En Edomex, no todos los asesinatos importan igual

Héctor De Mauleón

Tengo la maldita impresión de que he escrito esta historia varias veces. Es una historia del Estado de México, en donde una y otra vez todo se parece tanto.
 
El 27 de julio de 2017, Mariana Joselin Baltierra Valenzuela, de 18 años, salió a la tienda a comprar huevos y jamón para el desayuno. Era las 9:30 de la mañana. Su madre, Saira Valenzuela, se quedó en su domicilio, en el Fraccionamiento Américas, de Ecatepec, cuidando a un hijo menor y a una sobrina de dos años.
 
“Sentí que ya se había tardado”, dice, “pues la tienda se encuentra solo a unos pasos”. Cuando el tiempo transcurrido la hizo convencerse de que había algo anormal, salió a buscarla con su sobrina en brazos. Preguntó en la tienda. Los encargados le dijeron que su hija había estado ahí, pero que “ya tenía un ratito”.
 
Regresó a su casa, encargó a la pequeña y volvió a la calle acompañada por una vecina. Le preguntó a quien pudo. Nadie había visto a Mariana. Saira decidió marcarle a su esposo. Él le dijo que en lo que llegaba a la casa marcara al 911 y explicara lo que estaba sucediendo.
 
En ese número levantaron el reporte. En Locatel pidieron la media filiación de Mariana y recomendaron a Saira levantar un acta en el ministerio público de San Cristóbal.
 
Lo hizo de ese modo y regresó a su casa varias horas después. Ahí seguían sin noticias. Su marido había pedido acceso a las cámaras de la zona, pero, dice Saira, “se le negaron, tanto en las públicas como en las particulares”.
 
Llegaron oficiales de la célula de búsqueda estatal. Llegaron oficiales de la Comisión de Seguridad. Pasaron las horas y la noche.
 
El viernes 28 de julio Saira salió muy temprano para repasar los sitios por los que Mariana tendría que haber pasado: un condominio, una carnicería, una puerta metálica gris con vidrios cuadrados que parecen espejos, un local de tortillas hechas a mano, y luego la tienda en la que su hija había estado. Mariana no tenía ni siquiera que atravesar la calle: todo eso está en un mismo predio. El día de los hechos la carnicería y la tortillería no abrieron. El resto de la calle funcionó como siempre (enfrente hay una verdulería y una pollería).
 
A  las 8.30 su cuñado le avisó que había una patrulla frente a la carnicería. Bajó corriendo a preguntar si había noticias de su hija. Los agentes respondieron que no estaban ahí por una desaparición, sino por otro asunto, y le pidieron que se retirara. “Tuve un presentimiento y no me quise mover del lugar”, relata. Pasaron dos horas en las cuales la zona se llenó de curiosos, y llegaron peritos y un ministerio público. Finalmente, sacaron un cuerpo. Antes de subirlo a la camioneta del forense, alguien le dijo al esposo de Saira que lamentablemente era una niña con las características de la que andaban buscando.
 
La habían violado y asesinado con un cuchillo de carnicero. El asesino la mantuvo con vida varias horas, hasta la madrugada siguiente, porque según la autopsia Mariana murió en las primeras horas del día 28.
 
Según la fiscalía de feminicidios, el presunto culpable —Juan de la Cruz Quintero Martínez— llevaba 20 días viviendo en un cuarto ubicado en la parte alta del negocio. Había trabajado dos años antes en la carnicería, pero un día no asistió más. La madre de Mariana recordó que dos años antes su hija le había dicho que le daba miedo la forma de mirar del empleado. “Le pedí que no lo saludara, ni lo viera, ni nada, y ya no la mandé a la carnicería hasta que supe que él ya no estaba trabajando ahí. Pensé que eso era bueno, y continuamos nuestra vida normal”.
 
No se dieron cuenta que Quintero Martínez había regresado hasta esa mañana en la que el dueño abrió las puertas del negocio y halló sangre por todos lados. Creyó que la víctima era el empleado, pero al subir las escaleras se desengañó. Antes de huir, el asesino se cambió de ropa: “Dejó la que estaba ensangrentada en el lugar”. Abandonó también el cuchillo.
 
“Desde adentro de la carnicería se podía ver lo que pasaba afuera —explica Saira—. Aquel día, él pudo vernos todo el tiempo mientras andábamos en la calle buscando a mi hija”.
 
La fiscalía no volvió a darles noticias: cuatro meses de dolor e impunidad, y de absoluta falta de resultados.
 
El día que los medios informaron del asesinato del vicepresidente de Televisa, Adolfo Lagos, Saira me puso un tuit: decía que, mientras todos se preocupaban por la muerte de un hombre importante, nadie volteaba a ver miles de casos como el de su hija.
 
“Queremos mantener este caso vigente”, escribió. “Que no se apague esto”.
 
Hoy un cartel de la Fiscalía ofrece 500 mil pesos por información “útil y veraz”, que ayude a localizar al presunto responsable. 
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