Se encuentra usted aquí

Irse para volver

Hubo un tiempo en el que todo era su culpa; bueno, no todo, pero casi. Se le achacaban cosas que a veces ni siquiera le correspondían
Irse para volver
02/07/2019
00:00
-A +A

Hubo un tiempo en el que todo era su culpa; bueno, no todo, pero casi. Se le achacaban cosas que a veces ni siquiera le correspondían. Cualquier error era magnificado y fue señalado por derrotas puntuales, olvidando la responsabilidad de sus compañeros. También se dijo que era un simple producto de la mercadotecnia.

Y un buen día anunció que emprendería la aventura europea; ni eso lo salvó de las críticas, que —en su caso— llegaron a ser despiadadas. Irse al Viejo Continente generó burlas y ataques, en lugar de admiración. Se volvió común escuchar: “¿A qué se va a un equipo chico?”, “nunca va a jugar, allá no triunfan los de sus características” o “¿a quién se le ocurre dejar la comodidad que significa jugar en el América por irse a un equipito como ese?”.

Él se mantuvo ecuánime y ni una ceja levantó, masticó la bronca en silencio, fue respetuoso y, aunque es verdad que tuvo etapas malas en las que pasó más tiempo en la banca que en la cancha, el balance general de su estadía en Europa es positivo desde el rendimiento personal. En lo grupal, sólo consiguió un título. A pesar de todo lo anterior, de su boca jamás salió el tan gastado y pusilánime: “Callando bocas”.

Guillermo Ochoa fue Miguel Layún antes de que el defensor se adueñara de todas las culpas futbolísticas del país. Hoy, en retrospectiva y con su actuación ante Costa Rica fresca en la memoria, parece imposible relacionar al arquero con ese momento en que nada de lo que hacía era suficiente, pero así fue.

Francisco Guillermo Ochoa maduró y se convirtió en un referente de la Selección Nacional. Él jamás se negó a asistir a una convocatoria; jugara o no jugara, ahí estaba, y en estos tiempos en que varios ningunean a la casaca nacional, no debe tomarse como poca cosa la disposición de Ochoa para siempre estar. Atajada a atajada se adueñó del arco nacional y se ganó el respeto del público.

Ahora, decir que es el mejor portero en la historia del conjunto mexicano es una exageración. Su gran presente, su compromiso y calidad no pueden provocar que los momentos malos desaparezcan. Evitemos el exitismo exacerbado, porque ni Ochoa era el peor del mundo cuando recibió siete goles de Chile o cuando no consiguió el pase a los Juegos Olímpicos de Beijing, ni es el mejor de todos los tiempos por su partido ante Brasil en el Mundial 2014 o por haber atajado un penalti ante Costa Rica.

Ochoa es un excelente portero, el primero en haber ido a Europa y lo más importante es que hoy es un líder en una escuadra que está urgida de buenos ejemplos. El tesón y el profesionalismo lo distinguen, y con eso basta y sobra. Ochoa no necesita condecoraciones regaladas para trascender en el tiempo.

Adendum. No estaría de más que los directivos del futbol mexicano echaran un ojo al futbol de Curazao. Bacuna, Nepomuceno, Cuco Martina, Gorré y Arias podrían jugar sin problemas en la Liga MX.