Crisis de los 30
El lugar de las #plaquejas

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Hola, 2017, ¿qué hay de comer?

Que nuestro propósito de año nuevo sea no volver a tener como propósito de año nuevo eso de “adelgazar”.
03/01/2017
11:04
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Breaking news: ya se acabó 2016, el año del meme descontrolado. Ay, 2016, a través del señor que dice “Wuuuu” nos recordaste los placeres simples de la vida, pero también nos diste duras lecciones sobre la paradojas de la democracia en la era neoliberal, sobre geopolítica y fin del mundo (debería haber unas materias que se llamen así en la FCPyS de la UNAM). Nos arrebataste a varios famosos de esos a los que nada más Nicolás Alvarado les pone peros. Nos dejaste con unos pesos que valen como corcholatas. K pkis.

Pero hoy no vengo a reflexionar sobre este cambio de año en particular, sino sobre el círculo eterno de nuestras vidas clasemedieras, marcadas por diciembres llenos de deliciosa comida de invierno (que ahora tenemos que disfrutar a 25 grados: gracias, calentamiento global) y eneros de vergüenza porque tuvimos que recorrer un hoyito del cinturón. Eneros de llenar los gimnasios y de esperar media hora a que se desocupe una elíptica toda sudada. Eneros de ir al supermercado y que los pasillos de la “compra de impulso” estén llenos de botellas de agua baja en sodio. Eneros de arrepentimiento, de intentar ocultar la pancita (y aquí el calentamiento global ataca de nuevo, porque ya no se pueden usar suetersotes ni ponchos tipo cobija), de paliar la culpa personal en una alberca de fat shaming masivo.

Sí, ya sé que “es broma”, pero “entre broma y broma la verdad se asoma”. Esto revela la horrible relación que tenemos comida y con nuestros cuerpos. O sea, todes tenemos trastornos alimenticios en potencia. No está chido sentir esa cantidad de culpa después de haber hecho algo que nos dio tantas alegrías, en un contexto generalmente grato y de celebración y de amor. (Claro que muchas cenas de Navidad son un infierno con familias intolerantes y metiches, pero quiero creer que en general sí es una época bonita). No está chido mortificarnos por un par de kilos que, en circunstancias normales, se perderían solitos y sin que nos diéramos cuenta con el solo hecho de regresar a nuestras rutinas que no incluyen una cubeta de relleno de pavo, 300 gramos de ensalada de manzana y dos rebanadas de pastel cuatro veces al día durante dos semanas. Ah, pero no. Caemos en el juego de la “salud” con prisas, de la obsesión con la báscula, del deschavete provocado por salirse tantito de “la dieta”.

(Odio odio odio ODIOOOOO la expresión “la dieta” y “romper la dieta”. Se usa tan a la ligera: cada vez que le entras a algo rico alguien dice “se vale romper la dieta”, con lo que sugieren que nuestras vidas son o deberían ser un perpetuo régimen de alimentos estrictamente aburridos).

Y después de un rato, en lugar de haber adoptado (o readoptado) hábitos saludables que nos hagan sentir bien, nos “damos por vencidos” y, con la moral por los suelos, nos autodestruimos con comida que ni se nos antoja pero que por ser “prohibida” nos seduce. Y al siguiente enero viene otra vez el propósito de año nuevo de “adelgazar”. No importa cuántas veces se repita el doloroso ciclo revestido de cábula y meme: no aprendemos.

El propósito este año debería ser otro. Reconciliarse con el cuerpo. No hacer chistes que puedan herir a quienes tienen conflictos todavía más gachos a la hora de verse al espejo. No volver a culpar a la (maravillosa) comida de nuestras desgracias. Salirse de ciclos tóxicos que no llevan a nada. Comerse un pavo entero si se nos da la gana y no darle explicaciones a nadie. Burlarse de los fat shamers por básicos.

Y sí, está increíble aprovechar el cambio en el calendario para empezar una vida saludable, pero que sea por amor a uno mismo, no por odio.

Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.

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