hermana de José Gerardo la asaltaron con pistola en el semáforo de Avenida Universidad y Miguel Ángel de Quevedo. A su hermano menor lo atracaron al bajar del micro, una noche, en División del Norte.

Luego vino la noche de Reyes en el mercado La Bola, con un joven periodista muerto y una motocicleta que se aleja; con un hospital en el que no tenían “anotado” al paciente que habían balaceado en la madrugada, y con una policía que encarga la investigación a los familiares de las víctimas, si es que quieren que el caso avance.

Con una colonia que es como la ciudad, porque la violencia y la inseguridad ocurren incluso a la luz del día.

Con una vida que se truncó, y una familia que se descompuso.

Y con nada más. Con nada más que las lágrimas que a la señora Arriaga le bajan por las mejillas, frente a dos tazas de un café que se ha quedado frío.